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Centroamérica arde

Centroamérica arde

Mayo 15, 2018 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Una de las consecuencias de este estallido social en Nicaragua, que nadie sabe a dónde puede llegar, es que el festival literario Centroamérica Cuenta, que debía celebrarse la semana entrante en Managua dirigido nada menos que por Sergio Ramírez, quedó aplazado indefinidamente. Pero como es lógico la situación lo justifica, pues, entre otras cosas, los mismos jóvenes que se rebelan contra el poder despótico, violento y corrupto de Daniel Ortega son los que se esperaba fueran a las sesiones literarias. Sergio Ramírez, grandísimo escritor, les dedicó a esos jóvenes su premio Cervantes, recibido hace un mes de manos del rey de España.

Pienso en todo esto con lástima, no sólo por tener que aplazar mi viaje a Managua, ciudad en la que apenas aterricé una vez, en tránsito, y que quiero conocer desde hace años, sino por la situación de ese país y la de sus vecinos, Guatemala y Salvador sobre todo, aunque también Honduras, pequeñas naciones que en las últimas décadas han tenido como denominador común el estar siendo devoradas por la violencia de las llamadas ‘maras’ (mafias locales), como por el propio narcotráfico que utiliza esos países como plataformas de paso y silos de acopio del producto en la ruta hacia México.

Pero si miramos el pasado reciente ahí está de nuevo la tristeza: despotismo, guerras civiles, corrupción y robo, crímenes. El pueblo de Nicaragua tuvo la suerte de ganar una revolución contra un dictador asesino como fue Somoza, pero en Guatemala o Salvador las guerras devastaron a la población y, tras los acuerdos de paz, la violencia y la corrupción siguió, adoptando otras formas. Leyendo la última novela del salvadoreño Horacio Castellanos Moya, Moronga, comprende uno, o más bien recuerda y se hace explícito que la situación de estos países es precaria, que son pequeños polvorines, basta muy poco para que la leña vuelva a arder. En Moronga, como en sus novelas anteriores, Castellanos Moya sumerge al lector en la vida clandestina de los excombatientes centroamericanos y del modo en que muchos acabaron convertidos en asesinos, incluso de sus propios compañeros de militancia: y los que salieron al exilio, como él, fueron presa de la paranoia y del alcohol, pues quedaron marcados para siempre por los peligrosos rituales de las organizaciones militares subversivas.

En este punto la novela de Castellanos Moya trae a la memoria algo aún más triste, y es una investigación sobre el asesinato de Roque Dalton, el poeta salvadoreño, quien fuera acusado de ser agente de la CIA y ajusticiado en 1975 por sus propios compañeros del Frente Farabundo Martí. En la novela, un exmilitante del Frente, años después, investiga en los documentos desclasificados de la CIA, en Washington, para concluir que no sólo el poeta Dalton no fue espía, ya que rechazó serlo cuando fue interceptado (la CIA dejó constancia escrita de esto), sino que, tal vez, quien sí aceptó serlo fue precisamente uno de los que con más vehemencia lo acusó. Al escribir esto me vienen a la memoria unos bellísimos versos de Dalton, premonitorios sobre su final, como suele pasar con los buenos poetas y con las regiones tristes del mundo, como Centroamérica, y en torno a los cuales escribí prácticamente una novela entera: “No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto / desde la oscura tierra vendría por tu voz”.

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