francisco josé lloreda mera

El dilema

Una mezcla de indignación y desconcierto recorre la geografía del país tras el atentado del ELN en Barranquilla, llevando a entusiastas y a contradictores del diálogo con ese grupo a manifestarse; unos a reclamar sensatez de parte de esa guerrilla y otros, mano dura. Más allá de la decisión del Gobierno de suspender -quien sabe hasta cuándo- las conversaciones en Ecuador, vale la pena tratar de entender lo que está sucediendo.

Por el lado del ELN, desde el momento en que concluyó el cese al fuego pactado, no ha hecho más que realizar actos terroristas y asesinar colombianos, al tiempo en que avanza, con avidez, en la disputa con disidencias de las Farc y estructuras criminales, por el control de la coca y la minería ilegal, ocupando territorios que controlaban las Farc y que el Estado pese a estar advertido de que esto ocurriría no ha logrado llenar.

Por el lado del Gobierno coincidió la suspensión del cese al fuego con el cambio en la jefatura y el equipo negociador, y sus generosas expresiones a favor de la reanudación del diálogo y de otro cese al fuego han sido respondidas con violencia y provocación. El último, el atentado a la estación de Policía que provocó cinco muertos y 41 heridos, generó tal repudio que dejó al Presidente sin opción a la de suspender el diálogo.

El proceder del ELN no debe sorprender. Actúa bajo la lógica de la demostración de fuerza como medio para lograr otro cese al fuego, lo único que pareciera interesarles. Una estrategia equivocada a los ojos de la mayoría de colombianos pero acertada para esa guerrilla pues ve que le funcionó a las Farc y les ha funcionado a ellos, dado que están convencidos que tarde o temprano el Gobierno volverá a la mesa de negociación.

El Gobierno está entonces en una encrucijada. La experiencia de otros procesos de paz le aconseja contar hasta diez antes de tirar la toalla, más cuando desea genuinamente lograr un acuerdo con el ELN o al menos dejar una dinámica andando acompañada de un cese al fuego. Mientras tanto, la opinión se radicaliza en medio del debate político, lo que lleva al Gobierno a intensificar las acciones militares, para mostrar resultados.

Pero más allá de esta nueva coyuntura de tire y afloje con el ELN, el tema de fondo es que el proceso con ese grupo está empantanado y no de ahora. Lo primero porque el ELN no pareciera tener un interés real en la paz, al menos no con el actual gobierno; su estrategia de control territorial es diciente y delicada. Y de querer la paz, aspiran a un proceso exclusivo con ellos, con bombos y platillos. Como sucedió con las Farc.

Y está empantanado, además, porque esa guerrilla tiene muy bien leído al Gobierno y sabe que puede lastimar la implementación del acuerdo con las Farc, demostrándole al mundo que mientras no se negocie con ellos no habrá paz total. Sabe entonces, esa guerrilla, que la aspiración mínima del Gobierno es llegar a agosto con un cese al fuego y una mesa de negociación abierta y está cobrando esa factura, duro, por adelantado.

El dilema se resume en tratar de darle un manejo al ELN en lo que resta de periodo de gobierno para no dejar un país incendiado o combatirlo sin contemplación sabiendo que afectará el proceso de paz con las Farc y el epílogo del Gobierno. En medio, los colombianos, que no pierden la esperanza de que el ELN sea sensato y esperan que el Gobierno analice muy bien qué hacer y de retomar el diálogo, mida hasta donde ceder.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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