economía

Vivir con el salario mínimo: la mirada de quienes lo padecen

María dice que a pesar de su sueldo, un salario mínimo colombiano ($781.242 a partir de este año) sus vacaciones generalmente transcurren en un ‘crucero’. De inmediato sus compañeras, aseadoras de una compañía del norte de la ciudad, y que también reciben un salario mínimo por supuesto, se acercan para preguntarle cómo es eso.

– Sí, mis vacaciones consisten siempre en un ‘crucero’: cruce pa la sala, cruce para el cuarto, cruce pa la cocina. Porque, ¿para dónde se va a ir uno sin plata?– explica, y enseguida todas se carcajean.

En unos minutos sin embargo tendrán los ojos humedecidos. Lo más difícil de ganarse un salario mínimo, dirá Mónica Gutiérrez, son los sacrificios que deben hacer los hijos. Como irse al colegio sin una moneda para comer en los descansos.

María interviene en ese momento y ya la carcajada por el chiste del crucero ha desaparecido. Hace cuentas. Ella, madre cabeza de hogar, debe responder por sus dos hijos con un sueldo mínimo, más el subsidio de transporte, que quedó en $88.211. Es decir que su salario es de $869.453, aunque hay que descontar salud y pensión.

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Y solo entre el arriendo y los servicios públicos debe gastar $480.000, lo que traduce que ella y sus hijos se las tienen que arreglar cada mes con más o menos $350.000., unos $11.000 diarios. Por eso ha ocurrido que sus hijos se van a estudiar sin “ni siquiera una moneda de $500 para comer algo. Tal vez usted no me crea, pero es así”.

Vivir con el mínimo es entonces como caminar por la cuerda floja. Las contingencias de último momento pueden complicarlo todo. Una enfermedad por ejemplo, un medicamento extra, un gasto imprevisto, por mínimo que parezca, desbarajusta las finanzas.

María dice que ni siquiera se arriesga a pasar por una vitrina para antojarse de una blusa o unos zapatos. Pueda que no sean caros, que cuesten por decir algo $40000, pero es dinero que hará falta para el mercado o para el transporte; para lo fundamental. Por eso hay cumpleaños familiares en los que la torta y el regalo deben esperar.

En el año 2007 el escritor y cronista colombiano Andrés Felipe Solano intentó entender eso justamente: la vida de los que reciben un salario mínimo.

Para ello viajó a Medellín, se empleó en una fábrica, y vivió con ese sueldo durante 6 meses. En la crónica que escribió después contó que vivir con el mínimo, o lo que es casi lo mismo, no tener dinero, es como andar desnudo o haber perdido a la madre en la infancia: un sentimiento de orfandad.

En una ocasión, mientras esperaba un bus para regresar a su casa del trabajo, un hombre vendía churros recubiertos de azúcar que olían muy bien. Solano se vio obligado a decidir entre comprar el churro o pagar el bus.

Otro día tuvo que pensárselo si gastaba la plata que tenía en medicamentos para la gripa o en un par de cuchillas de afeitar. Son las elecciones que se deben enfrentar cuando se recibe el mínimo.

Para evitarlo, tener para los churros y para el bus, literalmente hay que trabajar sin descanso.

Héctor James Quiceno es un guarda de seguridad, “la cuarta fuerza del país”, y apenas gana un salario mínimo. Para estirar un poco más su sueldo, hace todas las horas extras que le sean posibles. El domingo, su día de descanso, lo dedica a trabajar en construcción.

Humberto Bolaños, quien trabaja en una compañía de lácteos que no para ni de día ni de noche, hace algo parecido: turnos de trasnocho, todos los que le permitan. Como la compañía le suministra leche a sus empleados para el mes, Humberto hizo un trato: que le dieran la mitad de esa leche, y la otra mitad en dinero, algo así como $100.0000 en forma de bono. Con esa plata se ayuda para el mercado.

Constanza Martínez trabaja por su parte en una empresa de confecciones, y lo que hace para “estirar el mínimo” es irse a pie al trabajo. Tarda unos 40 minutos. En su caso trabaja de lunes a viernes, así que el sábado hace aseo en una casa donde le pagan $30.000. Los domingos cada 15 días tiene un acuerdo para planchar en otra casa, y por ello le pagan $40000. Vivir con el mínimo implica estar cansado y permanecer lejos de la familia.

Constanza generalmente hace una lista de lo que será su mercado, y en ella incluye acelgas, habichuelas, pepinos, tres paquetes de zanahorias, espaguetis, arroz, huevos, recortes de pollo, jamás carne costosa. Su segundo plan para estirar el mínimo es hacer los mejores almuerzos a base de verduras y con el menor presupuesto posible.

Como los servicios públicos son mensuales, en la quincena en que no debe pagarlos lleva a sus hijos a un centro recreacional de una caja de compensación. Es el único día que se permite en familia.

La conclusión entonces es la misma de cada año, por lo menos desde el saldo de los trabajadores: el salario mínimo en Colombia no alcanza para cubrir las necesidades básicas de las familias, sobre todo cuando quien responde por esa familia es una sola persona.

La aseadora Mónica Gutiérrez sigue haciendo cuentas – ella intenta obtener recursos adicionales a su salario vendiendo desayunos en la empresa donde trabaja – y dice que un salario mínimo, o más bien un salario digno, debería ser de $1.200.000, “para vivir sin tantas estrecheces”.

$1200.000 es casi el equivalente al salario mínimo en Uruguay; en Argentina se paga mucho mejor. Allá se aumentó el mínimo en un 24% pero de manera progresiva hasta llegar a $1.600.000, lo que ganan muchos profesionales en Colombia recién salidos de la universidad.
En Chile el salario mínimo equivale a $1.340.000 colombianos y en Bolivia es de $866.000, es decir que también supera a Colombia.

Ninguno de los ciudadanos consultados para esta historia ha estudiado economía, pero todos hacen una deducción: las empresas necesitan de su mano de obra para ser productivas, y eso debiera ser mejor remunerado. El éxito de las compañías, las utilidades, dependen en gran parte de su trabajo. Además, si les pagaran mejor, podrían gastar más, invertir más, educar mejor a sus hijos, y eso dinamizaría la economía de todo el país. Si la economía está bien, a las empresas les va bien.

Es lo que dijo alguna vez el Alcalde de la ciudad, Maurice Armitage, en una convención bancaria en Cartagena a la que quizá no lo vuelvan a invitar. Él lo sabe.

“Uno no tiene por qué tener en un banco un empleado con sueldo de un millón ochocientos mil pesos. Ustedes que ganan tanta plata, deberían tener empleados con tres millones y medio mínimo, eso sería una revolución en Colombia fabulosa”, dijo.

Y agregó: “Yo sé que no me van a volver a invitar aquí. ¿Ustedes se imaginan la revolución que podrían hacer en Colombia si mañana todos los banqueros dijeran “nos ganamos doce billones” y cogieran un billón para doblar los sueldos a todos los trabajadores? Y siguen igual de ricos. La plata a ustedes en los bancos no se les pierde si la gente gana más y puede trabajar”.

Armitage continuó. “Tenemos que valorar más la mano de obra. Doblemos los salarios, paguémosle mejor a la gente, y verá que este país prospera de una manera impresionante”.

Pero hay empresas que no son bancos y por lo tanto, a la hora de subir los salarios, deben hacer otros cálculos.

Un empleado que gane el salario mínimo le cuesta a una empresa $1.313.000 en promedio, sumando primas, vacaciones, dotación, salud y pensión, entre otros ítems.

$781.242
ese es el salario mínimo que ganarán unos 2 millones de colombianos en este 2018.

Un colombiano que vive con el salario mínimo recibe al año $10'156.146, $ 26.041,4 al día. En los últimos diez años el aumento del mínimo no ha superado el 7.70% (2009).

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