jotamario arbelaez

María. Ahora sí que menos (1)

Hace algún tiempo escribí una columna un poco sulfurado porque un amigo periodista, y muy bueno, nadie menos que Julio César Londoño, había publicado un comentario que consideré más que desobligante contra otro amigo escritor. Casi pierdo la amistad del primero, lo que habría sentido sinceramente. No es que piense que no se pueda criticar los actos o los escritos fallidos, incluso de los amigos. Pero hay términos que desbordan la crítica y acaban vejando por igual a la víctima y al victimario. Resulta que hoy el defendido de entonces, nadie menos que Fabio Martínez, quien anda engolosinado con la publicación de una versión de ‘María’ donde ha metido la mano, publicada en Inglaterra, según entiendo, a la que se ha referido con todo derecho y algo de reprobación el director del blog cultural NTC, Gabriel Ruiz, quien se la ha jugado por entero por la divulgación de cuanto acto artístico se sucede. Pues bien, veo con estupor que el por lo general calmado y aplomado novelista la ha emprendido de viva voz telefónica contra el comentarista virtual, según éste lo ha dado a conocer en carta de la que me limito a este párrafo: “Como se lo expresé hace un momento, durante la sorpresiva, acalorada, gritona y vulgar llamada que me acaba de hacer a mi teléfono fijo, la impresión que me causó era que Usted estaba borracho o poseído por alguna droga alucinógena. Recibí con relativa inquietud los calificativos de ‘viejo ignorante’, ‘viejo gagá’, ‘viejo loco’, ‘viejo doblehijuep…’, que entre otros tuvo Usted a bien expresarme, Sr. Escritor colombiano y profesor titular, Universidad del Valle”.

Eso no se hace, apreciado Fabio, el arte de injuriar no da para tanto. Hay que respetar a quien se toma el trabajo de detenerse en lo de uno, así sea para reprobarlo. Aprovecho el tema y la oportunidad para actualizar un texto escrito tiempo atrás donde fijo mi posición frente a la tan manoseada y pura María. Te lo dedico:

Tendría 16 años cuando el profesor Varela me detuvo en uno de los corredores del ‘Santa Librada College’ y me dijo que me tenía un regalo. Sacó de una bolsa y me alargó una edición de ‘María’. Yo me sentí ofendido, mareado, menoscabado. Acababa de participar a ladrillazo limpio en la caída del dictador y me había tocado ser testigo presencial de una matanza de pájaros; un mes atrás había perdido la rugosa virginidad en la zona de tolerancia; me peinaba como el Elvis Presley y era el as del ‘rock and roll’ en los bailaderos de la Carrera 12; y por si fuera poco acababa de leer a Madame Bovary, a Moll Flanders y a Fanny Hill.

“Profesor, no me regale güevonadas”, le dije. “¿No ve que he decidido ser un escritor de vanguardia? Más bien présteme todo lo que tenga del divino Marqués”. El profesor Varela enrojeció de pies a cabeza, un ribete de espuma afloró a su boca, me miró como si fuera un cadáver de anfiteatro y me espetó estas palabras: “Arbeláez, en algún momento creí en usted. Tuve la sospecha de que había adquirido una chispa de sensibilidad. Pero por la forma como se ha referido a la obra sublime de Isaacs, deduzco que usted siempre será un pelmazo. Estoy seguro de que, con todas sus ínfulas modernistas, nunca escribirá una línea que la supere”.

Mi mala suerte literaria obedece, pues, a la maldición de mi profesor de literatura. A pesar de haber contado con los más rigurosos maestros de estilo, y de haber machacado retórica en sofisticados talleres, no he podido cuajar la página maestra que me coloque descollante entre clásicos, neoclásicos o contraclásicos. El profesor Varela murió con la sonrisa de satisfacción bajo sus narices de que no pude con la prosa. “El pobre se quedó en chistecitos”, fueron sus últimas palabras, según me contó el profesor de dibujo, Luis Aragón Varela. (Continuará)

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