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Visiones

Mayo 18, 2017 - 11:55 p.m. Por: Carlos Jiménez

El otro día, Gustavo Álvarez Gardeazábal propuso en su columna digital El Jodario que Puerto Rico se uniera a Colombia que, en contraprestación, se haría cargo de la deuda pública que pesa como una lápida sobre la economía de la isla, pignorando los beneficios que espera recibir de los ingentes depósitos de gas recién descubiertos en las afueras de la bahía de Cartagena. Una propuesta que ciertamente llena de alegría a todos los que amamos la música puertorriqueña, tan próxima, tan entrañable para nosotros como lo es la música cubana. Nuestro océano es el Pacífico pero nuestro oído y nuestro corazón están en el Caribe. La realización de esta propuesta, que de alguna manera sería la compensación simbólica por la pérdida de Panamá y de la Costa de los Mosquitos, tiene muy pocos visos de llevarse a cabo. Y no sólo por lo sorprendente o inconveniente que puede resultarles a los portorriqueños la idea de unirse a nosotros, que somos sin embargo, sus rendidos admiradores, sino por la mentalidad que domina desde siempre a nuestros gobernantes. Habituados a no ver más allá de sus narices y pensar siempre en pequeño, en los términos de la letra menuda de los decretos y las modestas cuentas del tendero, son víctimas además de un provincianismo aparentemente irremediable, que los que están apoltronados en Bogotá pretenden ocultar tras unos fatuos aires de grandeza metropolitana que no se corresponde para nada con la cruda realidad de sus actitudes y conductas pueblerinas.

De allí que les queden grandes las demandas y las exigencias de un país que ya sobrepasó los 40 millones de habitantes y rico en recursos y posibilidades, que lo que está pidiendo a gritos es contar con auténticos líderes políticos, capaces de pensar y de soñar en grande para resolver sus problemas, que también son muy grandes. Políticos iluminados con visiones como la que ha tenido en esta oportunidad Álvarez Gardeazábal, que tienen la virtud de impactaren la imaginación popular hasta el punto de entusiasmar y movilizar a un pueblo entero en pos de metas que debido a su magnitud e importancia sólo pueden alcanzarse con el concurso de todos y de todas.

Y desde luego con la ruptura de ese régimen de jíbaros, de ese régimen del empequeñecimiento deliberado de ambiciones, deseos y proyectos en el que nuestra actual clase política se siente tan cómoda, a pesar de lo que supone de dispersión y desperdicio infame de las energías populares.

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