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Anclados en el ayer

Septiembre 13, 2017 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Ni el más ultraderechista de mis amigos, convertido ahora en apologista de Uribe, y que de haber sido contemporáneo de Mussolini hubiera ido a Italia a alistarse en ‘I fasci di combatimento’, una especie de paramilitarismo fascista, se atreve a negar que el gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez desató inclemente violencia contra los liberales con saldo de 300 mil muertos en los diez años que duró la hazaña (1947-1957).

Como goza de buen humor, mi camarada recuerda que Guillermo León Valencia contaba que en charla con Julio César Turbay la cifra de víctimas rojas se redujo a 250 mil pues como este último era “turco”, le hizo una rebajona.

Pero no pretendo hacer recuento de lo que fue esa atroz época de la historia patria. El que quiera conocerla en detalle, ahí están los dos tomos de ‘La violencia en Colombia’ escritos por Eduardo Umaña Luna, monseñor Germán Guzmán y Orlando Fals Borda. Hay que tomar tranquilizante pues su lectura causa desasosiego al comprobar a qué punto se llegó por la pasión partidista.

Lo que quiero decir es que cuando Colombia estuvo al borde del abismo por esa hemorragia incontrolable, hubo dos líderes, uno liberal, Alberto Lleras, y otro conservador, Laureano Gómez, quienes a propuesta del primero se sentaron en la playa española de Benidorm a pactar la paz y lo lograron con una fórmula sencilla: como los colombianos nos matamos por el presupuesto nacional, repartamos la torta mitad y mitad, y dispongamos que en la misma proporción queden los cargos oficiales en las tres ramas del Poder. Eso se llevó a plebiscito y el 1° de Diciembre de 1957 el pueblo soberano ratificó el acuerdo de aquellos próceres, y dejamos de matarnos por el trapo rojo y la enseña azul.

Nadie habló entonces de algo que no va a permitir aclimatar la concordia hoy en Colombia: la memoria. Si insistimos en recordar a cada instante los momentos amargos de estos últimos 53 años en los que las Farc asolaron el territorio nacional, seguiremos dándole vueltas a la noria de los resentimientos y no habrá nada que pueda liberarnos de este clima de odio que amenaza con desbaratar toda la urdimbre social del país.

Aquí somos muy dados a vivir en el pasado. Por eso nos fascina el tango que nos devuelve a la época de Carlos Gardel. Por eso hay emisoras que solamente transmiten música vieja para rememorar los tiempos idos de los boleros, esos cómplices de las conquistas amorosas. Por eso Álvaro Uribe no sale del 7 de agosto de 2010 cuando Santos proclamó su independencia.

Así que tenemos que hacer esfuerzo para olvidar el negro pasado. Más que memoria es perdón y reconciliación lo que necesitamos. Imitemos a los liberales que sufrieron la violencia del siglo pasado, que no salieron a las calles ni acudieron a la Justicia exigiendo castigo para los promotores máximos de aquel conflicto.

Yo fui alcalde de Tuluá cinco años después de que los liberales acordamos la paz con los conservadores y me tocó gobernar con el sector que dirigía uno de los más duros persecutores de mi partido en la década del terror. ¿Qué hice? Pues aceptar que Colombia vivía un ambiente de concordia y que debía dar ejemplo de entendimiento con el contrario. Así fue y no me arrepiento.

Si seguimos con la recordación permanente, no saldremos del laberinto. Si todos los días sacamos los cueros al sol de un pasado que hay que dejar atrás, nunca alcanzaremos la convivencia.

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