jotamario arbelaez

Chao, monjecito

A la edad de 41, en Cali, cuando el nadaísmo iba por sus 10, a Elmo Valencia le dio porque ese año se pensaba morir. Decía que no tenía nada qué hacer en la vida, pues escribir era menos que hacer nada y él no sabía hacer otra cosa. Se lo comenté a Gonzalo Arango y este, en su Carta a los nadaístas en crisis, le escribió: “Monjecito, no te mueras. ¿Por qué te piensas morir este año como le dijiste a Jota? ¿Es que ya no eres más nadaísta, monje zen-zen? Y si te mueres, ¿quién se va a reír por nosotros, monje de risa loca?.. ¿Por qué nos quieres ahora ahorrar tu trágica alegría, la copa para el nadaísmo llena de tu risa para nuestra sed, para nuestras lágrimas? ¿Por qué amenazas con pelar el diente de la tristeza, Monje inolvidable e inmorible?”.

Así sabía mantener vivos el profeta a sus monjecitos. Por entonces no murió ‘El Monje Loco’ sino su infante, Luis Ernesto Valencia, el gigoló de los dioses, de diez años, atropellado por las cuatro ruedas de la desgracia, y tuvimos que hacer vaca para enterrarlo.

Han pasado otros 47 años, el nadaísmo va para 60 y Elmo cumple 91, como los que tendrían Fidel Castro, Néstor Raúl Rossi y Marilyn Monroe. Él resistió más que todos. Ha terminado luego de una odisea de diez años su novela ‘El cielo de París’, una continuación de ‘La Ilíada’, donde el héroe es el cobarde raptor de Helena, que en castigo por causar la ruina de Troya y la muerte de tantos valerosos guerreros, es condenado a la inmortalidad y a luchar en todas la guerras que en la humanidad se sucedan. ‘La ciudad de los gatos’, esa novela escrita en los Estados Unidos con la que al principio del nadaísmo nos deslumbró, la perdió. Igual pasó con ‘Bugambilia’, la ciudad donde ocurrían esos hechos insólitos que aparecían en los cables de la UPI. Me da tristeza haber sido su único lector deslumbrado. ‘Islanada’, la historia novelada del nadaísmo que tuvo lugar en una isla enfrente de Tumaco, le fue publicada y obsequiada por Juan Guillermo Echeverry y él la fue negociando de mano en mano. Sus cuentos, reunidos en ‘El Universo Humano’ fueron publicados y obsequiados por Felipe Domínguez. ‘Las bodas sin oro’, celebración de los 50 del nadaísmo, patrocinada por el Distrito, dan parte de que a pesar del aporte literario de un puñado de genios brutos, el movimiento se ganó la medalla de cuero. Cada año organizaba un homenaje público a Gonzalo Arango el día de su muerte. Así como el profeta le había salvado la vida con su carta, él se encargaba de salvarlo de la muerte velando por su trascendencia.

El martes de la semana pasada cerró los ojos para no abrirlos más. A una hora en que solamente lo acompañaba su válvula de oxígeno y el canto madrugador de los pajaritos. Estaba en el ancianato San Miguel, donde lo trataron con el mayor cuidado y dulzura, bajo la supervisión de la doctora Liliana Loboa, y con el apoyo de la interna Rosalbita Escobar, que había sido su fan en la juventud. Estuvo rodeado de sus mejores amigos caleños, Socorrito, Ángela Rosa, Marcela, Armando Barona Mesa, Adolfo Vera, Antonio Joaquín García, Gabriel Ruiz, Betsimar Sepúlveda, Óscar Olarte, Amparo Sevillano, el actor Serafín Arzimendia. Y contó con el respaldo de los doctores Héctor Fabio Cortez, Guillermo Zapata, Octavio Quintero y Juan Guillermo Echeverry.

Los orgullosos directivos del ancianato, con el beneplácito de la Alcaldía, decidieron nombrarlo director de la biblioteca del establecimiento, que llevaría su nombre, nombramiento que aceptó complacido a pesar de que no había trabajado nunca. Al otro día pasó la renuncia en forma de certificado de defunción. Hicimos una vaca para cremarlo.
Por algo decía el profeta en sus cartas: “Queridos monjes, lo mejor de nosotros no es el Nadaísmo, somos nosotros. Lo más bello de nuestra poesía no es la Poesía: es nuestra vida. Lo más eterno de nuestra gloria no es la Gloria: es nuestra amistad por encima de todo y de todos”.

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