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Octubre 10, 2017 - 11:30 p.m. Por: Gonzalo Gallo

Hace años un asceta vivía en un lugar apartado y se sustentaba con los frutos de la naturaleza y los peces que pescaba en un río cercano.

Vestía sólo un taparrabos y guardaba otro para cambiarse. Vivía con lo mínimo y se dedicaba de lleno a la oración y a contemplar las maravillas del Creador.

De vez en cuando recibía visitas de personas necesitadas que buscaban su consejo y le confiaban sus cuitas.
El hecho fue que un ratoncito acabó con el taparrabos de recambio y los amigos del santo hombre le regalaron un gato para espantar al intruso.

Pero el gato también necesitaba leche y entonces le regalaron una vaca. Ahora bien ¿cómo podía alimentarse la vaca si no había hierba?

Le obsequiaron, pues, un terreno y, en poco tiempo, el buen hombre no tenía tiempo para orar dedicado al cuidado de las tierras.

Además tenía que alimentar la vaca, darle leche al gato, espantar el ratón y proteger el taparrabo.

De asceta había pasado a terrateniente y los devotos decían que sus oraciones no tenían efecto. Y todo sucedió, en apariencia, por un simple taparrabos.

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