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Evocación de mi Cali

Marzo 06, 2017 - 11:00 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Por estos días, en la clínica bogotana, entre las brumas del anestésico, me di una vuelta por la Cali de mis años primeros a partir de San Nicolás, alrededor de cuyo parque los domingos por la noche daba vueltas con los amigos en pos de topar de frente con esa sarta de jovencitas que avanzaban de gancho con sus vestidos glamorosos, a cada una de las cuales le teníamos echado el ojo y las galanteábamos sin mayor suerte los de la barra del Pasaje Sardi, estudiantes de la escuela República de México, precoces jugadores de billar en el bar de Cuco, vendedores de confites en el teatro y clientes de Umaña en el alquiler de sus bicicletas, en las que decepcionados arrancábamos para Salomia, donde vivían algunas de las niñas más lindas de los cien barrios caleños, entre quienes recuerdo a Gloria y Florencia Sánchez, a Lucrecia y a Teresita.

Éramos unos bravos con los pedales, Víctor Mario Martínez, Luis Alfonso Ramírez, Ramiro Montoya, el ‘negro’ Édgar Mañosca, mi primo Fabio Ramos, y Asbel López, el único que terminaría coronando, y eso que la suya era la ‘burra’ menos engallada, una Phillips negra sin frenos. Se casó con Florencia y se fueron a vivir a París. De eso han pasado 60 años y aún me corre un chifloncito de envidia. Cuando estoy en la Ciudad Luz le envío los poemas que le sigo dedicando con algún chocolate, a través de su hijo Ásbel, como le llaman, que me entrevista en Radio Francia Internacional. Todos mis iniciales amigos se fueron casando y edificando familias, mientras yo me cuidaba de la procreación pues tenía el pálpito de que debía cumplir una misión salvadora de la humanidad antes de que se cumplieran las Escrituras. Misión en la que apenas estoy embocando con el libro sacro: Nadaísmo, cruz roja de la religión.

Años más tarde, al salir de mi Casa de las Agujas, mis sedes serían la Librería Nacional y su pomposa cafetería-heladería, donde departiría con Pardo Llada, el ‘loco’ Bejarano, Bonar, el ‘negro’ Collazos, Alcántara, luego pasaría por La Tertulia donde terminaría siendo bautizado para el clan de la nada pura por el profeta Gonzalo Arango, haría una escala en el Café Colombia para tertuliar con Carlos Donneys, Elmo Valencia, J.J. Jaramillo, Samuel García, Alfredo y Max Rey, el mayor Camargo y escuchar las lecciones de alta poética de Marco Fidel Chávez, seguiría al Tamanaco donde pontificaba Bonifacio Terán al lado del ‘mono’ Germán Ángel Naranjo, Cecilia Muñoz ‘la Pelusa’, Pinedita, Cleofás Garcés Rentería, ‘el enano’ Valverde, de donde partiría a Bellas Artes, a contemplar las piernas portentosas de Fanny Mikey que me daba clases de expresión corporal, de las que me sacaba el poeta Éver Cordobez para hacerle requiebros al aguardiente. Y terminaría pasada la medianoche en el Bar de Efraín, ‘olla’ de El Calvario, donde se daban humos Fulvio González, Alfredo Sánchez, Augusto Hoyos, Romero, Mayolo, Andrés Caicedo, hasta que entraba el ‘loco’ Guerra a acomodar su cambuche.

En medio del operar del analgésico opioide, evoco a dos de mis grandes y viejos amigos a quienes en el mismo momento en que me extirpan la hernia discal, en La Sultana están homenajeando. A Armando Holguín Sarria, caballero de la egregia figura, por su nueva versión del libro Los límites de Colombia, en la Universidad Santiago de Cali. En los últimos tiempos este triunfador ha venido siendo arrollado por los pesares, desde sucesivas caídas que le han tronchado el caminar firme, hasta la muerte de su ángel Ana María. Y a Armando Barona Mesa, probo abogado, fino poeta y generoso amigo de los amigos, quien la comarca le brinda el reconocimiento por su ejemplar vida pública consagrada sin desmayos al humanismo. En las hondonadas del semi-sueño por las que avanzo, abrazo a mis dos gloriosos Armandos, y me tomo de sus manos para salir.

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