alejandro éder

Corregir la historia

Érase una vez no hace mucho tiempo, desmovilizamos en Colombia a miles de integrantes de un todopoderoso grupo armado. Difícil menester éste en un país donde el monocultivo de la coca reina en las zonas lejanas donde dichos ilegales hacían de las suyas. Difícil además porque estos personajes se sentían amos y señores de sus dominios, manejando miles de personas en armas, reclutando forzosamente menores de edad, ennoviándose con niñas adolescentes y atendiendo un desfile sin fin de mafiosos extranjeros para venderles coca, oro y demás. Pero un día, la hora les llegó porque los colombianos de bien decidimos dar la pelea.

En vista de lo difícil que la tenían estos ilegales, sus jefes decidieron negociar su vuelta a la legalidad. Lo hicieron con la arrogancia que caracteriza a los amos de la guerra ricos que se ven en lugares tan diversos como Colombia, Liberia o Afganistán. Por un lado, negociaron condiciones generosas que tenían como fin su tránsito de la criminalidad hacia la legalidad por el bien de la sociedad. Pero por el otro, negociaron de manera enredadora para preservar algo de su poder haciendo promesas falsas de entregar todos sus bienes, diseñando procesos de reintegración colectiva para mantener intactas sus estructuras y minimizando lunares como la presencia de menores en sus filas desapareciéndolos antes de entregarlos.

Cuando iniciaron su camino hacia los sitios donde entregarían sus armas, estos comandantes hicieron que las comunidades de las zonas que por décadas oprimieron los despidieran como héroes. Recién salidos se reunían a menudo con delegados presidenciales y hasta internacionales velando por la consolidación de la paz. Participaban en actos de perdón y contribuían tímidamente a la verdad. Pero mientras de puertas hacia afuera el cambio hacia el bien parecía arraigarse, de puertas hacia adentro poco o nada cambió. Los bienes para la reparación llegaron incompletos; la totalidad de sus integrantes no salieron y bandas criminales surgieron; los niños y niñas para siempre se perdieron; y la coca y el oro ilegal fluyendo siguieron.

Sin embargo, con el tiempo y sin sus armas el castillo de naipes fue cayendo. Entendieron que en realidad nadie, ni siquiera sus bases, los querían. Vieron que, con instituciones gubernamentales fuertes y técnicas para construir la paz, sus hombres y admiradores siguieron sus vidas y la gran mayoría logró la legalidad. Vieron además que las autoridades no les quitaron el ojo de encima y uno por uno los que seguían delinquiendo terminaron en Estados Unidos. Hoy, nadie recuerda a estos ‘comandantes’ como ellos querían ser recordados y Colombia a pesar de todo siguió avanzando. Eso sí, los niños y niñas de sus filas nunca aparecieron.

Esta historia que suena tan coyuntural ocurrió hace más de una década con el fin de las AUC. Tristemente pareciera que hoy estamos reviviendo con el fin de las Farc muchas cosas que se han podido evitar aprendiendo del pasado. Los comandantes de las Farc deben entender que su desmovilización fue de todo lo ilegal, no sólo la rebelión. También que la paciencia se agota con que no cuenten la verdad ni entreguen sus bienes y además sigan delinquiendo. Del lado del gobierno, ya del próximo presidente, la lección es que estos procesos sólo sirven si son manejados técnicamente y sin politiquería, y manteniendo los ojos encima. Aún estamos a tiempo para corregir la historia.

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