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Las mujeres que quieren convertir a Timbiquí en un destino gastronómico

Las mujeres que quieren convertir a Timbiquí en un destino gastronómico

Cuando le pregunté a Sixta por su esposo, me dijo: “No amigo, si conmigo ninguno quiso casarse… ¿No ve que me decían que una mujer así como yo, que no se deja mandar, no sirve de esposa?”. Así que ella misma –rebelde, impetuosa– decidió quedarse soltera, convertirse en madre de dos hijos y, también, recuperar y reconstruir la memoria de todo un pueblo: Timbiquí.

Sixta tiene 45 años y aquello de la rebeldía no es tan evidente o, mejor, es más bien una rebeldía existencial, una pelea con un estado del mundo y no necesariamente con la gente del mundo. Sixta, negra, sonrisa centelleante y perpetua, no puede dejar de ocultar un violento instinto maternal cada vez que habla, cada vez que se dirige a quien sea, y entonces su voz es dulce, sus gestos cálidos, como una mujer que trata de enseñarle el mundo a sus hijos.

Me cuenta que fue profesora, asistente de enfermería, luego se hizo víctima del conflicto armado – yo me sorprendo de comprobar cómo en algunas partes de Colombia haber sufrido nuestra guerra se ha convertido también en una forma de definirse, “yo soy, él es, ella es, nosotros somos víctimas del conflicto” - y ahora mismo es coordinadora de la Casa de la Cultura de Timbiquí y una de las líderes de la Red Matamba y Guasá, un conglomerado de asociaciones de mujeres que – rebeldes todas – se han decidido a reconstruir su pueblo y liberarse de la resonancias de la guerra, la negligencia estatal y la pobreza.

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A Timbiquí, en las orillas del mar Pacífico en el Cauca, se llega en un viaje de poco menos de una hora en avioneta desde Cali o en ocho horas de travesía en barco desde Buenaventura.

No está tan lejos de Cali, en realidad son 147 kilómetros entre ambos - lo que quiere decir que está más lejos Cartago, por ejemplo - salvo que la distancia es de otra naturaleza: es una distancia abstracta, pero mucho más rotunda.

Timbiquí está allá, lejos, quien no lo conoce lo imagina entre selvas oscuras e inexpugnables y ríos atormentados como en el principio de los tiempos. Y no es infrecuente que quien no lo conoce sea exactamente alguien que esté en posición de definir parte de su destino, un gobernador, un congresista, un presidente, digamos.

Así que la verdadera distancia entre Timbiquí y ciudades como Cali o Popayán o Medellín, es de esa misma consistencia que la que hay entre dos personas que se ven a diario pero que prefieren ignorarse mutuamente, que prefieren quedarse cada una en su isla de soledad o de ignorancia.

Y con esa distancia llega lo demás. A Timbiquí no se puede acceder a través de carretera desde ningún poblado o aldea cercana, desde ninguna parte. En Timbiquí hay acueducto, pero no hay agua potable, tampoco hay servicio de alcantarillado y la mayor parte de sus calles son a medio construir. Hay un hospital en que solo se atienden dolencias menores – gripas, fiebres, fracturas que no se agraven, embarazos más o menos estables – y una de sus dos escuelas es una casona de madera y techo de zinc.

En Timbiquí no hay un teatro y tampoco una sala de cine, aunque es probable que sea uno de los pueblos con mayor tasa de bares y cantinas por habitante y con los menores índices de aburrimiento del país.

Timbiquí está en la margen del río que lleva su mismo nombre y, también, en la margen de la civilización, lo que es una paradójica fortuna: no hay carros, las personas se movilizan en bicicletas o motos o mototaxis, así que el aire que se respira puede ser uno de los más puros del planeta. El reverso de esa virtud ecológica es que como no tienen alcantarillado, todas sus aguas residuales caen directamente a su río, de donde, además, pescan la mayor parte de sus alimentos.

Y en otra orilla, la guerra. Timbiquí ha sido uno de los pueblos que más sufrió el conflicto armado del Estado con las Farc y con grupos paramilitares y bandas criminales. En abril de 2011 ‘Los rastrojos’ cometieron una masacre de siete jóvenes en pleno centro del poblado.
En marzo de 2012 las Farc atacaron desde varios puntos el poblado, hirieron a ocho personas e incendiaron varias casas y desde 2010, las disputas por la minería ilegal de oro entre grupos criminales no cesan y son cada vez más fuertes.

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Desde 2002 hasta 2015 en Timbiquí se contaron un total de 11.000 víctimas del conflicto, es decir, más de 844 víctimas por año durante 13 años, según datos de la Personería Municipal.  Timbiquí, con 22.000 habitantes, es un pueblo habitado por víctimas de nuestra guerra.

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Mientras surcamos el río Timbiquí en una lancha para llegar hasta el barrio ‘La calle del pueblo’, Sixta junto a otras tres mujeres ha empezado a cantar. Sixta va a la cabeza en la voz: “eeeehhh, oúuhhh, ya llegaron los turistas, a tierra de Timbiquí, eeeehhh, oúuuuuhhg”, y las otras dos repiten en estribillo después de ella. Lo que cantan es una típico de ritmo del Pacífico colombiano y el hecho de que lo hagan ahora mismo, es la ejecución de un ritual de varios siglos.

Los negros esclavizados que llegaron a Timbiquí y a toda la Costa Pacífica colombiana cantaban de ese mismo modo durante sus jornadas de trabajo y formaron una tradición que a Sixta se la comunicaron su madre y su padre, quienes a su vez la aprendieron de sus abuelos.

Cantar es para ellos un acto tan vital como respirar. “Aquí uno aprende a cantar antes que a caminar”, me dirá Sixta. Y después de caminar se aprende a navegar en canoa y a nadar. Con eso, la subsistencia queda asegurada.

Sixta y sus compañeras cantaron durante los cinco minutos que duró el trayecto en la lancha y cuando llegamos al barrio -un conjunto de casas construidas sobre columnas de madera y bajo las cuales caminan cangrejos de todos los tamaños- pudimos ver un grupo de mujeres que bailaba y cantaba mientras movían sus manos en señal de recibimiento. Son las mujeres de la Asociación de Apoyo a la Mujer, ASAM, una de las agrupaciones que hace parte de la Red Matamba y Guasá, y que trabaja por convertir a Timbiquí, ahora que la guerra con las Farc ha terminado, en un destino turístico y gastronómico para colombianos y extranjeros.
Las mujeres siguen cantando mientras nos reciben.

El grupo de personas que llegamos, varios periodistas y promotores de turismo invitados por la Corporación de Turismo del Cauca, nos convertimos de pronto en un acontecimiento que Sixta explica de pronto: “es que ustedes son el primer grupo de turistas que viene hasta este barrio, no se imaginan lo lindo que es para nosotros”, y entonces vuelven a cantar.

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Sixta recuerda que debió ser hace unos 15 años. Ella tenía su casa más cerca al pueblo y afuera de ella había sembrado piñas y durante un tiempo, incluso, se había convertido en la más importante vendedora de piñas de Timbiquí.

Hasta que un día, me dice, “ellos llegaron”. Ellos eran los guerrilleros del Frente 40 de las Farc, que durante más de 20 años habían hecho de Timbiquí una de sus fortalezas militares.

Lo hicieron porque Timbiquí es un puerto importante para sacar droga hacia América del Centro y también porque, a mediados de la década pasada, las minas de oro en los ríos de la zona se convirtieron en una de sus principales fuentes de financiación.

Sixta entonces debió abandonar su casa junto a sus dos hijos, llegar al pueblo como desplazada, volver a empezar. Aquella casa, a pesar de la firma de los acuerdos de paz y la desmovilización de las Farc sigue abandonada, porque es que el miedo, me dice, no se quita firmando un papel… Y como ella, las otras mujeres de la ASAM cuentan historias fragmentadas de su propia guerra: disparos cayendo a su casa, noches en que debieron huir, en que no durmieron escuchando las explosiones, historias de masacres...

“Las cosas han cambiado ahora, claro que han cambiado mi amor. Eso antes era imposible que un grupo de periodistas se viniera así como ustedes tan campantes por el río hasta aquí… No mi amor, eso antes uno ni lo pensaba”, me dice Sixta.

Arroz endiablado

Arroz endiablado, uno de los platos que se puede comer en Timbiquí o Guapi.

Archivo de El País

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La Asociación de Apoyo a la Mujer la crearon inicialmente como una forma de ofrecer trabajo a las mujeres del pueblo, así como una lucha contra el machismo exacerbado que cada una de ellas padece.

Timbiquí y todo el Pacífico colombiano es tal vez una de las regiones más machistas de un país tan machista como Colombia. Las mujeres siempre están en casa cocinando, o haciendo algunas labores destinadas solo a ellas: recolectar almejas o pianguas en las playas de los ríos. En general los hombres no suelen salir con ellas y son quienes toman casi todas las decisiones. Sin contar con que los niveles de violencia contra las mujeres están entre los más altos del país.

Así que crear la asociación fue una forma de decir a los hombres que podían arreglárselas sin ellos, una forma de la rebeldía.

Crearon una red de cultivadoras de ramas aromáticas que venden en Timbiquí, Buenaventura y Cali. No fue fácil, claro. Discutieron, pelearon con ellos, algunas han estado a punto de abandonar su trabajo en la asociación para evitar peleas con el esposo, y muchos de ellos aceptan con cierto enojo que trabajen juntas.

Luego, con ayuda de la Gobernación del Cauca, decidieron que podían valerse de la ancestralidad de sus conocimientos en la cocina para convertir a Timbiquí en un destino gastronómico y de ese modo intentar hacer de su pueblo algo más que la imagen nebulosa de un caserío asediado por la selva.

Las mujeres, entonces, ofrecen un plan que consiste en un recorrido por Timbiquí que incluye una caminata en busca de la rana ‘Terribilis’, la más venenosa que se ha podido conocer en todo el mundo y un almuerzo en el barrio ‘La calle del pueblo’.

El almuerzo puede variar: un arroz encocado con camarones, un arroz endiablado – una receta que incluye camarones, almejas y piangua, todo sazonado con yerbas aromáticas que solo se dan en su tierra -, o el que comimos el día de nuestra visita, un sancocho de guagua, un mamífero parecido al conejo que suele comerse en ocasiones muy especiales.

El almuerzo, además, puede incluir papachina, un tipo especial de tubérculo que solo se da en el Pacífico y jugo de borojó, así como la degustación de licores ancestrales que ellas mismos fabrican, como la Tomaseca – bebida a base de jugo de caña con yerbas aromáticas – o el Arrechón. Las comidas son preparadas por ellas con peces pescados por sus esposos y con alimentos cosechados en sus propias casas, completamente orgánicos.

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La experiencia, por supuesto, está atravesada todo el tiempo por la música: las mujeres cantan, lo hacen no para entretener, sino porque no pueden no hacerlo, no saben estar en el mundo sin hacerlo
Lo que ofrecen, en realidad, es la posibilidad de mirar hacia las profundidades de una cultura que apenas empieza a descubrirse, de una forma de estar en el mundo, de una historia de centenares de años, a través de sus sabores y de su música.

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-¿Qué ha sido más duro para ustedes, la pobreza o la guerra? - pregunto a Sixta.
-La guerra, porque uno como pobre puede resolver. El río y la tierra nos da todo, pero esta guerra nos ha hecho mucho daño...
- Pero la firma de la paz con las Farc ha cambiado todo...
- Claro que sí. Ya vivimos como en un mundo nuevo. Ahora lo que queremos hacer es que todo el país conozca la riqueza de lo que somos, de eso que la guerra no nos ha dejado mostrar...
Dice Sixta y de pronto empieza a cantar.

Mujeres timbiquí

Algunas de las mujeres que hacen parte de la Asociación de Ayuda a la Mujer, Asam.

Eduardo Burbano / Especial para Gaceta

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