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El tamaño de la vida, la historia de la perseverancia de una madre 

El tamaño de la vida, la historia de la perseverancia de una madre 

“¡Apareció mi hijo! Me llamaron. Me llamaron”. Con la voz destrozada, María Emilia envió el mensaje a los celulares de sus tres hijas. “Él quiere hablar conmigo. Estoy muy emocionada”, decía.

La historia la sabían ellas cuatro, la abuela, sus tíos y su hermana: hace 50 años, Milla –como la llaman quienes la conocen– entregó un niño en adopción y llevaba diez años buscándolo.

“Él vive en California. Como que es un muchacho muy querido, me dijo el detective. Que quería hablar conmigo, que si yo le permitía. Que se va a poner muy feliz” recuerda.

Parecía casi imposible que sucediera, pero seis meses atrás, su hijo decidió buscarla también a ella. El magnetismo de las raíces, se diría.

Milla siempre ha sido una mujer liberal. En aquel entonces, hace medio siglo, participaba a escondidas de su familia en competencias de piques nocturnos. Ganaba y tenía un apodo: “El piloto Z”. Pocos sabían que debajo del casco había una jovencita de la alta sociedad y, en esa época, la libertad y la sociedad hablaban idiomas irreconciliables.

Fue en ese furor de una juventud arrebatada, con los Beatles como telón de fondo, que a los 21 años quedó embarazada de un hombre encantador de 35.

Acababa de regresar de Estados Unidos, donde se graduó de bachiller en el Palo Alto High School de San Francisco, California. Vivía en aquel entonces en Medellín. Estaba estrenando vida, ciudad, trabajo. Llevaba un año de romance con el encantador aquel, pero era un amor prohibido y, por lo tanto, un embarazo inaceptable.

Así de claro se lo dejó saber su mamá cuando le contó. No podía tener ese bebé. No había posibilidad alguna de ser madre soltera. Punto.

Entonces pidió que se lo dejaran entregar en adopción en Estados Unidos y no en Colombia, pensando que allá, tal vez, tendría mejores posibilidades en la vida. Y así fue. A Milla la enviaron a una casa en la Florida donde nueve jovencitas más esperaban bebés que no iban a criar.

Milla era la única latina. Fueron ocho meses en los que el embarazo pasó desapercibido y cuando el niño nació, ella con el cuerpo y el alma rotos, lo entregó en adopción. La familia del encantador nunca se enteró. Jamás se volvieron a ver y, dos años después del nacimiento del bebé, ella se enteró de que su novio fugaz había fallecido.

Aquel hijo adoptado nunca fue un secreto para Milla y sus hijas. Ni un drama. Así son. Una familia de mujeres que se apoyan, se aman y se divierten juntas. Aprendieron a hacer de la vida una fiesta llena de sorpresas y de las vicisitudes, parte de esa fiesta. A su manera particular, con sus tías cerca, siempre tan presentes, han logrado cumplir sus metas y sus sueños.

Manuela, la hija mayor de Milla, hermana de Chance –así se llama el hijo– es todo un personaje. No hay forma de contener la risa cuando está cerca. Es auténtica e irreverente. Su cuenta de Instagram @manolitaespinal es una oda a la diversión y la belleza, sus temas. Es una apasionada de la estética femenina.

Juana, la del medio, es la diseñadora de una importante marca de vestidos de baño. Talentosa y exitosa. Es el alma de la fiesta a dónde va. María Antonia, la menor, vive en España y es productora de fotografía. Libre como el espíritu de su madre.

Cuando Manuela, la mayor, tuvo su primer novio y la falda de ella se volvió tremendamente compatible con las manos de él, Milla se le sentó en la orilla de la cama una mañana de trasnocho y le contó la historia de su hijo adoptado.

Y, así, en su momento, a cada una le fue revelando su secreto. Era su manera de proteger a sus niñas y de enseñarles sobre la responsabilidad que implica el amor en las sábanas. Para que nunca les pasara lo que a ella le pasó.

Entre las tres hermanas lo hablaron muy pocas veces. No parecía un asunto trascendental. Milla pensaba mucho en él, pero lo manejó con tal naturalidad toda su vida que nunca fue tema de conversación, ni de curiosidad. No era un drama. Había un hijo más en algún lugar del mundo. Y ya. Como si fuera algo cotidiano.

Hace diez años se fue a vivir a Estados Unidos. Y entonces decidió enfrentar ese vacío que le ardía en las entrañas. Como no recordaba el nombre del centro de adopción en el que había entregado a su hijo, trató de comunicarse, uno a uno, con cuantos pudo localizar en La Florida. En un año incansable de mensajes enviados, no recibió respuesta alguna. Fueron tiempos de desesperanza. Pero, acostumbrada como estaba a vivir con esa tristeza silenciosa, Milla capoteó el temporal y no perdió la esperanza.

A finales del año pasado, Chance, el hijo, se topó en una farmacia cerca de su casa en California con una prueba de ADN de esas que venden libremente. Compró la prueba y el resultado fue innegable: genéticamente, 100 % colombiano. Entonces, le dijo a su madre que quería conocer sus orígenes y ella lo condujo a Catholic Charities en Orlando, Florida, el lugar en el que fue adoptado.

Se puso en contacto con el sitio, pero se chocó contra una pared. Su proceso estaba cerrado, lo que significa que las dos personas involucradas debían aprobar cualquier información que eventualmente se entregara. Así que por más que quisieran ayudar a Chance, legalmente era casi imposible. Cincuenta años es mucho tiempo, le decían. No sabían siquiera si el archivo de su historia aún existía.

Colombiano adoptado en Estados Unidos

Chance, fue adoptado a los dos meses de nacido por una mujer hondureña y su marido que vivían en Estados Unidos.

Foto: Especial para El País

Chance es músico, tiene esposa y un hijo. A los dos meses de nacido lo adoptaron una mujer hondureña y su marido. Vivían en Estados Unidos.

Lo criaron con profundo amor y dedicación. Desde los cinco años supo que era adoptado. Y siempre tuvo curiosidad por saber algo de su familia biológica.

Sin embargo, con la insistencia de medio siglo de dudas y tras firmar un cuestionario eterno en el que básicamente excluía de cualquier responsabilidad al centro de adopción y garantizaba no estar demente, logró que le enviaran una copia del documento de su adopción.

Un papel envejecido con la firma de Milla tachada, una dirección tachada, unas fechas, nombres, detalles tachados. Todo tachado. Parecía inservible.

Lo leyó una y otra vez hasta que por allá escondido entre tachones encontró un nombre: Palo Alto High School. “Esa fue mi pista más importante”, dice.

Dedicó sus horas a esculcar en Facebook a todos los graduados de ese colegio en los años cercanos a su nacimiento. Lo hizo con tal juicio que dio con lo que buscaba. Una noche cualquiera entre el insomnio y la ansiedad, encontró una foto que lo hizo temblar: una señora delgada, de pelo corto, lo miraba fijamente a los ojos. Y eran sus mismos ojos.

Se le paró el corazón, el tiempo y la vida. Una coincidencia inverosímil. “Creo que la encontré”, le dijo a la persona encargada de su caso en el centro de adopción.

“Con lo dulce y maravillosa que era, no me podía decir si era mi madre biológica o no. Necesitaban la autorización de Milla”, cuenta. Le pidieron paciencia y le prometieron que continuarían con la búsqueda. “Estaba triste porque tenía la certeza de que era ella. Pensaba que tal vez estábamos perdiendo tiempo”, dice Chance. Pero el tiempo estaba de su lado.

Veinte horas después, sonó su teléfono. “¡La encontramos!”, le dijeron. Era la mañana del 13 de diciembre de 2017. Ya también a Milla la habían ubicado.

Mientras Chance la buscaba, en otro lugar del mundo, María Emilia llevaba tres días pensando en su hijo. “¿Dónde estará? –se lamentaba–. Otra navidad sin saber de él”, recuerda. Y en esas estaba cuando recibió la llamada del centro de adopción. “Su hijo la está buscando”, le soltaron sin muchos rodeos al otro lado del teléfono. “Casi me caigo del carro, entré en shock. No paraba de llorar”, dice.

La voz de Milla se quiebra una vez más. “Es una persona muy especial, me dijo el detective. Un gran hombre. ¿Autoriza que la llame?”, le consultaron. Se parqueó en una esquina cualquiera a contar los segundos hasta que el timbre del teléfono la sacó del pasado.

¿María? Hola. Soy Chance”. Lloraron, hablaron, volvieron a llorar y a hablar y a seguir llorando, riendo y agradeciendo semejante encuentro. Una amiga de él, enternecida como todos con la historia, abrió en internet una colecta de fondos para quien quisiera donara para el pasaje y los gastos del viaje de Chance a Colombia.

Chance llegó a una Cali de feria, el pasado 28 de diciembre. Sus tres hermanas lo recibieron en el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón y lo llevaron a donde Milla sin perder tiempo. “Respira mamá, respira un poquito”, le decían las hijas mientras Chance se bajaba del carro con una sonrisa en el rostro.

Estaba en Cali, conociendo a su familia biológica, haciendo lo que había soñado desde que comenzó la búsqueda: darle las gracias a María Emilia por haberle garantizado una vida feliz, aquello por lo que ella luchó cuando supo que tendría que entregarlo. Pero, además, tenía tres hermanas maravillosas y un montón de amigos enviando mensajes de bienvenida desde toda Colombia.

“Soy yo”, le dijo Chance con ternura a una Milla derretida en sus brazos. Y entre lágrimas guardadas por medio siglo de ausencias, ilusiones y pesares, se fundieron en un abrazo parecido a la eternidad misma. Milla recibió el mejor regalo de Navidad de su vida. “Descansé”, dice. Suspira y sonríe, por fin, aliviada. De ese tamaño es la vida.

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