claudia blum

Sin cultura política no hay futuro

Llegan las elecciones del Congreso y el sentir frecuente es que el abanico de candidatos competentes e íntegros para escoger es limitado, razón por la que no tendremos los mejores dirigentes para gobernar. A lo largo de mi vida profesional esa ha sido una constante y los buenos son la excepción. Lo grave es que al prever que la mayoría de los elegidos serán los mismos y el cambio minúsculo, los jóvenes creen que de nada sirve votar. Para ellos y la sociedad en general, ‘política’ es sinónimo de corrupción y de politiquería y muchos tienden a dar la espalda al servicio público.

Preocupa la apatía reinante pero abstenerse es menospreciar la democracia. Cuando las ramas del poder público, sustento del Estado, han llegado al actual desprestigio es porque tocamos fondo y para menguar los vicios que las tienen infestadas es compromiso de todos elegir personas preparadas y honestas que no se dejen llevar por los cantos de sirena al despilfarro económico, la burocracia y el clientelismo.
Muchos corruptos tienen cupos asegurados por sus maquinarias diseñadas para engañar al votante; pero sería un error craso renunciar a votar y a abrir nuevos espacios a quienes sí quieren llegar al Estado a trabajar por el país y no a abusar de los bienes públicos.

Inhibirse es renunciar al cambio. Si queremos salir a flote debemos dimensionar el alcance de nuestra participación. Un voto bien encaminado hace la diferencia para comenzar a sacar a Colombia del ostracismo y el desánimo; y para construir un país en el que quepamos todos como sociedad pluralista. Votar a conciencia es parte del aprendizaje fundamental que genera identidad propia como sociedad.

De la ínfima baraja de ‘presentables’ es menester escoger acertadamente y tener claro que lo que se discute en el Congreso afecta la vida de todos. Entidad donde debemos estar representados. Hay que examinar el perfil del escogido; conocer su experiencia e ideología; verificar si sus propuestas consultan el bien común; examinar su filosofía de vida y el ambiente en que se mueve en sus quehaceres diarios. Y ante todo, buscar transparencia, característica casi en extinción.

Si queremos un cambio en el país se necesitan más jóvenes pulcros y cualificados que actúen en lo público, como electores y como candidatos. Esto no se logra de la noche a la mañana y es urgente trabajar desde ya para formar ciudadanos con sólida cultura política. Educar jóvenes con pensamiento crítico, participativos, que se valoren a sí mismos y a su comunidad, capaces de ponerse en los zapatos del otro, y que ejerciten sus deberes y derechos mientras buscan su felicidad. Esa cultura ciudadana se aprende desde los primeros años: los principios, creencias, comportamientos y virtudes enraizados desde el hogar y tonificados en el colegio ayudan a edificar y custodiar la democracia. Son, en el fondo, los valores de la educación cívica que se practicaba desde la Grecia Antigua, en tiempos de Platón.

El 11 de marzo, empecemos a practicar frente a la urna el poco civismo que nos queda y en ese momento íntimo examinemos los valores que nos hacen singulares. Si los votantes conscientes del significado del sufragio elegimos los mejores y exigimos resultados, en el largo plazo la práctica de la política volverá a convocar a la sociedad y a tener como norte el bienestar común de la gente y la administración de la polis, esencia del servicio estatal.

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