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Mía o de la muerte

Marzo 12, 2017 - 07:00 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

“Las llanuras empezaban a desaparecer, huyendo en sentido contrario a mi carrera, semejantes a mantos inmensos arrollados por el huracán. Los bosques que más cercanos creía, parecían alejarse cuando avanzaba hacia ellos. Sólo algún gemido del viento entre higuerones y chiminangos sombríos, el resuello fatigoso del caballo y el choque de sus cascos en los pedernales que chispeaban, interrumpían el silencio de la noche.”

“El Amaime baja crecido con las lluvias de la noche, y su estruendo me lo anunció mucho antes de que llegase yo a la orilla. A la luz de la luna, que atravesando los follajes de las riberas iba a platear las sombras, pude ver cuánto había aumentado su raudal. Pero no era posible esperar (…) Puse las espuelas en los ijares del caballo, que con orejas tendidas hacia el fondo del río y resoplando sordamente parecía calcular la impetuosidad de las aguas que se azotaban a sus pies: sumergido en ellas las manos, y como sobrecogido por un terror invencible, retrocedió veloz girando sobre las patas.”

“Le acaricié el cuello y las crines humedecidas y lo aguijoneé de nuevo para que se lanzase al río; entonces levantó las manos impacientado, pidiendo al mismo tiempo toda la rienda, que le abandoné, temeroso de haber errado el botadero de las crecientes. Él subió por la ribera unas veinte varas, tomando la ladera del peñasco; acercó la nariz a las espumas, y levantándola en seguida, se precipitó en la corriente.”

“El agua lo cubrió casi todo, llegándome hasta las rodillas. Las olas se encresparon poco después alrededor de mi cintura. Con una mano le palmeaba el cuello, única parte visible ya de su cuerpo, mientras con la otra trataba de hacerle describir más curva hacia arriba la línea de corte, porque de otro modo, perdida la parte baja de la ladera, era inaccesible por su altura y la fuerza de las aguas, que columpiaban guaduales desgajados.”

Eran las dos de la madrugada cuando después de atravesar la villa, Efraín desmontó a la puerta de la casa en que vivía el médico para llevarlo donde María. El doctor luego casi aseguraría que ella morirá joven, y que las emociones intensas, como el amor que se profesaban, era el responsable de la reaparición de los síntomas de la enfermedad.

“María amenazada de muerte; prometida así por recompensa a mi amor, mediante una ausencia terrible; prometida con la condición de amarla menos; yo obligado a moderar tan poderoso amor, amor adueñado para siempre de todo mi ser, so pena de verla desaparecer de la tierra como una de las beldades fugitivas de mis sueños, y teniendo que aparecer en adelante ingrato e insensible tal vez a sus ojos, sólo por una conducta que la necesidad y la razón me obligan a adoptar.”

“Mía o de la muerte, entre la muerte y yo, un paso más para acercarme a ella sería perderla; dejarla llorar en abandono era un suplicio superior a mis fuerzas.”

Ciento cincuenta años de María de Jorge Isaacs. De un amor posible cercenado por la vida, mezcla de realidad tozuda y sueños deleznables, y por testigo mudo la naturaleza exuberante y frágil dibujada sobre el viento, y que nos invita en la distancia triste del olvido a soñar y a luchar, a no darse por vencido. Testimonios y parajes que tallaron el alma de éste valle en que crecimos, que están ahí, y que siempre serán el paraíso.

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