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Nuestro pesimismo

Marzo 21, 2017 - 11:55 p.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Hace unos días recibí una llamada de una periodista de El País para pedir mi opinión sobre una reciente encuesta nacional que señalaba que el 73% de los colombianos consideraba que las cosas estaban empeorando, contra un escaso 16% que era optimista. La persona que me llamó quería que yo identificara algún motivo circunstancial y concreto que permitiera explicar tanto desconcierto, por ejemplo, una precaria comunicación del gobierno central sobre los avances logrados. Pero, para su sorpresa, mi opinión se orientó en un sentido diferente: el pesimismo de los colombianos no depende tanto de circunstancias particulares del momento sino que hace parte de una idiosincrasia nacional de la que difícilmente podemos escapar; más que una respuesta a una situación coyuntural es una característica estructural de lo que somos.

La imposibilidad que tenemos los colombianos de pensar el futuro con optimismo, o de imaginar que las cosas pueden cambiar para bien, es infinita. Observar en la Tv. el hecho insólito de unos guerrilleros marchando hacia unas zonas de concentración, dispuestos a hacer entrega progresiva de las armas en las próximas semanas, ya sería motivo suficiente para que tuviéramos una actitud positiva frente al futuro inmediato. Un país sin Farc, aún pagando un costo en términos de justicia, es la realización de un sueño. Pero aún hay gente que está buscando la manera de echar para atrás un proceso que, de ser exitoso, podría marcar un derrotero muy esperanzador en la vida colombiana. Y las imágenes de la Tv. no producen emoción en la gente.

Estoy preparando un libro con una larga entrevista con el profesor francés Daniel Pécaut y me ha sorprendido la comparación que él establece entre Brasil y Colombia a este respecto. Mientras allá existe una idea de progreso y una lectura del presente desde la perspectiva del futuro aquí, por el contrario, desciframos el presente con referencia a un pasado definido por una secuencia de catástrofes y de tragedias, como matriz fundadora de la historia posterior: guerras civiles, grandes magnicidios (el general Uribe, Gaitán, Galán y tantos otros), pérdidas (Panamá), desastres naturales o períodos de violencia. Por eso tienen tanto mercado libros cuyo título comienza con la frase “en qué momento se jodió...” (Colombia, Medellín o lo que sea). El fracaso para nosotros funciona como una profecía autocumplida.

Orlando Fals Borda, el paterfamilias de la sociología colombiana, escribía en el prólogo a un libro clásico, que “por períodos sucesivos, la violencia y el terror vuelven a levantar su horrible cabeza enmarañada de medusa, como copia casi fiel de lo ocurrido antes”; es decir, estamos condenados a la eterna repetición de lo mismo, a la irrupción de tiempo en tiempo de los mismos hechos de violencia. Vemos así que el fatalismo no es solo propio de las gentes sin cultura, sino también de los grandes intelectuales. Imaginar un país sin violencia es prácticamente imposible para muchas personas.

Cien años de soledad, nuestra epopeya nacional, es un relato de la desesperanza. Todo estaba consignado en unos pergaminos donde se describía con detalles la historia de la familia de los Buendía con cien años de anticipación y donde estaba previsto que Macondo “sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres”, en el momento en que Aureliano Babilonia acabara de descifrarlos. La fatalidad ya estaba inscrita en los orígenes incestuosos de una estirpe, que no tenía por ello “una segunda oportunidad sobre la tierra”. Eso somos.

Y de esta actitud proviene probablemente el carácter inmensamente conservador de este país que le teme al cambio, a la novedad, al futuro; y prefiere “lo malo conocido a lo bueno por conocer”, porque carecemos de categorías mentales para pensar el mañana con optimismo. Por eso no me sorprendieron los resultados de esas encuestas.

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