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Amarguras

Marzo 26, 2017 - 07:00 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Lo que está pasando con la imagen del presidente Santos debería ser objeto de juicioso estudio y análisis. De labios para afuera, Santos dice no estar preocupado. Desde su burbuja asegura que prefiere “el dictamen de la historia y no el de las encuestas”. Olvida el presidente Santos que las encuestas son una fotografía, y que muchas fotografías juntas dan elementos interesantes para entender el mundo. La historia también está hecha de lo que las encuestas reflejan.

Es el presidente que terminó la guerra, que firmó la paz con las Farc y le extendió la mano al ELN; el mismo que el mundo ovacionó cuando recibió el Nobel de Paz, el premio más prestigioso de la historia (de la historia, ojo, no de las encuestas). Ese que cae en todas y cada una de las mediciones de imagen que se hacen. O el país es muy mal agradecido o los sondeos de popularidad no le hacen justicia, diría un observador extranjero.

La más reciente medición de Cifras & Conceptos incluye una nueva y preocupante dimensión de la cresta negativa del presidente Santos. Aparte del 67 por ciento de imagen desfavorable (de por sí demoledor), por primera vez los motivos de ese desastre en imagen encuentran sus raíces en la ilicitud.

Desde que el presidente es presidente, el gobierno ha insistido en que el problema es no saber comunicar. Que la administración es efectiva, pero que por alguna extraña razón los mensajes no llegan a la gente. La encuesta desdice de la excusa mediática: solo el 9 por ciento de los consultados afirma que el presidente no comunica bien.

Y viene la ‘pepa’: el 51 por ciento, de frente y sin ambages, opina que Juan Manuel Santos es corrupto. Ojo: no se habla de la corrupción genérica, la del país, la del mundillo de la política regional o la contratación. No. El asunto aquí es la corrupción que la gente vincula directamente con Juan Manuel Santos.

La pregunta de la encuesta es directa: “¿Por cuál de las siguientes razones tiene una mala imagen del Presidente?”. La respuesta: “Es corrupto: 51 por ciento”. Y como si la carga de profundidad no fuera lo suficientemente contundente, 45 por ciento opina que no gobierna bien.

Y ni para qué detallar otras de las falencias expuestas: “Su gobierno depende de la mermelada”, “es traidor”, “es oportunista” y “no me gusta su equipo de trabajo”. Tan triste el panorama, que el menos dañino de los planteamientos es lapidario: “Hace parte de la clase alta de Bogotá”. Alta la clase; baja la imagen.

Triste año final del segundo periodo de Santos, flotando precariamente entre aguas agitadas por dineros de dudoso origen y asediado por frecuentes noticias sobre la manera en que, a punta de contratos, el aparato estatal hizo aún más ricos a sus amigos ricos.

Hace unos días, recién reveladas las cifras aterradoras de incremento de cultivos ilícitos, cierto ejecutivo perteneciente a un conglomerado afectado por las medidas y amenazas a la industria del azúcar me dijo: “¡Qué se puede esperar de un gobierno que no distingue la coca del azúcar!”.

Será por esas deficiencias de criterio y gusto que se le ha ido la mano en el azúcar de la ‘mermelada’ con que empalaga a sus áulicos. Amargo adiós.

***

Ultimátum.
En estos tiempos de paz y alentadora disminución de la guerra interna que nos consumió por décadas, ¿tendrían la bondad las Fuerzas Militares de cuidar las fronteras y prevenir el paso (y campamentos) de tropas extranjeras? ¿O están muy ocupadas en reuniones de reingeniería y coaching?

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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