Cultura

Andrés Caicedo, el 'siemprecensurado'

Agosto 13, 2017 - 08:18 a.m. Por:
Yefferson Ospina / Periodista de El País
Andrés Caicedo

Andrés Caicedo, escritor caleño.

Archivo de Eduardo Carvajal

El 12 de enero de 1977 Leonardo Canal Mora, quien era entonces el gerente de la imprenta Canal Asociados, le envió una carta a Juan Gustavo Cobo refiriéndose a la edición de una novela escrita por un excéntrico jovencito caleño, quien era más o menos famoso por haber ganado algunos concursos de cuento, por escribir crítica de cine y literatura y, ante todo, por incomodar a la clase burguesa provinciana de Cali.

La novela se llamaba –se llama– ‘Que viva la música’ y en su carta Canal Mora hacía una exposición sumaria de los escrúpulos que le suscitaba su impresión. Con toda la diplomacia que debió caracterizarlo en su ejercicio como censor, Canal Mora dirigió la misiva a Cobo, como se ha dicho, y al Instituto Colombiano de Cultura, y en ella manifestaba su preocupación por encontrar que la novela “puede llegar a interpretarse como una apología de las costumbres y vicios que actualmente tratan de erradicarse por todos los medios”.

Nadie podrá decir jamás de Canal Mora que era un hombre que no velaba por la moral pública. En la carta pedía una autorización especial al Instituto Colombiano de Cultura para la impresión de la novela en cuestión. Después de ese soterrado intento de censura, en marzo de 1977 el jovencito caleño recibió en su propia casa uno de los primeros ejemplares de su novela. Al día siguiente se suicidó.

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No sin cierta razón alguien podría inclinarse a pensar que una buena medida, aunque no la única, para determinar la calidad de un buen autor es fijarse en el hecho de que haya sido censurado o no. 

Los ejemplos abundan: la nobleza inglesa juzgaba las obras de Shakespeare vulgares y obscenas. Un caso que no requiere mucha explicación es el del Marqués de Sade.  El editor de ‘Santuario’, de Faulkner, se negó a publicarla sin censurar ciertos pasajes; un fiscal francés quiso censurar ‘Madame Bovary’, de Flaubert  y, para no continuar con lo casi obvio, se sabe que Michel Houellebecq  ha sufrido la censura de intelectuales, de la prensa, de gobiernos, incluso decidió dejar de vivir en Francia por una buena temporada.

Lo común entre esos autores, además de la censura, fueron las razones esgrimidas por los censores. Argumentaban, en general, que las obras herían las buenas costumbres sociales de su tiempo. Es decir, eran obras, eran autores, que incomodaban, que atacaban un orden, que se replanteaban un modelo de vida y que básicamente estaban hartos de la estrechez de su mundo.

No hay que insistir demasiado para afirmar que aquello fue lo que hizo Andrés Caicedo, no solo con su literatura, sino con su propia vida. Caicedo es uno de esos ejemplos de lo que significa llevar los principios estéticos de su obra hacia los imperativos más elementales de su conducta: quiso destruirlo todo, la sociedad pequeña y burguesa de su familia, ese ámbito provinciano de una ciudad que no conocía el rock, que apenas despertaba a la salsa, de una ciudad que no quería admitir que los negros llegaban para cambiar para siempre su cultura.

Por eso ‘Que viva la música’ es la narración de la lenta decadencia de una mujer que no tiene lugar en el mundo. Una paria rebelde. Así como Flaubert gritó “Emma Bovary soy yo…”, Caicedo pudo gritar “María del Carmen Huerta soy yo…”.

Con el tiempo, gracias a la diligencia de su padre, de Luis Ospina, de Sandro Romero Rey, de sus hermanas, de otros tantos, hemos ido descubriendo poco a poco el universo literario y vital de Andrés: hemos conocido sus cuentos, sus obras de teatro, sus críticas de cine y algo de sus cartas. Por alguna razón los amantes de la literatura no solo sentimos fascinación por las obras de nuestros autores predilectos, sino que queremos saberlo todo de ellos: comprenderlos, entender su mundo, verlo todo a través de sus ojos, comprender cómo descubrieron eso que estaba en nosotros y que no pudimos aprehender nunca con las palabras.

En 2007 se publicó el libro ‘El cuento de mi vida’, en el que se relatan fragmentos del diario que Caicedo llevó en la clínica psiquiátrica Santo Tomás, de Bogotá, luego de un intento de suicidio en 1976.
En 2008 se conoció ‘Mi cuerpo es una celda’, una autobiografía recopilada por Alberto Fuguet en la que se describe su relación con las drogas y con el sexo, la literatura, el cine, el arte, a través de cartas y textos críticos. En 2007 Luis Ospina recopiló su obra crítica en dos ediciones de la revista 'Cuadernos de Cine Colombiano, Cartas de un cinéfilo’, y en 1999 se conoció la primera edición de ‘Ojo al cine’.
He imaginado una historia paralela en la que la obra de Caicedo, quien no publicó en vida nada más allá de las reseñas de películas que enviaba a los diarios locales, permanezca ignorada.

Me digo, evitando cualquier romanticismo barato, que el mundo sería el mismo, que este país no sería mejor ni peor, que sencillamente algunas editoriales habrían hecho menos dinero. Me lo digo y no tardo mucho en dudarlo. No sé, me siento incómodo, con una leve sensación de mutilamiento, una sensación que, por supuesto, no espero que nadie comparta.

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Es posible que quede muy poco por saber de Caicedo pero, sin duda, siempre habrá algo por descubrir. Desde el año pasado el Fondo de Cultura Económica preparaba junto a la Sociedad Caitela –que maneja los derechos de la obra de Caicedo y está conformada por varios familiares, entre ellos sus hermanas– la publicación de un libro con 198 cartas del escritor.

Para quienes lo seguimos, se trataba de la posibilidad de tener un tesoro literario en una edición de bolsillo. El libro estaba en construcción, llevaría un prólogo de Luis Ospina y Sandro Romero, y se suponía que el volumen sería presentado en la Feria de Libro de Guadalajara, en el Museo La Tertulia de la ciudad, etc.

Al fin en una votación, en mayo de este año, la mayor parte de los herederos de Caicedo se negaron a publicarlo. La negativa se hizo una vez se conoció el índice de las cartas que serían publicadas. Rosario, la hermana que se opuso a la censura, dijo: “Durante un año se le trabajó a un libro que se llamaba 'Correspondencia', lo que quiere decir un libro de cartas. Es completamente ilógico que al final se nieguen a publicarlo con el razonamiento de que son privadas. Es más, ya se han hecho publicaciones en la que fragmentos de la correspondencia de Andrés han salido a la luz, con la autorización de la familia. Yo no termino de entender, ¿cómo es posible que se nieguen a publicar su correspondencia? Es imposible para mí entender qué es lo que tratan de esconder. ¿Una visión de Andrés que no corresponde a la realidad? Esas cartas hablan de su vida completa, de su gustos sexuales, de la droga, de sus depresiones, de su relación con nuestro padre, de su relación con sus hermanas, de lo que él pensaba de la ciudad... Todo eso ya se sabe, pero en esta colección de cartas se conocería en una forma unificada y más extensa, lo que daría un conocimiento más complejo del escritor”.

Ocurre, sin embargo, que en general aquellos libros censurados parecen ser también los que el mundo necesita, o los que el mundo exige, lo cual explica por qué en la mayoría de los casos los censores se han derrumbado. Queda, por ahora, esperar. Los ejemplos abundan para demostrar que toda censura es la crónica de un fracaso.

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