luis guillermo restrepo satizábal

La política del odio

Nos falta una semana para elegir al nuevo presidente. A juzgar por lo que se escucha, al elegido le tocará empezar por reconstruir la tolerancia como principio esencial para recuperar la concordia que se ha roto con el odio como instrumento para conseguir votos.

Odio destilado por los que se firman como intelectuales, lo que parece darles autoridad para descalificar a quienes no les gustan. Odio para despertar los instintos más bajos, prevalidos de una forma maniquea y simplista de definir de izquierda a quienes están con sus dictados y de derecha, de fascista, de corrupto, a quien se atreva a contradecirlos.

Odio que ya llegó a Antanas Mockus, otrora patricio de la convivencia y del respeto. Odio que lo lleva a hacerle una entrevista a quien fue su sucesor en la Alcaldía de Bogotá, y casi acaba con la alcaldía y con la ciudad mediante la corrupción, el clientelismo y el odio que regó a través del Canal Capital y de un discurso basado en la división entre ricos y pobres, entre buenos los que están con sus fechorías y malos los que las condenan.

Odio pregonado por los defensores de la paz, incluidos muchos de los funcionarios públicos que ven acercarse el final de sus gobiernos. Odio que prepara el camino para defenderse de las investigaciones, y que les permite mostrarse como víctimas de la persecución cuando toquen a su puerta para preguntarles por sus procederes.

Odio en muchos medios de comunicación que ven amenazados los ingresos que recibían a chorros por su gobiernismo. Odio de periodistas que se les olvida su deber de ser imparciales y se dedican con saña a la descalificación, cubierta con un falso aire de objetividad.

Esa es la herramienta que ahora se usa para tratar de revertir las tendencias que marcan las encuestas. Es el odio, sembrado con paciencia por quien desde sus épocas de guerrillero no tenía en la mira nada distinto a destruir lo que existe sin importar si es bueno o malo.

Ahora, con su soberbia natural, mira los resultados de su siembra. Y se sienta con los intelectuales que una vez lo tacharon por su odio e incapacidad para gobernar, para compartir y propagar el mensaje de la división; con los periodistas que una y otra vez denunciaron las amarguras que le dejó a Bogotá el que no se digna responder por los desastres, y ahora son portavoces del odio manejado con astucia admirable.

Aunque debería ser ante todo un ejercicio racional dirigido a convencer a la gente con argumentos, en política se gana con la capacidad de despertar y mover sentimientos. En este caso, lo que se busca es generar los peores, legitimados por quienes deberían usar la inteligencia y la cultura para reconciliar. Es decir, sembrar odios y utilizar personas como Mockus para bendecir a quien, su señora como veedora que fue de Bogotá lo sabe, le causó el peor daño a la capital.

Pero también existe la posibilidad de ver las cosas de otra manera y de hacer la política que necesitamos. De reconocer que hay problemas y hay que arreglarlos, que hay vicios que hay que erradicar, que no toda compañía es buena y que hay que ayudar a salir adelante sin odiar a los demás, sin tachar o estigmatizar, o sin causarles el daño implícito en la política del odio.

Eso es lo que se enfrentará el próximo domingo. La política del odio representada por Petro, y la de la esperanza que pregona Duque. A ambos hay que escucharlos y decidir por quien votar, sin odiar al contradictor como pretenden los intelectuales y la ingenuidad de Mockus.

Sigue en Twitter @LuguireG

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