jotamario arbeláez

Mi reino por un condón

Estoy de acuerdo con la Iglesia en que si Dios lo hubiera considerado pertinente, nos habría creado con el condón puesto. Lo más seguro es que, cuando el demonio tentó a Eva en el Paraíso, le alargó la manzana con un condón de cortesía. De allí su promesa del “seréis como dioses”, pues tendrían la facultad de controlar la vida y por consiguiente también de evitar la muerte. Si lo hubiesen usado habrían evitado el nacimiento de Caín y por ende el primer homicidio. Hace poco vi en una revista extranjera un aviso, de inspiración judía seguramente, que mostraba una foto de Hitler con la leyenda: “La Humanidad se hubiera ahorrado muchos flagelos con el uso del condón”.

El condón fue producto del ingenio de Condum, médico militar de Carlos II de Inglaterra, quien agobiado por las frecuentes gonorreas contraídas en sus conquistas, ofrecía su reino a cambio de una armadura para sus faenas galantes, a semejanza de Ricardo III, que canjeaba su reino por un caballo. Como suele suceder, como había pasado con Guillotin, el invento tomó el nombre del inventor.

Esta invención ingeniosa, más angelical que satánica, nació para salvar dos pájaros de un tiro: protegernos de los problemas del embarazo no deseado y de las enfermedades de Venus. No tuvo en un principio el propósito de multiplicar el placer, como ahora lo están logrando sofisticados fabricantes -en hecho que suscitó gran polvareda-, al adosarle sustancias que prolongan casi que al infinito la duración del “viejo mete-y-saca” (como llamaban al coito los personajes de la Naranja Mecánica de Anthony Burguess), o que producen una superexcitabilidad tal que puede culminar en un súbito desenlace.

Ahora hay condones con banderas para los patriotas, con aletas de tiburón para los graciosos, de doble fondo para las mulas, con olores para los sibaritas, con colores para los cromáticos, con sabores para los golosos, musicales para los melómanos, de doble faz para los hipócritas, transparentes para los virtuosos, fluorescentes para los sicodélicos, extralarge para chicaneros, con versos estampados para amantes de la poesía.

El Papa se resiste al uso del condón o preservativo, como en un tiempo la Iglesia se opuso también a la lavativa. Alegan los doctores de la Santa Madre Iglesia que lo que hace el condón es incentivar las relaciones sexuales indiscriminadas, es decir, la promiscuidad, y que se le quita a la Providencia su chance de seguir siendo la lotería de la vida. Y apareció el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, nada menos que la lotería de la muerte.

El propio presidente de la Fundación Mundial de Investigación y Prevención del Sida, Luc Montagnier, le suplicó en su momento al Papa que fuera más elástico en relación con el uso del adminículo entre los católicos, para evitar que la epidemia del siglo siguiera creciendo y multiplicándose. Es sabido que en Colombia, donde el sida adquirió carta de ciudadanía, se realiza un promedio de 20 millones de coitos diarios, de ellos el 99,9% a la buena de Dios. El Papa debería entender que el condón es el nuevo salvador del mundo.

Para los escritores y artistas no hay nada más glorioso y consagratorio que bautizar con su nombre una calle de París. A mí me ha sido concedido un honor semejante. Con el nombre de uno de mis poemas, Monsieur Condon, mi amigo Juan Domingo Guzmán, hoy al frente de las comunicaciones de un prestigioso laboratorio farmacéutico, ha bautizado y confirmado una línea de sus productos, el condón de bolso para damas, Monsieur Hygienex. Espero con esta cuña, a todas luces del mismo palo, tener ‘salvavidas’ de cortesía a perpetuidad, por aquello de que “el amor es eterno mientras dura… dura”.

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