Dos Colombias
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La una vive en discusiones y peleas, en recriminaciones sobre quién es más corrupto, sobre cuándo empezó la corrupción y sobre cómo asegurar la continuidad en el poder.

Dos Colombias

Marzo 12, 2017 - 07:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

La una vive en discusiones y peleas, en recriminaciones sobre quién es más corrupto, sobre cuándo empezó la corrupción y sobre cómo asegurar la continuidad en el poder. La otra se debate en la incredulidad y la indignación, amenazada de nuevo por el narcotráfico y preguntando en qué están sus autoridades.

Esas autoridades están de fendiéndose de los destapes de la corrupción, afirmando que fueron otros, antecesores o sucesores, los responsables. Y no sólo de las coimas y mordidas que pagó Odebrecht. Está la que corroe a todo el Estado y lo alejó casi sin remedio del ciudadano. Está la que tratan de tapar con propuestas descabelladas de reformas constitucionales aprobadas a la carrera, a lo cual los mismos socios de la coalición gobiernista le dicen no.

Y está la que se destapó por las revelaciones que han hecho la Justicia de los Estados Unidos, la de Brasil y el nuevo Fiscal General de la Nación. Ya se sabe que la empresa brasileña llegó a las dos campañas del 2014, así fuera en forma indirecta, pagando asesores de imagen a una o entregando dineros a los dirigentes de la otra. Y se conoce por la representante legal de Impressa Group Corp, que en la del 2010 le pagaron una suma enorme por la realización de afiches de la campaña.

El resultado de esas maniobras no es claro. Pero aparecen contratos como la Ruta del Sol II y su otrosí, o Navelena, o el préstamo del Banco Agrario por $150.000 millones, o los tribunales de arbitramento donde Odebrecht reclama sumas millonarias. Y también en la corrupción que a diario destapa la Contraloría General de la Nación en todas partes, una gangrena que no encuentra médicos ni medicina para su cura.

La otra Colombia está en la provincia, en especial en el sur del país. Abandonado de siempre por el centralismo, Tumaco es escenario de lo que ahora califican como protesta social, las exigencias de grupos bien organizados por las Farc para mostrar como víctimas a los que siembran más de doscientas mil hectáreas de coca. Esa es la nueva política que el Estado alimenta con subsidios generosos manejados desde Bogotá, tratando de convencer que con mermelada podrá reducir 50.000 hectáreas de coca este año.

Es la Colombia de los que viven amenazados por el microtráfico y todas las formas de delincuencia que crecen a su alrededor. La de los que sienten la amenaza en las calles y quedan entre aterrados e indignados cuando escuchan al Ministro de Defensa echándole la culpa del nuevo poder del narcotráfico a la devaluación y a la promoción que hicieron las Farc de los subsidios. El que saca pecho porque en el 2016 se decomisaron 380 toneladas de cocaína, aunque guarda silencio sobre las más de 600 toneladas que se vendieron aquí y en el exterior.

Es el ciudadano como el de Cali que debe resignarse a aceptar los desplazamientos y la pobreza que desequilibran su sociedad. El que, como lo muestra el asalto a los periodistas de El País en el Tambo, Cauca, debe soportar la ausencia del Estado y el dominio absoluto de los narcotráficantes, sean de las Farc, del ELN, de las bandas criminales o de las organizaciones que exportan vicio al por mayor o lo menudean en las calles del país.

Esas son las dos Colombias de hoy. Son las que reclaman sensatez y valores para impedir que al país lo sigan engañando con un mar de palabras mientras se sigue hundiendo en la desesperanza por la ceguera, las ambiciones y los rencores de muchos de sus dirigentes.

Sigue en Twitter @LuguireG

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