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Cuando Rulfo le enseñó a escribir a García Márquez

La anécdota es bastante conocida: un día cualquiera de 1960 el escritor Álvaro Mutis le entregó a su amigo, un semidesconocido de nombre Gabriel y al que apodaban Gabo - quien tiempo después habría de cambiar la literatura de todo un continente- un ejemplar de ‘Pedro Páramo’, la novela de Juan Rulfo.

Según se ha sabido, Mutis le espetó mientras le entregaba el pequeño libro: “Ahí tiene, para que aprenda”. Y es muy probable que no tuviera plena consciencia de que su amigo haría de esa orden casi un principio existencial: Gabo no pudo soltar el ejemplar hasta haberlo terminado, según lo dijo, no una, sino cinco veces.

Hay libros que pueden cambiar el destino de un hombre. ‘Pedro Páramo’, por su parte, cambió el destino de toda una literatura.

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Para 1960, Gabriel García Márquez era un hombre común que intentaba convertirse en un escritor excepcional y que sus libros fueran reconocidos, cuando menos, en su propio país. Su única publicación era ‘La hojarasca’, que había salido a la luz en 1955 y, como lo dijo Mario Vargas Llosa en su ensayo ‘Historia de un deicidio’, había dejado a García Márquez en una especie de desierto.

Sí, había publicado su primera novela y sin duda, había escrito muchos otros cuentos, además de sus columnas de opinión en los diarios El Universal y El Heraldo y esa espléndida crónica a entregas que es ‘Relato de un náufrago’. En sus cajones de escritor implacable descansaban tres libros inéditos: ‘La mala hora’, ‘El coronel no tiene quien le escriba’ y ‘Los funerales de la mamá grande’; pero, en cierto sentido, Gabo se sentía agotado.

No sabía qué ni cómo escribir, le confesaría a Vargas Llosa años después y, años después también, confesaría que ‘Pedro Páramo’, así como ‘El llano en llamas’ que leyó al día siguiente de las conmociones por el descubrimiento de la novela de Rulfo, “me dieron, por fin, el camino que buscaba para continuar mis libros”.

Las anécdotas continúan: ningún otro libro, salvo ‘La Metamorfosis’ de Kafka, había convulsionado de un modo tan abismal al escritor; sobre ningún otro libro Gabo estudió con tanta minucia los mecanismos de la narración pero, ante todo, los mecanismos de su universo.

Un análisis escueto sobre la naturaleza de las obras escritas por García Márquez hasta 1960 revela a un escritor esencialmente realista: ni en ‘La Hojarasca’, ni en ‘El coronel no tiene quien le escriba’ ni en ‘La mala hora’, aparecen los rasgos del Realismo Mágico que conmocionarían al mundo literario con la aparición de ‘Cien años de soledad’.

Cada una de esas novelas posee el ámbito singular, la textura de las narraciones de Gabo, pero sus tramas participan de lo real en el sentido quizá más elemental de la expresión: en ninguna de ellas hay un personaje de las características de José Arcadio Buendía o de Pilar Ternera.

Puestos a darnos ciertas licencias, había que decir que García Márquez aún no había encontrado el tono que buscaba ni los procedimientos de creación que habrían de hacer de él un gran genio literario.

Era natural. Aquello mismo ocurrió con Faulkner, su maestro y maestro del ‘Boom’ Latinoamericano, quien publicó tres novelas casi desapercibidas antes de su gran ‘The sound and the Fury’, que habría de definir los procedimientos narrativos de todas sus obras futuras.

Sabemos que Faulkner admiró profundamente a Joyce y que el norteamericano perfeccionó el monólogo interior inventado por el irlandés. En el caso de García Márquez, no exageraríamos al especular que Macondo no habría existido si el colombiano no conoce a Comala.

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Los ecos de Rulfo en García Márquez son evidentes, pero superan la mención obvia de la creación de dos poblados imaginarios, Macondo y Comala, que a su vez, son el eco del condado de Yoknapatawpha, el teatro de algunas de las obras más fascinantes de Faulkner.

En su ensayo ‘Pedro Páramo, Cien años de soledad: un paralelo’, la crítica norteamericana Suzane Jill Levine enumera con minucia los elementos comunes entre ambas novelas: la fractura de la cronología –ninguna de las novelas empieza por el principio de la historia-, las búsquedas de identidad de los personajes, la naturaleza psicológica de los personajes masculinos y, ante todo, la creación de una realidad externa en función de la realidad ‘mágica’ que está en la psicología de cada uno de los caracteres.

Juan Rilfo

Juan Rulfo, escritor mexicano.

Especial para El País

Y este último es quizá el elemento radicalmente diferenciador de ‘Cien años de soledad’, respecto a la obra anterior de García Márquez. Y es también un efecto de ‘Pedro Páramo’ y de ‘El llano en llamas’.
La obra de Rulfo es un conjunto de pesadillas sobre el fondo de ríos atormentados y desiertos implacables. Cada uno de los cuentos de ‘El llano en llamas’ propone un viaje a un infierno que nada tiene que ver con Dante o con las imaginerías católicas, sino con la crueldad, la desolación, la impiedad, el sufrimiento de un conjunto de hombres y mujeres campesinos abandonados en los linderos más remotos de México.

Gran parte de la fascinación que las narraciones de Rulfo ejercen sobre el lector reside, además, en la feliz decisión del escritor de mantener no solo la oralidad de sus personajes, sino de definir y describir el mundo en función de la visión que cada uno de esos campesinos tiene de la existencia.

El resultado es espléndido: la descripción de atrocidades extremas con un lenguaje que no está exento de cierta sencillez provinciana y de cierta ingenuidad campesina.

“Tal vez, al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso revivir su antigua fuerza. Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras, esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos”, escribió Rulfo en Talpa, uno de los cuentos de ‘El llano en llamas’ que narra cómo un hombre sale con su hermano lisiado y la esposa del lisiado, en busca del santuario de una virgen, sabiendo ambos que en realidad ese viaje significará la muerte del hombre que les permitirá a los otros dos estar juntos.


En Rulfo, cada una de las palabras de los personajes revela el universo particular en que se inscribe cada narración: “La luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno”.

El procedimiento fue aprendido plenamente por García Márquez que, en ‘Cien años de soledad’, construye todo un universo a partir de la subjetividad mágica de sus personajes. “Los metales tiene alma, solo es cuestión de despertársela”, dice Melquíades en la novela de Gabo. “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo”.

Otros hechos podrían resultar más elocuentes para corroborar la influencia de Rulfo sobre Gabo. Gustavo Tatis, periodista colombiano estudioso de la obra de ambos escritores, sostuvo que ‘Pedro Páramo’ le ofreció a García Márquez las herramientas para la construcción de escenas como la ascensión al cielo de Remedios la Bella. “García Márquez necesitaba hacer volar a Remedios, y eso le costó mucho trabajo. No es fácil decir que una mujer vuela a las cuatro de la tarde. Yo encuentro que Susana San Juan - personaje de Rulfo en Pedro Páramo- sube al cielo también, pero es percibida por Pedro Páramo cuando dice: ‘Pasaste rozando las hojas del paraíso’. Voló tan alto que pasó por el paraíso e hizo temblar sus hojas”, explica Tatis.

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El 16 de mayo de 1917, hace 100 años, nacía en Sayula, Jalisco, un niño al que llamaron Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Diez años después, el 6 de marzo de 1927, nacía en Aracataca otro niño al que bautizaron Gabriel José de la Concordia García Márquez. Nadie sabría que el destino de ambos se cruzaría. Nadie sabría, entonces, que parte del destino de aquel niño nacido en México era abrir el camino para que, 50 años después, en 1967, el otro niño nacido en Colombia cambiara el curso de la literatura latinoamericana.

'El llano en llamas', un libro de cuento, y la novela 'Pedro Páramo', le bastaron a Juan Rulfo para convertirse en uno de los escritores más importantes de Latinoamérica. 

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