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Cambio de nombres

Marzo 26, 2017 - 11:55 p.m. Por: José Félix Escobar

La comunidad internacional no puede continuar haciéndoles el juego a los criminales más abominables, agrupándolos bajo el nombre de Estado Islámico. ¿Puede imaginarse una acción más miserable que la de arrollar con un automóvil a varios inocentes transeúntes en un puente de Londres? ¿Y algo más terrible que asesinar a cuchilladas a un policía inglés, de esos que siempre andan desarmados? Hay más de mil millones de musulmanes pacíficos y tranquilos en el mundo. Unirlos con esa minoría de depravados que usurpan la palabra “islámico”, es ofenderlos. Los de la minoría son simplemente terroristas.

Ya en latitudes más cercanas es válido preguntarse qué hizo nuestro héroe Simón Bolívar para que los chavistas usurparan su nombre, se aprovecharan de su recuerdo, abusaran de su prestigio y hasta profanaran sus restos. La llamada República Bolivariana de Venezuela es una dictadura tropical regentada por antisociales de toda laya. Quienes averigüen sobre la historia del Libertador, se darán cuenta de que en Bolívar sobresalieron las virtudes sobre los defectos. Sus grandes errores, como la guerra a muerte desatada contra los españoles fueron decisiones públicas y abiertas. ¿Por qué, entonces, al sigiloso y siniestro Servicio de Inteligencia chavista le han agregado la palabra ‘Bolivariano’?

Hoy en Colombia no tiene ninguna razón de ser que a las narcobandas se las siga llamando paramilitares. Las Fuerzas Armadas de Colombia han desempeñado un papel muy civilizado en el proceso de paz. Por eso sería bueno que los 28 excomandantes de alta graduación que hace poco se dirigieron al país, escribieran de nuevo para pedir que se erradique el uso de la expresión ‘paramilitar’. Unos cuantos miembros de la familia Úsuga lograron hace poco que el actual Clan del Golfo dejara de llevar su apellido.

Es desesperanzador comprobar, a raíz del caso Odebrecht, como nuestro país va rumbo a una latrocracia. A ello hay que oponerse. El respeto por los bienes de la comunidad es elemento esencial de las auténticas democracias. Ese respeto se ha perdido en Colombia y hay que recuperarlo. Los abusos de todo tipo contra las instituciones, los presupuestos, y los bienes públicos, demuestran la necesidad de preservar a Colombia como una verdadera democracia.

Las últimas encuestas arrojan índices menesterosos de popularidad para el presidente Juan Manuel Santos. Nada parece contener la precepción pública de que éste es un mal gobierno. La inveterada costumbre de Santos de afirmar hoy lo que negará mañana le ha pasado factura. Y lo que es peor, la mitad de los encuestados lo calificó abiertamente como corrupto. En el fondo las percepciones pueden ser exageradas y hasta equivocadas. Pero no hay duda de que Santos Calderón ha sido un mal gobernante. Por eso es oportuno pedir que a la Fundación que Santos promovió para apoyar su candidatura le quiten el nombre de ‘Buen Gobierno’.

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Es conocida la afición del Presidente Santos por los refranes. Hace pocas semanas afirmó que en su gobierno a Odebrecht le había ido “como a los perros en misa”. Pero la opinión pública ya le contestó: “A otro perro con ese hueso”. Cuando Santos escogió a la gente de su campaña, olvidó que “a perro que come huevo, aunque le quemen el hocico”.

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