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"Si las drogas fueran legales, el narcotráfico sería aburrido": Alma Guillermoprieto

Alma Guillermoprieto se considera, antes que reportera, cocinera y jardinera. La posibilidad de tener en casa una matera con una mata le parece maravilloso.

– Las plantas le ayudan a uno a recordar lo que es verdaderamente importante.

El mundo en todo caso la reconoce por su trabajo en el periodismo, y aún, justo cuando acaba de cumplir 40 años dedicados “a poner una palabra detrás de otra de la manera más clara posible”, le siguen otorgando distinciones.

La semana anterior Alma Guillermo, nacida en Ciudad de México en 1949, fue galardonada con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018, considerados los Nobel de Iberoamérica.

Para el jurado, su trabajo “representa los mejores valores del periodismo en la sociedad contemporánea gracias a una escritura clara, rotunda y comprometida; ha logrado transmitir la compleja realidad de Latinoamérica a través de sus textos, principalmente en medios anglosajones”.

Colombia ha ocupado un lugar protagónico en sus crónicas, al punto que desde hace unos años vive en el país por la simple pero a la vez definitiva sensación de que es un lugar que le queda bien.  Hace unos meses Alma Guillermo estuvo por primera vez en Cali, como invitada al Festival de Literatura Oiga, Mire, Lea, y en la tarde previa a su charla pública con el escritor peruano Santiago Roncagliolo, conversó con Gaceta en un diálogo que permaneció inédito hasta hoy. Después de solicitar unas galletas en el lobby del Hotel Torre de Cali, dijo con su cadencioso acento mexicano:

– Arranquemos motores.

En el prefacio de su libro ‘Desde el país de nunca jamás’ usted escribe: “Entre las cosas que nunca me propuse: ser reportera”. Sin embargo infancia es destino. ¿Qué guiños le hizo la vida en su niñez para que terminara en el periodismo?

Mis papás en algún momento quisieron ser reporteros. No acabaron siendo reporteros, pero eso les gustó mucho, por un lado. Por otro lado, desde que aprendí a escribir, que fue temprano, todo el mundo vivió diciéndome que yo debería ser escritora, pero no me interesó en lo más mínimo.  Lo que sí me llevó al periodismo fue la curiosidad. La curiosidad de ver el mundo, de ver las cosas que me apasionaban de cerca, presenciar la Revolución Sandinista. Pero había esos otros antecedentes pequeños, por supuesto.

Antes de ser reportera era bailarina de danza. ¿Por qué la danza?

Yo empecé a bailar en México. A los 12 años me aceptaron como integrante de una compañía de danza moderna. Y tanto pensé que esa era mi vida entera, que a los 16 años me fui a Nueva York a estudiar con Martha Graham, que era un genio. Tuve ese privilegio.  Pero no sé muy bien por qué elegí la danza. Yo creo que fue por ‘Las zapatillas rojas’, que es una película sobre el ballet que ha visto una cantidad infinita de niñas y han dicho: “yo quiero ser bailarina”. Lo curioso es que cuando volví a ver la película hace unos años, me di cuenta de que la protagonista se muere al final, y se muere bailando. Pero no creo que sea eso lo que recordemos las niñas. No sé qué es lo que nos motiva tanto de esa película. Pero a partir de ahí nadie me quitó la idea de que yo iba a ser bailarina. Soy muy terca. Entonces creo que por eso acabé siendo una mala bailarina.

Después de empezar a bailar viajó a Cuba, a la Escuela Nacional de Artes, lo que terminó siendo fundamental para comenzar a ser reportera. ¿Qué significó ese viaje?

El viaje a Cuba fue fundamental porque rompió mi sistema de pensamiento, rompió la forma que tenía de imaginar el mundo, porque nadie conoce el mundo, nos lo imaginamos. Entonces me lo imaginaba de una manera, pero Cuba me obligó a imaginármelo de otra, también bastante fantasiosa.  Cuba lo que logró fue que yo despreciara el arte y que despreciara lo que yo había hecho con mi vida hasta ese momento, que era la danza. Y me tardé años en sanar de esa herida. Sentía que no iba a ser la bailarina que quería ser. Nadie se mete a bailar para ser mediocre. Yo creo que cualquier persona que le invierte el esfuerzo, el sudor, el dolor, la pasión que requiere la danza, es porque quiere ser alguien con una capacidad de comunicar a un público infinito.
Entonces fueron años los que pasaron antes de que por ese accidente que cuento en el prefacio de ‘Desde el país de nunca jamás’, haber visto en la televisión la noticia que los sandinistas en Nicaragua se habían tomado el Palacio de Congreso, es que a mí se me ocurrió ir allí no por ser reportera, sino por ver una revolución como me las había imaginado a partir de Cuba. Y fue así como me inicié en el periodismo, viajando a cubrir esa revolución.

Ya como reportera comienza a contarnos Latinoamérica, en especial la Colombia de los 80 y 90. ¿Cómo era el país de entonces desde su mirada como extranjera?

Mi recuerdo de Colombia viene de mucho antes. Yo llegué por primera vez en 1973. Volé de Nueva York a Santa Marta y en Santa Marta tomé el famoso tren y llegué a Bogotá. Y lo más extraordinario que me pasó es que el tren paró en Aracataca. Yo iba adormilada en ese tren infame, los asientos eran de madera, la ventanas estaban sucias, rayadas, pero en medio de eso logré ver el letrero de la estación que decía Aracataca. Y después volví al país en el 85, en el 86, en el 87, en el 88, siempre como periodista.  Y en uno de esos viajes me tocó atravesar el páramo del Sumapaz a pie, llegar a Casa Verde, y entrevistar a Manuel Marulanda y a Jacobo Arenas. Y darme cuenta de que la sede de la guerrilla de las Farc estaba a apenas 120 kilómetros de la capital del país y que se podía llegar a pie fue una impresión inicial de Colombia que me enseñó mucho.

Justamente en una crónica sobre Medellín escribió: “es una ciudad que está a punto de ahogarse en su propia sangre”.

Sí. Era una violencia muy extrema, sin saber en ese momento que podían haber violencias mil veces peores. En ese momento claro, pasarse una noche como yo me pasé en las rejas del Hospital San Vicente de Paul, viendo llegar a los heridos, fue muy intenso. Quisiera creer que la gente no sabe todavía lo mucho que está en contra de la guerra. Que cree quizás estar a favor de una paz diferente, pero que en la realidad y en los hechos no tolera una gota de sangre más.

En 1993 usted regresó al país para escribir una historia sobre Pablo Escobar tras su muerte. ¿Cómo analizaba Colombia en ese momento?
A mí me gusta cerrar ciclos. Y era obvio que Pablo Escobar era en sí un ciclo para Colombia. Entonces, aunque yo ya no estaba viviendo acá, estaba en The New Yorker en ese momento, sí me pareció necesario para mí cerrar el ciclo. Muchas de las historias que yo hago son para desenredar algo en mí misma. Y era necesario ver cómo acababa esta historia de Pablo Escobar y ver qué sucedía a continuación.
Y me parece que si no hubiera habido la Constituyente en medio de esa epopeya de Pablo Escobar, el país no hubiera cambiado tanto. Que Escobar se murió y el país se apaciguó un poco fue más bien gracias a la Constituyente. Aunque el narcotráfico siguió y la violencia siguió y las matanzas siguieron. Pero quiero creer que mientras tanto se estaba construyendo una infraestructura de un Estado más fuerte y más moderno, sobre todo.

Usted en sus textos ahora puede escribir algo que siempre le editaban en esos años: es la guerra contra las drogas la que genera la violencia, no es el narcotráfico. ¿Cómo es eso?

Si las drogas fueran legales, el narcotráfico sería un negocio aburrido como cualquier otro. Lo que genera la violencia es la ilegalidad para un producto que por ser ilegal se ha vuelto tan glamoroso para los jóvenes, que es un negocio irreprimible.  Si los chicos tuvieran que ir como vendían el alcohol en los países socialistas, que era patético, que había como una puerta de metal y se abría la puertecita de metal y uno ponía su dinero, y con receta médica se pudiera comprar toda la droga que uno quisiera, sería lo más poco glamoroso y lo menos ‘cool’ del mundo. Pero con el narcotráfico todo está chueco. Hay una hipocresía regional y diría que en el mundo. Los blancos pueden meter toda la coca que quieran. Los famosos pueden inyectarse heroína en las venas públicamente. Pero un pobre, un negro o un mexicano en Los Ángeles se compra 50 pesos de marihuana y va a la cárcel de por vida. La hipocresía y la guerra de clases que facilita la ilegalidad de las drogas es uno de los peores daños que ha hecho.  En ese sentido, yo creo que he escrito tanto sobre violencia y drogas no porque me guste, sino porque realmente he sentido una obligación: mostrar que esto es una estupidez. No decir que ‘esto es una estupidez’, sino demostrarlo. Y algunas batallas se han ganado.
Antes uno no podía decir, como repetía yo sistemáticamente en mis textos y me lo quitaban, eso: que la guerra contra las drogas es la causante de la violencia de las drogas. Siempre lo ponía, siempre me lo quitaban. Ahora ya es una cosa tan obvia que todo el mundo siente la obligación de decirlo para ver si en algún momento entran en razón.

¿Por qué lo censuraban también de esa forma tan sistemática?

Porque era muy retórico. Quizás The New Yorker hubiera querido un artículo largo demostrando los daños de la ilegalidad de las drogas, cosa que nunca hice porque a mí lo que siempre me ha interesado es la sociedad, el conjunto social que se genera alrededor de un fenómeno X o Y. Le religión, el circo, la pobreza...

Su relación con Colombia no es solo por el periodismo. También por una amistad: Gabriel García Márquez. ¿Cómo fue ese privilegio de ser amiga de él?

Yo nunca diría que fui amiga de García Márquez. Yo creo que los amigos se hacen a través de experiencias compartidas, y yo conocí a García Márquez cuando ya había tenido todas las experiencias interesantes que iba a tener en su vida. Yo creo que García Márquez fue extraordinariamente generoso conmigo. Participé en un proyecto que a él le interesaba mucho, y eso me permitió observarlo de cerca y de pronto tener una relación afectuosa con él, que no es lo mismo que amistad. Y digo generoso porque tanto él como Mercedes… ir a comer a casa de ellos pues no era cualquier cosa. O tener una larga conversación con él. Pero yo no dejo de ser periodista nunca, entonces siempre lo estaba observando, cosa que él sabía perfectamente.

¿Qué aprendió de García Márquez para su oficio?

Él me regañaba mucho. Me dijo: “tú nunca vas a ser una gran escritora, porque no te levantas a las 5 de la mañana a trabajar”. Y yo dije: “es cierto”. Y puse el despertador durante una semana a las 5 de la mañana, yo que me acuesto a las 2, y como zombie me iba a la computadora y la prendía y por supuesto dije: “no voy a ser una gran escritora nunca, está demostrado”. No, lo que le aprendí, en serio, es que él – y en algún momento lo escribí cuando murió –no era un soñador, no me dio la impresión de que soñara nunca. A él le interesaba algo, le entusiasmaba algo, y lo hacía. Era un hacedor. Y eso para mí fue muy interesante.

¿Es cierto que García Márquez se enorgullecía no tanto de sus obras, sino del trabajo que le habían costado?

Se enorgullecía del esfuerzo que le costaban sus textos. Siempre que oí a la gente decir que era muy vanidoso, lo era, claro, su trabajo le había costado. Pero no creo que haya sido consciente de eso. Nunca decía: “mira qué bien me salió este libro”, no. Decía: “esto me costó un trabajo”. Y era su orgullo. Eso también lo identifiqué mucho conmigo no por mí sino porque los bailarines se hacen de trabajo. Trabajan como nadie. Y sí, eso definió mi vida durante muchos años. Trabajar hasta que no se puede más.

Volviendo a Colombia, usted está radicada en el país. ¿Cómo ve el posconflicto?

Veo al país frágil, pero mal que bien creo que los hechos cuentan y tienen un peso. La tasa de homicidios ha bajado muchísimo, la tasa de secuestros ha bajado muchísimo, y yo no creo que nadie tenga ganas de cambiar esa paz. Me parece que este es un país pobre, finalmente, que ha vivido una etapa de prosperidad que hizo posible pensar en la paz, pero es un país pequeño con una economía pequeña y pobre finalmente, que siente una crisis como la baja de los precios del petróleo y de los minerales de manera muy fuerte.  Entonces me preocupa cómo será la economía del futuro sobre todo para las comunidades campesinas y para los desmovilizados, qué opciones se le van a dar a los jóvenes aparte de ganarse la vida de esta manera oportunista que es el único recurso que tienen tantos. La sociedad está muy dividida, eso es cierto, pero en la prosperidad la gente se pelea menos.

En un país polarizado, ¿qué papel debemos jugar nosotros: los reporteros y los medios?

Yo creo que el papel es reportear, escuchar y escribir sobre los dos lados. Y por otro lado también saber reportear una cosa que nos cuesta mucho trabajo a todos, que es reportear los logros y las alegrías. Los reporteros somos pesimistas por naturaleza y en nuestra condición actual, existencial, con las dificultades de los medios actuales, pues somos pesimistas no solo por disposición natural, sino por nuestra realidad. Entonces cuesta mucho trabajo sobreponerse a eso, no sentirnos víctimas, pero hay que hacerlo y salir a reportear lo que tiene potencia.

¿Qué análisis hace de la situación de los medios actuales?

Creo que todavía al periodismo le falta abismos por explorar. No es buena la situación. El periodismo impreso va a dejar de existir. Hay intentos de hacer un periodismo moderno que ya han fracasado. Lo que no logran todavía descifrar es cómo ganar suficiente dinero para pagarle a los reporteros en este nuevo mundo de Internet. No hay un modelo. Y creo que una de las razones por las cuales los asesinatos en México han sido tan infames, los asesinatos de reporteros, es porque a los pobres no se les respeta, y los reporteros son unos pobres más. Y eso es parte de la derrota en general del periodismo.  Cuando salió el periodismo a Internet hubo muchos que decían: la información tiene que ser libre. Pues tal vez la información tiene algún deseo, pero lo que yo sé es que los reporteros quieren ganar lo suficiente como para sobrevivir. Pero en ese momento de la euforia de la información tiene que ser libre, todos los periódicos abrieron sus portales y no cobraron. Y esos son los que están sumidos en la crisis más profunda.

Yo sé que hay que inventar el periodismo de nuevo, pero yo no soy joven y no sé realmente cómo va a ir ese periodismo. Sé también que las sociedades necesitan información veraz, verificable, útil y conmovedora. Y que los seres humanos necesitamos contar historias y escuchar historias. Eso no se va a perder. Cómo el periodismo va a seguir nutriendo esa necesidad, no lo sé. Pero lo tendrá que hacer. No hay de otra.

¿Pero sigue pensando que somos dinosaurios?
Claro que somos unos dinosaurios. Yo soy una dinosauria. Estoy ejerciendo un oficio que hoy día ya es un oficio del pasado. Tal y como está planteado es un oficio del pasado. Y eso no es alentador y no es fácil seguir escribiendo así. Pero, ¿por qué sigo? Pues porque toca. No hay más.

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