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Cuando en Cali se censuró la salsa de Richie Ray y Bobby Cruz

Cuando en Cali se censuró la salsa de Richie Ray y Bobby Cruz

Los carteles aparecieron durante la Feria de Cali en paredes de la Calle 5, frente al Hospital Universitario, en cercanías del Museo La Tertulia, en Bellas Artes.  Decían: “El pueblo de Cali rechaza la ignorancia, la inquisición criolla y todo el odio que ha infectado el censor, hechos a la medida de la burguesía, de su vulgaridad, porque no se trata de ‘Sufrir me tocó a mí en esta vida’ sino de ‘Agúzate que te están velando’. ¡Viva la libertad de expresión! ¡Un no rotundo a la censura literaria! Demandamos leer sus cartas. Andrés Caicedo nos hace falta”.

Son, al parecer, el producto de un colectivo de artistas anónimos que decidieron manifestarse contra la censura a un libro de correspondencia de Caicedo y que usaron, para ello, un episodio de la novela ‘Que viva la música’ traspolado a la realidad.

La historia del cartel verdadero, que luego configuraría uno de los más memorables episodios de la novela de Caicedo, se remonta a 1971 y su origen, al parecer, sería otra censura: contra Ricchie Ray y Bobby Cruz.

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26 de diciembre de 1969. La Caseta Panamericana era un hervor de almas, o al menos, así lo describe Andrés al narrar el episodio de Rubén, aquel jovencito al que un exceso de drogas lo privó de los recuerdos de la noche en que conoció a Richie Ray y a Bobby Cruz. Un olvido que habría de ser para él “la pérdida de la experiencia central de su vida”.  Era la segunda vez que el dúo  se presentaba en Cali. Días antes,  tres mil almas los habían recibido en el aeropuerto.

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Aquella noche, en la Caseta Panamericana, allí donde ahora son las piscinas olímpicas, se alternarían con ‘Nelson y sus estrellas’ y con ‘Gustavo Quintero y los Graduados’, los “infames Graduados”, dijo Rubén.

La cosa, entonces, debió empezar con cierta suavidad, sin mucho estrépito, pero a eso de la medianoche el escándalo de la salsa era perturbador y los bailes de ‘La piragua’ y ‘El gavilán pollero’ fueron reemplazados por ‘Yo soy Babalú’ y ‘Jala Jala’.

La literatura lo recuerda -o lo inventa- mejor: “Ricardo Ray alternaría con el comodón Nelson y sus Estrellas y los infames Graduados de Gustavo Quintero. Y no se iba a sentir del todo bien, teniendo al lado a los que nombro de últimos, meros aficionados. Se habla de ese esmirriado trompetista acercándose al micrófono de Gustavo ‘Quimba’ Quintero, dándole pautas, una más alta que la otra, luego, por lo bajito, el piano, la clave que se instalaba, la voz de Bobby Cruz desfigurando, subvertiendo desde el coro las boberías del Quintero, toda la banda encima, luego Nelson (que por esa época sonaba con mucho más Salsa) ayudando en el golpeteo, en el bataneo, obligando, Nelson y Richie, ¡a improvisar a los Graduados! Se habla de la vergüenza pública por la que pasaron los paisas, no les dieron un tiro, no resistieron el quinto empuje, vete a la escuela te digo que tú conmigo no puedes, obligados se vieron a salir de la escena por culpa del plano de la dulzura, pobres diablos con el culo roto, y eso no fue sino una celebración, barullo y pataneo entre tremendo salsón. “¿Tengo el permiso?”, gritaba Richie, y tres veces le respondieron: “sí”, lo tienes hermanito del alma, danos, déjanos tu sabor, y de allí una sola descarga, la emoción que siento cuando te canto, cuando te celebro: ‘Allí fue cuando se hizo la justificación de esta ciudad -decía Rubén, amargo-. Ricardo Ray inventó el mito’”.

Pero el asunto, dice la novela de Caicedo, no pudo quedar ahí.

Allí estaban los censores y aquel baile casi lujurioso que provocó la salsa filuda, aquella alegría cósmica que tendía a destruir la pequeñez momentánea de la caseta, molestó a las familias de bien que habían venido desde Bogotá o quién sabe dónde a ver a los Graduados y que se preguntaban “que qué era ese tal bugalú, esa vulgaridad que no se podía bailar, que por qué no traían otra vez a Gustavito, tan lindo” y entonces “hubo señoras acaloradas, señores lívidos de ira, y los organizadores diciendo: saber que íbamos a traer una orquesta de homosexuales y drogadictos, mejor hubiéramos puesto discos”.

Es probable que no haya sido de ese modo, o tal vez sí, o quizá no importe, porque así es como lo recuerda la literatura. Entonces, al año siguiente no vinieron, la Feria de Cali no los trajo. Como se sabe, en 1970 y 1971 Richie Ray y Bobby Cruz no vinieron a Cali.

De hecho, durante esas ferias, las grandes estrellas de la música que llegaron a la ciudad fueron otros: Daniel Santos, ‘Los Hispanos’, ‘Los Graduados’ -“los infames” - ‘Jimmi Salcedo y su onda tres’. En realidad nada, o casi nada, de salsa.

Entonces, en 1971, el propio Caicedo ejecutó un acto, dentro de la crónica de su vida, de la más solitaria y heróica subversión.
Diseñó e hizo imprimir decenas de carteles contra lo que él llamaba “el sonido paisa” y contra la que él llamaba “la censura a Richie Ray y Bobby Cruz” y los pegó por toda la ciudad, acto que habría de inmortalizar en el episodio del pobre y deshecho Rubén de su novela.

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Es común la ilusión de creer que lo que es siempre ha sido. Pero no es nada más que eso, una ilusión.

Hubo un tiempo en que en la Feria de Cali se escuchaba muy poco o nada de salsa.  En 1970, por ejemplo, los grandes grupos que llegaron a la Feria fueron ‘Los melódicos’ de Venezuela, ‘La tropibomba’, ‘Los hispanos’, ‘Alfredo Gutiérrez y los caporales’.

En el 71 el cartel promocional mostraba a un tipo con apariencia de Elvis Presley, que causaba desmayos entre su audiencia, como una de las sensaciones para la Feria: ‘Sandro de América’ al lado de ‘Piero’, ‘Jimmy Salcedo y su onda 3’ y ‘Victor Manuel, la revelación vallecaucana’.
Tuvieron que pasar algunos años para que la salsa se convirtiera en el centro musical de la Feria.

Fue en los años 80 y tuvo que ver con la aparición de las primeras grandes orquestas de Cali: ‘La misma gente’, ‘La identidad’, ‘el Grupo Niche’ o ‘Guayacán’.

Pero el origen, el germen, fueron los años 68 y 69, aquellos en que Richie Ray y Bobbie Cruz ejecutaron la áspera conmoción de una ciudad que desde entonces no sería la misma. De una ciudad que se convirtió en mito.

Caicedo lo presentía: sabía que su Cali, que esta Cali, es un cúmulo de hombres y mujeres y cemento cuya alma es la música, cuya alma, ahora desgastada, es la salsa.

El escritor que se suicidó seis años después de haber llevado a cabo su poética rebeldía de empapelar en soledad la ciudad, había comprendido el destino de la Cali rendida para siempre a los pies de la salsa.
Caicedo intuyó lo que el tiempo se encargaría de confirmar: la ciudad no era la misma, una convulsión cambió para siempre la provincia que sus padres querían imponerle y esa convulsión era la salsa.  Quizá por eso escribió: “El libro miente, el cine agota, quémenlos a ambos y no dejen sino a la música”.

Cartel de Andrés Caicedo

Cartel diseñado por Andrés Caicedo con el que protestó solitariamente contra la "censura" a la orquesta de Ricchie Ray y bobby Cruz.

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