francisco jose lloreda mera

Jugando con fuego

El crecimiento de los cultivos de coca es una amenaza para la paz. Para el éxito de la desmovilización -y no reincidencia- de las Farc, para la negociación que se inicia con el ELN, y el futuro de la seguridad nacional. Negarlo, soslayarlo o escatimar esfuerzos en introducir correctivos, es jugar con fuego; olvidar de dónde venimos y la incidencia del narcotráfico en la violencia de los últimos treinta años y en el auge de la guerrilla.

Quince países de América Latina tuvieron guerrilla; treinta y tres grupos, para ser más exactos. La única que sobrevivió tras la caída de la Unión Soviética y la consecuente disminución de la financiación cubana, fue la guerrilla en Colombia. Con excepción de Sendero Luminoso -en Perú- que aguantó unos años más hasta ser desmantelado (su famoso líder, Abimael Guzmán, está preso hace 25 años y purga una cadena perpetua).

La razón por la cual en Colombia subsistieron y proliferaron grupos armados ilegales de diferente tenor, ha sido el narcotráfico; combustible de distintos tipos de violencia (la de los carteles, la de los paramilitares, y las organizaciones criminales de variada denominación). Y la guerrillera, que en su prontuario ha combinado distintos tipos de financiación; secuestros, narcotráfico, extorsión, y recientemente la minería criminal.

En 1980 las Farc contaba con 10 Frentes y 980 hombres en armas y el ELN con sólo 70 integrantes; veinte años después -año 2000- las Farc contaba con 63 Frentes y 16,500 hombres en armas y el ELN con 33 Frentes y 4.500 hombres armados. Veinte años que coinciden con un incremento vertiginoso en los cultivos ilícitos (distintos estudios señalan la correlación entre los cultivos y el número de frentes guerrilleros).

Lo anterior explica en parte por qué a las Farc y al ELN no les interesó un acuerdo de paz hace veinte años; tenían una capacidad militar robusta y creían poder alcanzar el poder por las armas. Lo anterior gracias a la injerencia creciente de esas guerrillas en el cultivo y comercialización de la coca; época en la cual llegó a representar el 50% de sus ingresos, cuando se señalaba que Colombia estaba cerca a ser un estado fallido.

Eso cambió principalmente gracias al Plan Colombia que al tiempo que contrarrestó el narcotráfico fortaleció a las Fuerzas Militares y de Policía, alterando la ecuación de la confrontación armada; las Farc pasaron a tener 7.000 hombres en armas y el ELN 1.200 (una reducción del 57% y 73% respectivamente comparado con el año 2000) y 17.000 guerrilleros se desmovilizaron gradualmente, antes del actual proceso de paz.

Ello ocurrió en parte debido a la disminución en los cultivos ilícitos. Entre 2001-2012 se pasó de 123.000 hectáreas a 48.000; una reducción del 60%. Desde entonces se ha incrementado hasta alcanzar 188.000 hectáreas en 2016. No pareciera una casualidad que los grupos disidentes de las Farc estén en zona cocalera y que el incremento del 37% en los cultivos en el último año coincida con la suspensión de la aspersión aérea.

Coca y paz no cuadran; metámonos eso en la cabeza. Si queremos un país sin violencia guerrillera o proveniente de cualquier grupo u organización armada ilegal, debemos romper con los cultivos de coca, a las buenas o a las malas. Este no es un tema de salud pública, ambiental o moral; es de seguridad nacional, que debe primar. Salvo que prefiramos seguir conviviendo con la violencia y ver difuminarse el sueño de la paz.

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