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Así es la vida cuando se tiene un familiar preso en China

Luis Leoncio Pérez apenas puede hablar español 15 minutos al mes. Es el tiempo máximo que les conceden a los colombianos detenidos en China por tráfico de drogas para conversar con su familia, así que, generalmente, Luis se la pasa sin musitar palabra alguna.

Permanece en una celda de una cárcel de Shanghái con 12 condenados más, todos de diferentes nacionalidades. Luis desconoce otros idiomas. Los 15 minutos al mes para hablar con Diana, su hija residente en Pereira, le ayudan a no perder el juicio. Estar preso en China es, de alguna manera, quedarse mudo.

-Mi padre dice que está empezando a padecer problemas psicológicos.
Por fortuna hay 13 horas de diferencia entre China y Colombia. Como no hay manera de saber qué día va a llamar Luis - todo depende de un guarda que le da el permiso –él siempre se comunica al anochecer para asegurarse de que Diana está en casa. Regularmente contesta dormida. Cuando en China anochece, en Colombia apenas sale el sol.

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-La conservación siempre es la misma debido a que a veces la llamada es de apenas cinco minutos o menos. Porque se corta o porque los guardas simplemente decidieron no darle más tiempo. Así que siempre le hago las preguntas más importantes: ¿cómo estás de salud papá, cómo te has sentido? Y él también pregunta lo mismo: ¿qué ha dicho el Gobierno sobre la repatriación de los colombianos presos en China? Siempre son las mismas preguntas y casi siempre las mismas respuestas.

Diana es la fundadora de un grupo de 30 familias que se hacen llamar ‘Sí a la repatriación de colombianos presos en China’. Piden eso justamente: que sus familiares paguen sus deudas con la justicia en Colombia, no en un país donde están completamente solos. Y enfermos.

-Mi papá tiene 57 años. Se encuentra con condena conmutada a cadena perpetua. Quiere decir que tuvo pena de muerte y se la conmutaron. El tema con él es delicado. Está muy enfermo de la próstata, tiene dolores en los huesos. Le aquejan varias cosas que se han empeorado allá. Hemos tratado que nos ayude el Ministerio de Justicia para buscar la repatriación. Es el ente encargado de todos estos temas.

Pero se hacen los de la oreja mocha, que no es con ellos. Cuando enviamos cartas siempre las remiten a Cancillería, pero en realidad el Ministerio de Justicia tiene un papel muy importante para ayudar a los detenidos en el exterior.

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Las familias con seres queridos detenidos en China sienten una impotencia desesperante. La sensación de estar en manos de otro. La angustia de no tener el control de absolutamente nada.

-Estamos en manos de un gobierno. Del Ministerio de Justicia y de la Cancillería. Nosotros como familias decidimos unirnos, crear este grupo que lucha por la repatriación de nuestros seres queridos. Enviamos cartas, y cartas y cartas. A fundaciones, a Oenegés, a defensores de derechos humanos, a los medios. Pero más de eso no podemos hacer. Nos enfrentamos a un poder como el del gobierno de China.

Necesitamos el apoyo de nuestro país. Se siente mucha impotencia al no poder hacer más de lo que hacemos.

Cada mes, Diana y el resto de la familia de Luis le envían correos electrónicos que el cónsul en Shanghái imprime y se los hace llegar. Leer en español cuando todo a su alrededor funciona en un idioma tan extraño como el mandarín es otra manera que tiene Luis para no perder el juicio. Una vez pudo ver a Diana y fue de las pocas veces que sonrió estando tan lejos. Posó para la foto que publicamos.

-Fui una vez a China a ver a mi padre. Pero es muy complicado. Planeé el viaje durante dos años para que me saliera lo más económico posible: $8.000.000. Yo soy la única persona que ha visitado a un preso colombiano en Shanghái. Nadie más ha ido porque son familias muy humildes. Hay colombianos presos en China que nunca han sido visitados.

Gracias a Dios tengo trabajo (Diana estudió economía) pero las familias de los presos son muy humildes y encima, generalmente, el que está condenado era la cabeza, el que respondía por los gastos. Hay gente con un ser querido en China que no tiene ni para el bus.
Los narcos buscan gente mayor y humilde para enviarla a China con droga. Es uno de los perfiles que prefieren. Suponen que quien roce los 60 años o más no levanta sospechas. Algunos solo han sabido su destino cuando estuvieron montados en el avión.

El padre de Diana nunca había salido del país. Luis es campesino. Se dedicaba a sus cultivos. Diana dice que es de esos hombres que creen que hay que ganarse la vida trabajando duro. Por lo menos, fue lo que le inculcó. Por eso no entiende por qué se fue a China. Tampoco ha investigado demasiado. Es por su seguridad, explica.

Su papá dice que fue engañado. Es lo único que sabe Diana. Luis perdió sus cultivos, pidió dinero al Banco Agrario, y tal vez para pagarle al banco pidió a su vez dinero a gente que no debía. Gente que lo amenazó para que viajara. Era eso o que su familia sufriera las consecuencias.

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Algo parecido cuenta Sandra Guerrero, hermana de Johan Sebastián Guerrero, caleño detenido en China el 29 de abril de 2011.

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Johan es comerciante. Habla inglés, y en Cali se dedicaba a vender relojes y jeans que justamente traía de China. Es otro de los perfiles que buscan los narcos para sus mulas.

Personas que tengan negocios en Asia, se vistan bien, tengan la apariencia de un hombre o mujer de negocios. Sandra dice en todo caso que Johan viajó amenazado.

- Por seguridad no puedo hablar del tema, pero te digo: Johan viajó a China con droga para proteger a su familia. Fue víctima de un montaje.
Cuando lo capturaron tenía 21 años. Hoy tiene 26. La condena inicial era pena de muerte. Ahora debe cumplir una pena de 17 años. Es, por lo menos, lo que le han dicho a la familia.

Ningún colombiano detenido en China tiene un abogado contratado. Si quisiera pagar uno tendría que contar con US$30.000. Así que los defienden abogados de oficio que, por supuesto, no hablan español. Encima deben firmar papeles en mandarín. Deben firmar cosas que no tienen idea qué son.

La comida en las cárceles chinas, como en todas, además, es horrible. Johan ha estado enfermo del estómago en los últimos meses. En los primeros días de su captura le dieron pasta sin sal. También lo ingresaron a una celda diminuta, encadenado a un pie, y debía hacer sus necesidades en un hueco. Tampoco podía ver la luz del día; 24 horas durante una semana frente a un bombillo. A veces, le ponían música fúnebre. Una forma de tortura.

Hoy Johan es uno de los voceros de la cárcel de Shanghái. Aprendió algo de mandarín para defenderse en las audiencias y es el traductor de presos que están hospitalizados. De vez en cuando sale de la cárcel a hacer las traducciones. Y sin embargo, hay meses en los que no le dan el permiso de llamar a Colombia. Su familia se desespera y bombardea de llamadas al consulado para que averigüe qué ha pasado. Escuchar la voz de quien está preso es un descanso.

Por la compañía de envíos internacionales 472 le mandan periódicos y revistas. Mandar un sobre a China cuesta $60.000. Johan quiere estar informado de lo que pasa en Colombia aunque, ha sucedido, pese a que los recibos del envío tienen el sello de la prisión, no le han entregado los paquetes. Eso también angustia a las familias; cuando se tiene a alguien tan lejos en una cárcel se hace urgente hacerle saber que no será olvidado. Se hace urgente unir, de nuevo, el hogar.

-Esta situación nos desintegró. Mi hermano era el que respondía por todo porque mi papá sufrió un accidente y no volvió a ser una persona normal. Johan se convirtió en el eje de la familia y ya no está. Mi mamá se fue a España a trabajar para ayudarlo. Tenemos la esperanza de que vuelva. Le hemos dicho al gobierno que, incluso, pagamos la repatriación. Pero ni así. No nos han escuchado. Y hay gente que está en China condenada a una pena absurda simplemente porque cometió un error, o porque la obligaron a viajar amenazada. Pero son buenas personas. No han matado a nadie, no han violado, no se han robado al país como tantos corruptos que andan libres. No todos son narcos. Ellos cometieron un error y están pagando un costo demasiado alto. Queremos que lo paguen acá, pero con el apoyo de sus familias.

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Desde una cárcel de Beijing, Guillermo Alberto Álvarez habla con Diana.

“Estoy en la que debe ser la peor cárcel del mundo. No hay compasión por los derechos humanos. Los policías no saben nuestro idioma, y nos tratan de una manera ortodoxa. Yo le pido a las autoridades colombianas que nos ayuden a que nos repatríen, ya que de mi parte no soy ningún criminal, no he matado a nadie, fueron las circunstancias de la falta de recursos y de oportunidades que me obligaron a venir acá. Yo hago morir a la gente, pero de la risa. Soy un comediante. No soy un asesino para que el gobierno me ‘desproteja’ como hasta ahora lo ha hecho. El gobierno colombiano no quiere ayudarnos. Le pido a toda la ciudadanía que se apersone de esta situación y por favor nos regresen pronto a nuestro país para vernos con nuestras familias y vivir los últimos años de vida, pues me considero muy viejo. Tengo 56 años. Dios los bendiga”.

La llamada dura 2 minutos, 13 segundos.

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