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Bonar y Andrés Caicedo

Marzo 02, 2017 - 11:55 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Coinciden dos celebraciones de dos escritores caleños para recordar: el centenario del nacimiento de Alfonso Bonilla Aragón y la publicación de su libro Mis Paisanos y los 40 años de la muerte de Andrés Caicedo y de su novela ¡Que viva la música!

El libro del escritor-periodista Bonar, publicado por la Universidad del Valle, recoge los perfiles de muchos de los vallecaucanos que posibilitaron el despegue de la región y la ciudad. Se trata de una historia regional y local construida a través de un crisol de protagonistas que permite reconstruir los ires y venires de unas décadas cruciales desde los años 50 hasta los finales de los 70. Bonar reclama, sin decirlo explícitamente, la indolencia de muchos de quienes encarnaban la dirigencia regional, frente a los problemas del terruño, como denominaba al Valle y a Cali; un mal que aún ronda la región, así como esa enfermedad casi patológica por lo local, lo vernáculo, el gusto por el pandebono y la lulada, la embetunada de antaño en la Plaza de Cayzedo y la conversación saboreada entre amigos, un gusto por lo pastoril que es un anclaje de identidad pero también una atadura, una trampa mortal para volar alto como sociedad, como región en el escenario del espectro nacional y ni que decir del mundo.

Una cerrazón, un aislamiento ahogador que identificó Bonar y que padeció Andrés Caicedo, que terminó tan fatigado como muchos de sus personajes y que expresó memorablemente en el título de uno de sus cuentos: Calicalabozo.

Bonilla Aragón conoció a Caicedo y así lo contó en una columna que escribió desde Buenos Aires, cuando supo de su final. “Debió de ser hacia fines de la década de 1960 cuando se presentó a mi oficina un adolescente, casi un niño, con el propósito de darme a conocer unos cuentos de su invención. Tenía la mirada anhelante de los que empiezan a ver, maravillados y absortos, y, por qué no escribirlo, espantados, del Gran Teatro del Mundo. (…) A los 20 años ya parecía fatigado como quien está de regreso de todas las cosas.(…)

Imagino los días finales. Su silenciosa desesperación enfrentado a un mundo de injusticias. Su protesta contra sí mismo por no lograr expresarse adecuadamente. La angustia que se nutría de su enfermiza sensibilidad. Rimbaud pudo huir de París y se convirtió en áspero traficante africano. Andrés sabía, seguramente, que estaba predestinado para ser el que siempre huye de sus circunstancias. Estaba obligado a vivir su época, él que nació para ser un hombre intemporal” . No resistió su entorno, su tiempo en el que se sentía extraño amarrado a una aldaba raizal que se devolvió contra sí mismo y que explica buena parte de su drama, no fácil de entender.

Bonar podía ser el padre de Caicedo pero los unía una sensibilidad común frente a una ciudad amada y padecida. El periodista la mostró en el día a día de sus columnas y los perfiles rodeados de reflexión y pensamiento en un lenguaje clásico, culto y cuidado; Caicedo, el escritor quien no se dio el chance de vivir más de 25 años, escogió el camino de la transgresión. Ruptura en el relato, ruptura en la forma, ruptura en su existencia. Ambos lograron eso sí, admirable en estos tiempos de lo efímero y banal, trascender su tiempo, sus circunstancias y derrotar el olvido.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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