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Navidad sin paz

Diciembre 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

El contrasentido es evidente. Buscábamos la paz y terminamos como una nación fracturada hasta los tuétanos. Las familias están divididas y los amigos distanciados; los grupos de chat en crisis, destrozados por la intemperancia. Amigos de la paz contra enemigos; santistas contra uribistas. La polarización crece día a día. Este es apenas el comienzo de lo que se nos viene encima con la campaña presidencial, el verdadero plebiscito sobre la vigencia de los acuerdos.Los responsables principales de la confrontación son por igual Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe. En sus ‘parches’ convergen áulicos interesados y calandracos mediocres; politiqueros abusivos; magistrados venales; congresistas mermeladeros; funcionarios y ex funcionarios corruptos, individuos rapaces interesados en saquear el patrimonio público. El común denominador de estas comparsas es la indiferencia frente a los reales intereses colectivos. Santos, Uribe y sus combos son lo suficientemente ciegos para no ver que en medio de las peloteras, las recriminaciones y la palabrería vacía, la democracia Colombiana está quemando sus últimos cartuchos, avanza imparable hacia el despeñadero. La causa de todo hay que buscarla en el hecho de que Santos y Uribe son primordialmente animales políticos perdidos en el mundo de sus vanidades y sus egos. Ellos no se dan cuenta, o no quieren entender, que la mayoría de los colombianos están mamados de la politiquería tradicional. De unos partidos que por momentos parecen actuar como asociaciones para delinquir apropiándose de los recursos de la salud, la educación, la alimentación infantil, la infraestructura vial, los acueductos, los alcantarillados. Y claro, poniendo más muertos que todas las bandas insurgentes en su conjunto. La fiesta de los partidos tradicionales jamás termina. Siempre tienen al alcance el recurso de otra ‘reforma tributaria integral’, para financiar el derroche y las corruptelas.Son los ciudadanos de Colombia los que no cuentan ni para Santos y ni para Uribe. Por eso al otro día de perder el plebiscito Santos llamó a negociar a Uribe en la ilusión vana de llevarlo a su abrevadero. Uribe por su parte aceptó muy orondo, y el intercambio quedó restringido a unas pocas fuerzas. El asunto fue un gran irrespeto porque el triunfo del No se había nutrido también de los electores independientes y de sectores de opinión que nunca fueron convocados por el Presidente. Lo anterior sin mencionar a los abstencionistas, quienes representan la mayor de todas las caudas. Ellos son la población asqueada tanto de las marrullas de Santos para inducir al Sí, como de las campañas de pánico basadas en el fantasma castro-chavista que lanzó el uribismo.Hablando coloquialmente de animales, podría decirse que Uribe y Santos son caimanes del mismo charco, y al parecer quieren que sigamos revolcándonos en las miserias de una vida pública pugnas, ineficaz, deshonesta. Dependerá de la sociedad civil siempre mirada con recelo por aquellos personajes decir basta, e imponer una nueva manera de hacer política. No me hago ilusiones con la implementación del Acuerdo Final, pero tengo en Sergio Jaramillo una razón para la esperanza. Él sabe que estas cosas deben cambiar, y de pronto puede meter en el fast trak una ley que confiera justo protagonismo a los movimientos renovadores de estirpe ciudadana. Sigue en Twitter @antonderoux

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