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45 años de un mito: 'The dark side of the moon' de Pink Floyd

45 años de un mito: 'The dark side of the moon' de Pink Floyd

Escuchar ese sublime gemido por casi cinco minutos y entenderlo perfectamente, saber que nos llama como una madre a su hijo recién nacido: es la noche que siempre nos invita a habitar su misterio.

Así suena ‘The great gig in the sky’, un aria moderna obra de Pink Floyd en su emblemático álbum ‘The dark side of the moon’ de 1973, que desde entonces expresa la angustia cotidiana que todos sentimos cuando se vive en constante riesgo de enloquecer por exceso de normalidad, como afirma el tipo que nos habla en ‘Speak to me’, la primera de las diez piezas del disco: “Es difícil explicar por qué estás loco, aun si no eres un loco”.

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La idea de componer este álbum surgió en 1971 durante una reunión en el lugar menos inspirador, aunque en sentido práctico, también el menos propenso a interrupciones para una banda reconocida. Fue en la cocina de la casa de Nick Mason que los cuatro músicos para ese momento, Roger Waters (bajo y voz), David Gilmour (guitarra y voz), Richard Wrigth (teclados) y el mismo Nick (batería), acordaron que en esta ocasión toda la música tendría un tema unitario. Inicialmente pensaron en algo corriente, “el estrés”, luego elaboraron una lista de “dificultades y presiones de la vida moderna”, allí apuntaron: el tiempo, el miedo, el dinero, la locura y la muerte.

¿No son estos los temas de todas las grandes obras de arte? Pero cada artista los descubre en su momento.

Para Pink Floyd era la primera vez que se enfrentaban a una creación conceptual rigurosa, desde que formaron la banda en 1964. Durante sus cinco primeros álbumes de estudio solo habían seguido el método de reunir canciones que nacían de distintos pretextos y circunstancias.

Eran antologías: ‘The piper at the gates of dawn’ (1967) y ‘A saucerful of secrets’ (1968) definidos por el genio extravagante de Syd Barrett, quien por problemas mentales asociados al LSD tuvo que dejar la banda cediéndole lugar a su amigo David Gilmour. Luego vendrían ‘Ummagumma’ (1969), ‘Atom heart mother’ (1970), y ‘Meddle’ (1971), álbumes de puro rock progresivo con los que lograron satisfacer sus ansias de libertad y experimentación musical.

Hasta aquí la banda era considerada sólo una rareza musical inglesa cuyos shows de luces fascinaban tanto que nadie prestaba atención a los músicos. Ahora, por primera vez, se imponían una exigencia, pensaban crear una obra total y coherente de pies a cabeza.

Ya Roger tenía algunos avances de letras y un seductor riff de bajo a 7/8. Para 1972 también tenían ya la idea de un título para el álbum: ‘The dark side of the moon, a piece for assorted lunatics’. Así que entonces, ordenado el material nuevo, decidieron probar al público dando una serie de conciertos previos por cuatro noches seguidas en el Rainbow Theater, y en junio de ese mismo año decidieron entrar al estudio y con sesiones de una a dos semanas hasta enero de 1973 grabaron su primera obra maestra en el legendario estudio Abbey Road de Londres, teniendo como ingeniero de sonido al experto Alan Parsons.

En marzo se publicaría el álbum en Estados Unidos primero y luego en Inglaterra. Aunque “sin duda era una obra completa mucho mejor que cualquier cosa que hubiéramos hecho antes, no ofrecía ningún indicio de potencial comercial”, como afirma Nick Mason en su biografía ‘Dentro de Pink Floyd’.

Ninguno de los integrantes imaginó que su obra superaría más de 45 millones de copias vendidas y que según una encuesta, o una leyenda, se dice que una de cada cuatro familias inglesas guarda su ejemplar del Dark side con tanta devoción como las obras de Shakespeare y las novelas de Dickens.

Entre las cualidades que hacen de ‘The Dark side of the moon’, un disco accesible a la gran mayoría, y al mismo tiempo una obra suprema de la música contemporánea, es que logró expresar la decepción de una sociedad que perdió sus más nobles ideales.

Para 1973 a la mayoría de nuevos adultos, aquellos identificados con la lucha libertaria del 68, esas nuevas familias formadas por padres que habían experimentado el verano de amor y esperanza en el 69, ahora les llegaba su turno de madurar, de reconocer que sus hijos y el trabajo son fuerzas más poderosas que la filosofía humanista de su adolescencia.

Desde entonces hasta hoy, personas que maduran en todo el mundo escuchan con nostalgia el oráculo de Pink Floyd en la canción ‘Time’: “Nadie te dijo cuándo correr, llegaste tarde al disparo de salida. Corres y corres por alcanzar el sol, pero está oscureciendo”. Esta resignada madurez es el sello distintivo que tendrá la música de Pink Floyd en adelante, pasando por la culpa del amigo abandonado en ‘Wish You Were Here’ (1975), hasta el resentimiento casi violento en ‘The Wall’ (1979).

A lo largo del Dark side se manifiestan sonidos intensos y espasmódicos con momentos sublimes, pero contrario a los efectos de la psicodelia, en especial de la música influida por el LSD, este sonido sublime, aunque sobrepasa lo racional, es consciente, insoportablemente consciente, expresa la mentalidad de quienes están constantemente expuestos a la rutina agobiante de los deberes familiares y civiles, revela la debilidad de unos seres excesivamente lógicos y ambiciosos que durante el día van con su pequeña aspiración de triunfo, pensando en “Nosotros y ellos”, luchando por alcanzar un poco de placer y tranquilidad en el camino recto del progreso, quienes sufren cuando no se puede ser irresponsable aunque siempre “el loco esté en mi cabeza”.

Los optimistas que en 1969 observaban el “gran salto de la humanidad” en esa luna brillante de las pantallas de televisión, ahora son adultos que finalizando el día quedan derrotados y abatidos, personas que pese al dinero ganado o la caridad recibida, sienten que “después de todo somos hombres ordinarios”, se toman unos minutos para escuchar con recogimiento un himno maternal sin palabras que los arrulla, y les confiesa mientras llega el sueño o la muerte que “realmente no existe el lado oscuro de la luna, sino que todo es oscuro”.

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