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La historia colombiana se ha sesgado siempre hacia el acontecer sabanero y poco, muy poco sobre el vallecaucano con su rico protagonismo en la vida de la nación. De ahí la importancia de revaluarla.

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Marzo 21, 2017 - 11:55 p.m. Por: Alberto Silva

Los primeros conquistadores españoles que entraron por Pasto para descubrir al valle geográfico del río Cauca y fundar a Santiago de Cali, y los que comenzaron a llegar después por Buenaventura para establecerse en el Valle, no se dieron cuenta que junto a los que entraron por Santa Marta para fundar a Santafé de Bogotá, se convertían en pioneros de nuestro país.

La historia colombiana se ha sesgado siempre hacia el acontecer sabanero y poco, muy poco sobre el vallecaucano con su rico protagonismo en la vida de la nación. De ahí la importancia de revaluarla.

En el primer siglo de la Conquista, los caleños ya caminaban por los senderos del indio hasta algunos rancheríos donde en el futuro fundarían el rosario de poblaciones de la banda oriental del río Cauca. La primera gran sorpresa les llegó al conocer que gran parte del terreno que pisaban era inundable, y por tanto los rudimentarios zapatos hechos con pieles de las pocas reses que sacrificaban en el matadero de Cali en aquella época, les duraban un suspiro. Rápidamente se dieron cuenta que el valle geográfico se anegaba persistentemente. Pero les faltaban tres siglos más para saber que la planicie tenía 426 mil hectáreas y solo 131 mil de ellas eran las que se inundaban cumplidamente dos veces por año.

Tampoco sabían que la planicie era el sedimento de un gran lago, el Caucayaco formado 40 millones de años atrás, el cual en épocas geológicas buscó salida hacia el norte cerca de Sopinga (La Virginia) para entregar sus aguas al río Yuma hoy Magdalena, en el brazo de Loba. El lago comenzó a secarse y el río Cauca quedó como el último drenaje de ese gran espejo de agua. Así lo vieron los españoles. Frente a ellos estaba ahora la espléndida selva de la planicie vallecaucana.

Los conquistadores no encontraron al valle geográfico cubierto con llanos ni sabanas naturales como sí los hallaron en los Llanos Orientales y las Sabanas del Cesar. La planicie vallecaucana en cambio, estaba cubierta con espesa selva de pocos espacios abiertos o claros de monte, ocupados por los rancheríos indígenas de 60 cacicazgos con su población cercana ya a la extinción por el ataque de enfermedades infectocontagiosas portadas por los europeos. Fue entonces cuando los pobladores vallecaucanos de ese momento comenzaron a cambiar su vocación de buscadores de oro, por el de la agricultura, actividad practicada por los naturales de la región desde milenios atrás y por el de la ganadería, vocación de franco origen español.

Los aborígenes cultivaban el maíz miles de años antes de la llegada de los europeos. El arqueólogo Carlos Armando Rodríguez encontró polen de maíz en los hallazgos arqueológicos de la Hacienda El Dorado en la región Calima, cuyo cultivo data del año 4730 antes de Cristo. Los indígenas les enseñaron a los conquistadores sus sistemas rudimentarios de siembra y estos comenzaron entonces el derribo de la selva para establecer mejoras y espacios para su cultivo y la siembra de pastos para ganadería.

Un día de algún año, en cualquier sitio de la ‘Otra banda’ del río Cauca, algún criollo vallecaucano con hacha en mano, se cuadró frente a un enorme árbol milenario. Lo miró de arriba abajo y le lanzó el primer hachazo para iniciar un proceso idéntico al practicado por los europeos, asiáticos y africanos durante siglos y siglos para despojar de cobertura boscosa a sus continentes e iniciar la hecatombe. En ambas épocas, los términos biodiversidad y desarrollo sostenible no se conocían. Aquí tardamos todavía en entenderlos y aplicarlos a pesar de que han pasado más de 480 años de haberse escuchado el retumbar de aquel primer golpe de hacha por estas vegas.

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