jotamario arbelaez

Epílogo de prologuista

De un momento a otro, de diletante intelectual sospechoso en todo terreno, me volví persona influyente en el mundo de las letras. Supongo que porque por 60 años supe sobrevivir a todos mis críticos y a todas sus críticas. Ahora casi todo escritor, amigo o no tan amigo, que va a publicar un libro, me pide un prólogo. Y si ya se lo publicaron, me lo entrega para que le haga la respectiva recensión en la prensa, que para eso soy columnista.

Esperando, desde luego, que no vaya a desmerecer su talento con mis conceptos. Sin tener la madera de Cobo Borda ni de José Luis Díaz-Granados, por lo general contesto que sí, que con mucho gusto, pensando que la obra me va a deslumbrar y que voy a contar con el tiempo para la lectura y para el consiguiente prolegómeno o valoración analítica. Tiempo que he de sacarle al turno de lectura de los siete mil volúmenes de mi biblioteca, con la cual al fin logré confinarme en Villa de Leyva, a la redacción de los trece tomos que adelanto de mi obra biográfica Los días contados, a las conferencias que debo dictar y a los compromisos académicos y periodísticos para cuadrar el bolsillo.
Esperan pacientemente, y si a su tiempo no les llega ni el prólogo ni el análisis crítico, comienzan a manifestar socialmente que soy un engrupido, un patán, un incumplido, un irrespetuoso, y por qué no, un envidioso; y la amistad comienza a resquebrajarse. Me acerco a saludarlos y me extienden la extensa espalda. Por supuesto, no todos.

Me tomo la libertad de una digresión, que aprovecharé para tomar aire. Un editor argentino me contó que Borges les contestaba a todas las damas letradas que se lo pedían: “Con mucho gusto le escribo el prólogo, mi querida señora, pero por favor, dispénseme de leer su libro.” Y solía salir con una genial chorrada.

He de confesar que en la actualidad no todo me es un jardín de rosas, por lo menos en el sentido metafórico. Desde hace unos ocho meses, por un esfuerzo asaz prohibido como apunta mi salaz terapista, mis dos vértebras inferiores hicieron crisis, el nervió ciático se encargó de las torturas que no me hicieron en el Cantón Norte, me sometí a la cuchilla del cirujano, perdí la movilidad en las piernas, no podía subir una grada de 10 centímetros, un trombo se apoderó de mi pierna, me dio por orinar cada media hora sin poder avanzar al baño, debía tomar en medio de gritos puñados de pastillas más inyecciones, asistir a terapias, pasar de la silla de ruedas al caminador y al bastón, todo ello sin abandonar del todo la vidorria galante. Para acabar de completar, se me murió mi mejor amigo. Y los benditos prólogos y reseñas acosando la puerta.

Los libros originales trataba de leerlos en pantalla, con gafas negras. Imposible pasar de 5 o 6 páginas por jornada. Tengo una estética adquirida en la escuela donde milito, que comparten muy pocos de nuestros contemporáneos. Y suele suceder que por bien escritos que estén los textos propuestos es muy poco lo que me impactan, como para brincar de la emoción y ponerlos como parámetros. No escribiría un prólogo para Gustavo Adolfo Bécquer ni para Guillermo Valencia ni para José Asunción Silva, ni loco. No me puedo devolver en las confrontaciones que hice. Me acusarían de traidor a la causa perdida. En uno de los libros por prologar encontré un elogio desmedido a una sanguijuela que me ha cubierto de calumnias y escupitajos. Se me hizo imposible viajar con él en la misma barca. Así el libro de poemas termine con un ensayo grandioso.

Escribo esta página de disculpas muerto de una pena peor que la de las vértebras y rodillas. Esperando no ganarme el odio de los amigos por ser sincero.

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