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Diciembre 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jorge E. Rojas

Cuando pasa el tiempo, cuando han pasado los años, entendemos que las derrotas nos han dejado ver texturas de la vida que el brillo del éxito tal vez nos habría negado con su incandescencia. Que perder no es malo. Y que no solo no es malo sino necesario. Porque la derrota es uno de los pocos estados que nos permite reconocer nuestra consistencia más remota, es decir aquello de lo que estamos hechos. Aunque esa poesía tan solo pueda verse al final. Muy al final.Porque primero está el cuarto oscuro: la incertidumbre, la angustia, la rabia, las preguntas, los reproches, los madrazos, el llanto, todo atrancado en un nudo cerrando el cuello como un puño a la altura de la manzana. El aire que no pasa, la saliva que no baja. Las derrotas no son amargas por falta de sinónimos para describirlas sino porque la boca en verdad se seca. Entonces más o menos desde el comienzo vienen las lecciones. Supervivencia es la primera. Respirar. Volver. Se dice fácil pero es tan duro. Tan verracamente duro. Conjugar el verbo de la persistencia hasta que la persistencia sea hábito. Y luego hacer de ese hábito un credo. Creer, todo depende siempre de ese verbo tan bello. Las derrotas, entonces, que son un gimnasio para la fe. Creer. Creer. Creer. Las veces que sean necesarias. Los años que sea necesario. Uno, dos, tres, cuatro, cinco años. Creer siempre. Que las manchas que otros veían en la ropa un día dejarían de ser mugre para ser solo recuerdo.Recuerdo no olvido. Porque la mancha se quedará siempre ahí, pero ya no en forma trágica sino tal vez como otra estrella en la camiseta. Una estrella sí, aunque suene a poesía barata. Pero no importa. Porque ese recordatorio de la caída representará de aquí hasta el fin de los días, el orgullo de una lucha. El orgullo de haber caído y de haberse levantado. El orgullo de haber aprendido en el camino a limpiar los vicios retorcidos de otras épocas. Por eso es que ahora aquella mancha es una estrella en el pecho. Roja, sí, pero no una letra escarlata como las que el puritanismo más primitivo usaba siglos atrás para marcar los pecados del pueblo. ¿O es que caer es un pecado?Llegará el día en que nos pongan el dedo sobre la mancha, por su puesto. Llegarán las burlas, las risas, la mofa. Llegarán. O volverán. Porque esa es la banda sonora de las caídas. Pero ahí abajo, en el cuarto oscuro, buscando la forma de salir, de ver de levantarse, el alma encuentra su música. O la recuerda. Creer. Todo depende siempre de ese verbo tan bello. Entonces un día, al fin, haciendo oídos sordos de tanta murga, abre los ojos, respira, regresa. Porque la vida es cierto, es un carnaval. Regresa. Todo vuelve a su sitio. Carnaval en San Fernando. La soberbia nunca podrá ver lo que ven los ojos del destrozo. Pobre. Nada enseña tanto en la vida como la derrota. Nada. Cuando el tiempo pasa, cuando han pasado los años, enseña, por ejemplo, a ver estrellas donde antes había solo manchas. A caminar otra vez erguido. Con la frente en alto. Soy de la B. Lo seré para siempre. Muy orgulloso. Orgullosamente americano.

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