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¿Un país de ingratos?

Marzo 03, 2017 - 05:30 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Lo primero que se concluye de la más reciente medición de la encuesta bimestral de Gallup es que a los colombianos no hay quién nos entienda.

Y es que la encuesta tiene varios resultados contradictorios. Por ejemplo, la mayoría de los consultados se muestra bastante desencantada con los acuerdos de paz con las Farc. Pero a la hora de medir la favorabilidad de los personajes públicos al que mejor le va es a Humberto de la Calle, el gran gestor de esos acuerdos.

Mejor dicho a la gente no le gusta lo que se firmó con las Farc, pero adora a quien promovió esa firma (¿¿??)

También desconcierta que una clara mayoría del 62% cree que las Farc no van a cumplir lo pactado en los acuerdos, pero esa guerrilla obtiene la mejor imagen favorable de su historia.

Y al flamante Nobel de la paz, que, gracias a su tozudez, tiene concentrados y a punto de dejar las armas a los 7.000 integrantes de las Farc, prácticamente ocho de cada diez colombianos le desaprueba su labor de gobierno. Esa ingratitud no se debe entender muy bien allende nuestras fronteras donde Juan Manuel Santos es apreciado como un paladín de la paz.

A la llamada comunidad internacional también debe resultarle difícil entender que a pesar de que Colombia está en vías de poner fin al mayor problema que la ha aquejado en último siglo, el conflicto interno, siete de cada diez colombianos crean, según Gallup, que las cosas en el país van mal.

Pero estas contradicciones tienen su explicación. Primero, los colombianos, como buenos latinos, somos muy volubles y cambiamos de estada de ánimo con facilidad.

Y segundo, en las grandes ciudades, que es donde se aplican estas encuestas, el tema del conflicto hace rato pasó a segundo plano sepultado por los agobios diarios que deben padecer los ciudadanos. Como la inseguridad callejera y las penurias económicas.

Al repasar la encuesta con más detenimiento se encuentra que el 85% de los consultados considera que la inseguridad se ha agravado. Y a los citadinos, no nos digamos mentiras, les preocupa más que le roben el celular que las Farc entreguen sus armas.

Que el tema de la corrupción sea considerado el mayor problema del país tampoco es casual. Y no es que nos hayamos convertido en los adalides de la moral pública.

Lo que tiene indignados a los colombianos es que el escándalo por los sobornos de la firma brasileña Odebrecht, que salpicó a los dos principales campañas que participaron en las eleciones del 2014, se haya producido al mismo tiempo que el gobierno promulgó una reforma tributaria que golpea los bolsillos de todos por la subida en tres puntos del IVA.

“Cómo así que a los colombianos nos suben los impuestos porque la plata no alcanza para cubrir las necesidades del país y mientras tanto los políticos se roban ese plata que nos sacan”. Eso es lo que se pregunta el ciudadano del común.

Y no le falta razón. Si los pícaros que saquean este país, a todo nivel y en todas sus regiones, llevaran la corrupción a sus justas proporciones, nos ahorraríamos $50 billones al año. Con lo cual, nos evitaríamos las reformas tributarias pasadas y las futuras.

No es que los colombianos seamos desagradecidos. Lo que pasa, simplemente, es que estamos sintiendo que nos están metiendo la mano al bolsillo.

Eso a nadie le gusta. Y no hay proceso de paz que mitigue esa furia.

Sigue en Twitter @dimartillo

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