carlos mejia gomez

Un año más, otro menos

Emociones. Siempre recuerdo que somos, ante todo, emociones. Razón sólo en un 10%. ¿Cuáles emociones? Hay muchas clasificaciones. La que más aprecio es la siguiente: amor, odio (rabia), alegría, tristeza y miedo. A veces nos llegan juntas como cuando muere un ser querido. Otras veces nos aparecen aisladamente. Ante grandes eventos como unas elecciones presidenciales también se acumulan. Amor (o afecto) hacia nuestro propio candidato. Odio y rabia hacia los que detestamos. Alegría ante el triunfo del preferido. Tristeza si pierde el propio. Miedo ante la incertidumbre. No recuerdo haber estado tan incierto ante unas elecciones. Y, por ello, tan asustado. En el pasado uno dudaba entre Juan y Pedro o máximo entre Luis, Juan y Pedro. Funcionaba mucho la razón, el cálculo, las encuestas, la información, los antecedentes, el partido. Hoy, sin partidos, sin grandes liderazgos, se mueven mucho más las emociones: me gusta mucho, poquito, nada. En mi caso, me gusta mucho Iván Duque, y me gustan Martha Lucía Ramírez, Vargas Lleras y Sergio Fajardo. Tolero a De la Calle y a Clara López. Pero nada de nada Petro o ‘Timochenko’. Los demás, ¿existen?

Un año menos. ¡Qué año este 2017! En él se vivieron sensaciones como la oscuridad, el caos, el fracaso, el declinamiento, la inseguridad, la inestabilidad, incluso el odio. Por eso todos deseamos para el 2018 y para todos, como siempre que nace un nuevo año luz, salud, empleo, seguridad, éxito, prosperidad, paz y rayos de felicidad.

Si observamos la campaña electoral hay algo que se repite casi siempre. Todos hacen, desean, ofrecen y predicen lo mismo: crecimiento, desarrollo, equidad, salud, educación, incluso felicidad. Tampoco varía mucho la manera como lograrán el Nirvana. Me puse en la tarea de comparar las propuestas y augurios de diversas campañas. Y se observa que esta historia se repite aquí y en el mundo entero. Por ejemplo, pronto escucharemos al propio Maduro ofreciendo el oro y el moro. La gloria, pues, está en cada campaña aunque nadie crea ahora en ninguno de los cielos que les pintan.

Soñemos. Nunca me ha gustado ningún extremo. Tampoco creo en la derecha o la izquierda ni sé definir qué es el centro. ¿Dónde comienza un lado y termina el otro? En el pasado se decía que los conservadores estábamos a la derecha y que los liberales se ubicaban a la izquierda. Pero luego las dos colectividades se decían de centro. Es decir, se confundieron. Y, por último, desaparecieron primero ideológicamente y luego en materia política y electoral. El liberalismo decidió escindirse en varias facciones que se han denominado la U, Cambio Radical y el liberalismo como tal. Pero hoy nadie sabe qué es qué ni quién es quién. De los conservadores ni hablar. Unos están en el gobierno y son más oficialistas que ninguno otro. Otros hacen la mayoría parlamentaria gobiernista. En el Directorio Nacional hay de todos los matices. Algunos son oposición pura como ocurre con el expresidente Pastrana. Y unos son indefinibles como le ocurre a Martha Lucía Ramírez quien está más del lado del Centro Democrático. Y aparece el ala de Alejandro Ordóñez de cuya misteriosa y religiosa ubicación nadie entiende.

Soñemos en que se haga claridad política de alguna manera y en alguna parte.

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