alberto silva

El Dorado

Un indígena en Quito le manifestó a Sebastián de Belalcázar que al norte existía tanto oro que un cacique se embadurnaba todo su cuerpo con polvo de ese metal y luego se lo lavaba en una laguna. Comenzó así la desenfrenada búsqueda de El Dorado, región donde se efectuaba aquel ritual. Avanzó entonces, aguas abajo por la cuenca del río Cauca y gastó el resto de sus días buscándolo sin encontrarlo. Sin darse cuenta, siempre estuvo parado encima de él. Había llegado al occidente colombiano y su biodiversidad.

Algo parecido les pasó a los caleños quienes cincuenta años después de Belalcázar, cruzaron el río Cauca para ir a colonizar la otra banda; entraron a sus selvas y comenzaron a develar más riquezas. A su paso habían conocido los cacicazgos de Petecuy, Yumbo, Dapa, el de los Gorrones y algunos más. Ahora se enfrentarían a los bolos, bugas y augíes. Después a yotocos, quimbayas y pijaos. Esperaban encontrar indígenas de tribus belicosas con quienes reñir pero a cambio hallaron grupos tribales nobles y sumisos, protegidos sólo con armas primitivas las cuales nunca pudieron medirse a las españolas. Situación que los españoles y criollos aprovecharon para en sus informes a los monarcas, contarles de batallas que nunca se dieron o hazañas que no ocurrieron, porque los aborígenes podrían ser de todo, menos pendejos. Jamás 128 conquistadores se enfrentaron en batalla, contra diez mil indígenas, como rezan algunas de sus crónicas.

En los primeros trescientos años de su llegada, los conquistadores pasaron cientos de veces por encima de cementerios indígenas milenarios sin detectarlos como fue el caso del actual Quindío, donde tres y medio siglos después de haber pasado por ahí Jorge Robledo con su gente, se descubrieron decenas de riquísimos cementerios quimbayas entre 1865 y 1914. Allí se efectuaron los más grandes saqueos y profanaciones de tumbas de nuestros ancestros aborígenes de que se tenga noticia.

Recientemente igual caso de vulgar profanación y saqueo ocurrió también en el sitio de Malagana, en el municipio de Palmira en 1993, donde el arado de un tractor destapó del subsuelo un valioso cementerio indígena, por encima del cual durante siglos pasaron sin saberlo, el conquistador Francisco de Cieza, teniente de Belalcázar y primer español en pisar suelo palmirano, además de generaciones de conquistadores, colonos, libertadores y empresarios modernos quienes tampoco lo habían detectado.

En el primer siglo los criollos caleños avanzaron hacia el Oriente tras de mejores tierras; abrieron pequeños llanos de pastos y cultivos en terrenos que con el correr de los siglos, convirtieron en llanos más grandes, hasta darle a su conjunto, el apelativo de Llanogrande, hoy Palmira. Domesticaron lentamente la planicie vallecaucana y los andenes, vegas y laderas del río, acompañados con el derribo de los bosques y el nacimiento de nuevos pueblos. Practicaron el trueque de productos nativos con la ‘técnica’ de compra-venta en especie, donde la Plaza de Mercado era el gran río, y los puestos de venta eran las balsas de guadua, y las rústicas canoas de cedro en que navegaban.

Arribaban a sus orillas luciendo racimos de chontaduros maduros y frutas ancestrales como lulos, zapotes, nísperos, mamoncillos, cacao, caimos, chirimoyas, mameyes, badeas, maíz, fríjoles, piñuelas, piñas, aguacates, tomates y los tubérculos de linaje como papa, yuca, arracacha, además de las jarcias de bocachicos, sabaletas, pisingos, iguazas y zarcetas atrapados en sus madreviejas.

Siglos más tarde llegarían de otros continentes: naranjas, limones, arroz, el café, los mangos, los bananos y el inefable plátano de extraordinario papel en la gastronomía colombiana, mientras esperaba su turno el Galeón de Manila, que desde el año 1600 comenzaría a traer de las Filipinas vía Acapulco - Buenaventura, los condimentos y especias para la cocina del eje colonial del río Cauca.

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