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Picnic, la terapia para sanar heridas y construir paz

Sucedió como ocurren los milagros de verdad: en silencio y solo con la naturaleza y la fuerza de la existencia como testigos. Sucedió en una tarde soleada de fin de año, bajo la sombra de un árbol frondoso que abrigó con sus ramas a un puñado de sobrevivientes de esa Colombia anónima que se reconstruye a pedazos de los embates del conflicto; una Colombia que sana las cicatrices de la guerra, a punta de garra, de ganas, de esperanza.

Ahí fueron llegando, poquito a poco, aún sin saber para qué, mientras alguien organizaba con delicadeza flores de colores y velas para la velada, al pie de las raíces del árbol protector. Alrededor y en forma de círculo, aparecieron 17 manteles de cuadritos, una base de madera y una caja de picnic.

Llegaron mujeres sobrevivientes del conflicto armado, oriundas de Pacífico, del Tolima, de otros municipios del Valle. Arribaron también ex combatientes o personas en proceso de reintegración, de distintos grupos armados y rincones del país. Y en un tercer grupo, quienes los han acompañado de tiempo atrás, para apoyar su retorno a la vida, a la sociedad.

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“Esta es una jornada de reparación simbólica, de dignificación, de reconocer el conflicto y de vernos de manera horizontal, todos en la misma mesa”, explica Carolina Otálvora, trabajadora social del Programa de Atención Sicosocial y Salud Integral a Víctimas del Conflicto, Papsivi.

El Papsivi, la Unidad de Víctimas capítulo Valle, la Agencia Nacional para la Reintegración, ARN y la Universidad del Valle, donde se llevó a cabo el encuentro, fueron los responsables de que este Picnic por la Reintegración juntara en el mismo lugar tantas historias de vida con un solo fin: la paz, más allá del acuerdo, de las palabras en el Congreso, de las peleas partidistas, de los egos y los reflectores.

Después de conversar en voz baja sobre la incierta suerte de las circunscripciones para las víctimas que por estos días los ronda como un fantasma, atendieron el llamado de Édgar Gruesso, enlace de talento humano de la ESE de ladera, para integrarse en el círculo:

-Vamos a saludarnos, sin hablar y sin abrazar. Vamos solo a darnos una sonrisa en señal de saludo.

Las sonrisas tímidas se confundieron con carcajadas, mientras aguardaban la siguiente instrucción:

-Pregúntense cada uno ¿por qué están agradecidos hoy? Ahora sí vamos a presentarnos con quien está al lado.

Luego volvieron a sus lugares para escuchar lo que pasaría esa tarde, en ese lugar, bajo ese árbol abrigador. Y tras el llamado de la sicóloga de la Unidad de Víctimas, Ángela Tovar hicieron un círculo para entrar en calor.

-Somos un solo cuerpo. Nadie se queda atrás, ni adelante. Vamos a respirar. Nuestro cuerpo está apretado por múltiples factores. La voz que no podemos expresar, el cuerpo la guarda...

El sonido fuerte de un helicóptero interrumpió el silencio y la sicóloga recordó en palabras cómo tantas veces ese mismo sonido pudo significar zozobra, huida, temor para quienes estaban en el círculo...

-Ese sonido nos recuerda tantas cosas que vivimos en este país. A mí me recuerda cuando viví en el Cauca, por ejemplo.

Ahora vamos a calentar las manos; a cuidarnos, a sentir la palpitación en el corazón. Si sentimos la quietud es maravilloso. Vamos a tomar una flor y a contar por qué la elegimos.

La luz y las flores, símbolo de esperanza, para quienes retoman su vida

Jorge Orozco / El País

Ana Judith Gamboa, cantadora del Pacífico, ataviada con una túnica y un turbante de colores alzó su voz para decir: “Elegí la mía por la igualdad, por el amor que todos profesamos en este mundo y para obtener la paz”.

Al fin de cuentas, de eso se trataba todo, de mirarse a los ojos, compartir la mesa, escucharse, construir, perdonarse. Aún hay muchos de estos espacios en los que las lágrimas afloran o la rabia estalla. Las heridas de un país con más de 50 años de conflicto se evidencian en esos pequeños detalles.

El círculo los unió al inicio y al fin del encuentro para hablar de sus expectativas y de lo que esperan del país.

Jorge Orozco / El País

La vida en una mandala

La tarde continúa, alrededor de las mesitas de madera. En el primer grupo, Jhon Jairo, el sicólogo; Claudia, la estudiante; Julio, el profe, y Alba, quien hace parte del proceso de reintegración, se conocen y cuentan sus tareas urgentes de fin de año. - Yo debo adelantar mis estudios políticos, dice Claudia.

- Yo debo trabajar en un proyecto de justicia restaurativa, dice Julio.

-Yo debo demostrar cómo un ciclo sicosocial contribuye a proyectos de paz, dice Jhon Jairo.

-Mi nombre es Alba y estoy feliz de estar aquí. Mi hija tiene un año y yo, cuatro en el proceso de reintegración a la sociedad. Espero poder celebrar ambas cosas. Esa es mi idea de la Navidad. Y trabajaré en talleres para prevenir el uso de sustancias sicoactivas.

Junto a ella, su niña juega con los alimentos de la mesa. Y de lejos, tímido, las observa la pareja de Alba, otra persona que se encuentra en proceso de reintegración. Ella viene del ELN; él, de las autodefensas. Cosas que pasan después del conflicto y que se dan en la intimidad de la vida cotidiana.

Unos pasos más adelante, en el tercer grupo, los participantes moldean con plastilina y colores sus recuerdos de la infancia.

-Esta es mi casa en Timbiquí, donde me crié, con mi familia. Aquí están las notas musicales en azul; de niña me decían que no cantaba, pero ahora el canto me hace feliz. Este es el guasá y eso lo que hago ahora. La canoa a la que le llamábamos potrillo, que me trae viejos recuerdos... todo esto hace parte de mi historia y de lo que estoy viviendo ahora, en la ciudad.

A Milady, sobreviviente del conflicto armado en Timbiquí, la emoción se le refleja en la mirada, en el entusiasmo de sus palabras. A su lado, silencioso, un hombre joven, ex combatiente, moldea a Toby, su perro de la infancia “está en los recuerdos que me quedan de donde vivía en una finca en Tuluá”.

Unos pasos más adelante sobre un mantel a cuadros naranja se dibuja la vida en una mandala. Entre destellos de sol y la sombra del árbol, los granitos de frijol, arvejas y otros frutos de la tierra toman forma de mariposa, de un corazón, de un anhelo. Sobre un mantel verde, la mandala es como un reloj que fracciona las estaciones de la vida. Y en una más, es un sol el que domina, como esperando que su luz ilumine el nuevo sendero.

Mónica Rodríguez, sobreviviente del conflicto y de los abusos sexuales de la guerrilla, fue la promotora de este encuentro. Se trasnochó cuidando los detalles, haciendo los manteles.

“Es una manera distinta de llegarle a la comunidad, de que haya aceptación entre las víctimas y las personas en reincorporación. Hay muchas barreras. Uno está curtido y no se deja vencer. Pero hay mucha discriminación con las víctimas y eso no debe ser”, dice Mónica, colaboradora de las actividades que se desarrollan entre las y los sobrevivientes de la guerra en la ciudad.

La jornada va cerrando y los grupos cuentan qué expresaron en esas mandalas y qué les queda de esta experiencia. Uno de los grupos llamó a la suya ‘libertad’. Uno más habló de lo bueno que fue encontrarse con gente que había vivido lo mismo, pero en distintos lugares. Y también con otra gente que se reintegra a la sociedad.

Por fortuna, no hubo crisis. Pasa que en ocasiones cuando se encuentran víctimas con excombatientes eso puede ocurrir. Algunos estallan en llanto y en reproches. Como una catarsis. Por fortuna, esta vez no fue así.
Al cierre, después de oír los cánticos de las cantadoras del Pacífico, muchas de ellas hoy residentes en el oriente de Cali, Ángela Tovar, la sicóloga que repara a decenas de víctimas de abuso sexual, anima a los asistentes a seguir el camino:

- Somos todos personas, y es la humanidad la que nos ha tenido compartiendo. Lo que tenemos aquí es una Colombia chiquita, un ejercicio donde se sentaron historias diversas en el mismo mantel y al mismo nivel.

Así fue; un pedazo de esa Colombia anónima que no vocifera promesas pero que sabe lo que es vivir en carne propia la guerra, se sienta a deponer sus temores y a conversar con el otro, frente a frente, sin rencores.

Vendrán muchos milagros más como este, de esos que ocurren en silencio, sin aspavientos, abrigados por la Naturaleza imponente como testigo. Y habrá muchas historias más que contar de ese país que se escribe en una tarde soleada de fin de año, mandalas, recuerdos y promesas de seguir adelante, con el pleno convencimiento de que es así como de verdad se construye la paz.

Compartir los alimentos y sus historias también hacen parte de la terapia.

Jorge Orozco / El País

Tenga en cuenta

Las víctimas del conflicto armado deben ser reparadas de manera integral. Dicha reparación tiene en cuenta las dimensiones individual, colectiva, material, moral y simbólica y se compone de cinco medidas: rehabilitación (física y psicológica), indemnización, satisfacción (como los actos de dignificación y memoria), restitución (de tierras, de viviendas, fuentes de ingreso, empleo, de acceso a crédito) y no repetición.

434.468 víctimas son sujetos de atención / reparación en el Valle.

Desde que está vigente la Ley de Víctimas, la Unidad, capítulo Valle, ha atendido en el departamento con la Estrategia de Recuperación Emocional a 10.453 personas.

$345.228 millones han sido entregados en el departamento por Atención Humanitaria desde que está vigente la Ley. Se han realizado 34.075 giros por $239.773 millones.

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