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Flores muertas

Marzo 06, 2017 - 11:00 p.m. Por: Aura Lucía Mera

En la antigüedad, la antigua antigüedad, todavía no se había descubierto el hielo, ni las neveras, ni mucho menos las cámaras frías o los ‘arreglos’ que les hacen a los muertos antes de ponerlos en sus respectivos cajones, llevarlos a las funerarias y casas de velación para que los deudos puedan acompañarlos, acercarse, abrir la ventanita y mirarlos con ternura, nostalgia, tristeza y despedirse hasta la eternidad.

En la antigüedad, repito, se exponían los cuerpos al aire libre dos, tres días, a pleno sol, y para que los hedores no espantaran a familiares y amigos los cubrían de flores y quemaban incienso a lo que da el tejo. Solo así podían acompañarlos antes de enterrarlos o prender la pira. Si el ‘finado’ habitaba en montañas heladas lo dejaban en medio de la nieve para que sus restos fueran alimento de aves.

Pasaron los años, los siglos, se inventaron las morgues y sus camillas frías, se empezaron a embalsamar los cuerpos, a maquillar las facciones, a diseñar ataúdes o ‘cofres’ tapizados en terciopelo, sedas, rasos, fabricados con las maderas más finas, para todos los gustos y todos los bolsillos.

La muerte se convirtió en el negocio más lucrativo del universo. No tiene perdida, no hay riesgo de fracasar, todo el mundo se muere. Las funerarias, casas de velación, se pelean por tener sus sedes al frente de clínicas y hospitales.

Vuelvo a las flores. Patético entrar a una sala de velación y estrellarse contra una montonera de coronas gigantescas de ramos que pueden medir más de un metro de largo: rosas, crisantemos, lirios, claveles... Los familiares y amigos se empujan, se tropiezan, no caben en el recinto, imposible acercarse al ataúd a posar la mano suavemente en la tapa para el adiós. No queda otra opción que deambular por los corredores, sentarse en una mesa a tomar café, hablar bobadas con los otros asistentes o salirse a la calle y fumarse un cigarrillo y esperar pacientemente para con suerte lograr divisar a uno de los deudos y darle un abrazo a la carrera, antes de que lo metan en el coche fúnebre con todas las coronas redondas y los ramos.

El amigo se va. La tierra o el fuego lo esperan, todos los adornos florales quedan abandonados, desperdigados, nadie sabe qué hacer con ellos. A ningún familiar en sus cabales se le ocurriría llevarse un redondel de esos a su casa.

Yo tengo la costumbre de arrancar una rosa de esas coronas gigantes para mi casa y cuidarla hasta que sus pétalos se conviertan en pergamino ajado. Ya tengo muchas en un lugar especial. Es mi manera de tenerlos cerca.

Pienso en ese dinero invertido en ‘flores muertas’. Flores momentáneas que nadie desea. Flores de relumbrón y cintas doradas que sirven más para aumentar el ego del oferente que para acompañar al difunto.
Pienso y creo que ese dinero podría llegar a una Fundación. Ayudar a sembrar árboles. A algún ancianato abandonado de la mano de Dios. A tantos destinos. A tantos necesitados.

Ya los difuntos no necesitan pétalos. Son los vivos quienes necesitan esas donaciones. ¿No será mejor olvidarse ya de tanto floripondio y destinar esos miles de pesos a otras causas?

PD. Aclaro que me encantan las flores, ¡pero no en las funerarias! Huelen mal. No consuelan. Están muertas. ¡Las flores son para adornar las celebraciones! ¡Día de los enamorados! ¡Vida. Alegría. Amor! Invito a los verdaderos amigos que quieran acompañar a un ser querido que ya partió y elevó su energía y su ser a otras dimensiones a recordarlo en una obra que ayude a otros seres o a conservar la naturaleza.

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