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Víctimas del cinismo

Marzo 19, 2017 - 07:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

Gerardo Bedoya Borrero fue asesinado hace 20 años por sus convicciones y su lucha contra la corrupción que mandaba en Colombia. Desde entonces, el Estado ha cubierto su muerte con la actitud con la cual se silencia la verdad que impide el colapso de la sociedad.

Gerardo era un hombre de convicciones conservadoras y su idea de la política fue inspirada en el bien común. No obstante su pesimismo ante el sombrío panorama que dejaba la mezcla de narcotráfico y poder político vendido a las mafias o doblegado por el terrorismo, su enorme cultura lo obligaba siempre a imaginar que sí era posible combatir con sólo una pluma al enemigo que compró el poder y la complicidad.

Esa fue su batalla. Al final de su vida, sus escritos fueron una denuncia valerosa contra la decadencia que se tomó el poder y caminaba insolente por las calles de Cali, en los pasillos del Congreso o en el palacio presidencial; contra el cinismo que hoy como ayer ejerce el poder.

Su cercanía con Álvaro Gómez Hurtado, asesinado como él un año y cuatro meses antes y en circunstancias idénticas, lo llevaron a usar el periodismo como instrumento para enfrentar la combinación mortal que destruía, y aún sigue destruyendo, la posibilidad de tener un futuro basado en principios, como debe ser la política. Por eso, ambos se convirtieron en objetivo del régimen que denunciaron.

Gerardo fue codirector de El Siglo con el doctor Gómez cuando éste fue secuestrado por el M-19. Después llegó a El País, traído por Rodrigo Lloreda Caicedo. Y siguió con el mismo compromiso, denunciando al régimen y criticando sin pausa los vicios que pudrieron, tal vez sin remedio, la política y la tranquilidad de la vida en Colombia.

Cuando lo asesinaron el 20 de marzo de 1997, la Justicia, la Fiscalía, los cuerpos de seguridad, los miembros del gobierno de entonces, se empeñaron en desviar la investigación con hipótesis absurdas que la condenaron a la impunidad. Cinco años después, la presión de la Sociedad Interamericana de Prensa obligó a que la Fiscalía de entonces le quitara el expediente a un oscuro fiscal de Cali para llevársela a la Unidad de Derechos Humanos en Bogotá.

Y nada más. Un día apareció en mi oficina un señor con una pequeña máquina de escribir, a preguntar por qué mataron a Gerardo. Era el Fiscal nuevo, y le respondí mostrándole una carpeta con los artículos que escribió. Le dije que escogiera y le conté que cuando se probó la financiación del narcotráfico a la campaña de Ernesto Samper, El País, en un editorial escrito a cuatro manos entre Rodrigo Lloreda y él, pidió su renuncia.

El Fiscal de entonces contó que nada de eso aparecía en el expediente, y me pidió copias. Luego, su expediente debe estar por ahí, tirado en un anaquel, a pesar de que la tal Unidad de contexto creada por el exfiscal Montealegre lo unió al asesinato de Álvaro Gómez, en un fugaz y frustrado intento por llevar la investigación hacia el camino correcto.

Hoy, la impunidad de esos asesinatos es un grito contra la vergüenza que significa la corrupción política en Colombia. Lo único claro, como hace 20 años, es que el cinismo sige mandando y a nadie del poder le interesa la verdad de quienes como Álvaro Gómez y Gerardo Bedoya entendieron el periodismo como el deber de defender a la sociedad de sus enemigos, poderosos, venales y dispuestos a silenciar esa verdad.

Sigue en Twitter @LuguireG

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