mario fernando prado

El viacrucis del 18

Lo que viene sucediendo en el Kilómetro 18 de la carretera al mar los domingos en la noche es mucho más grave de lo que creía. Pensaba que se trataba de un centenar de vehículos e igual o mayor cantidad de motos que se parqueaban a lado y lado de la vía obstruyendo el paso desde y hacia Cali, ¡y no!

Opinaba que con poner policías, guardas de tránsito y unas cuantas grúas se iba a ir educando a la gente y que tras un centenar de comparendos, el problema quedaría solucionado, ¡y tampoco!

En las reuniones que sobre el particular se han venido realizando pudimos conocer la realidad de lo que allí se padece semana tras semana: hordas de motos -con parrillera incluida- comienzan a subir después de las 9:00 de la noche y llegan a este icónico lugar turístico de Cali -que está en realidad en el municipio de Dagua- y se da inicio a todo tipo de desmanes.

Empezando por los famosos ‘piques’ que obstaculizan la circulación de las gentes de bien, pasando por atracos indiscriminados a desprevenidos ciudadanos, que regresen a la ciudad o van para el Kilómetro 30, despojándoles de sus pertenencias en un abrir y cerrar de ojos, acompañados por los parlantes con vehículos que inician una guerra sin cuartel de decibeles, ingesta irresponsable y desmedida de licores, consumo de alucinógenos entre los que no faltan ni la hierba mala, ni la coca, ni la heroína, como tampoco las pepas de todos los colores, las riñas -incluso entre mujeres borrachas o drogadas- y la tapa de la olla: el expendio descarado de estas sustancias psicotrópicas a menores de edad que encuentran en plena vía el éxtasis que los tiene enviciados y locos.

Todo esto sucede, vuelvo y repito, los domingos hasta la media noche e incluso la madrugada, mal que ya se está expandiendo para los sábados y los lunes festivos. Los dueños de los paradores no saben qué hacer porque estas situaciones alejan a su clientela. Los moradores y vecinos están aterrorizados y no pueden ni entrar ni salir de sus viviendas y menos conciliar el sueño debido a la escandalera, la música a todo volumen y el ronroneo de las motos.

Mejor dicho, lo que podría ser un paraíso para el solaz se ha vuelto un insufrible infierno.

La solución no es pues solamente unos cuantos agentes, camabajas, comparendos ‘ventiados’, multas y sanciones. Lo que hay que atacar es el expendio de drogas porque lo que allí está funcionando es un microtráfico ante los ojos de todos.

Por esa razón y con la coordinación del Alto Consejero para la Seguridad, Juan Pablo Paredes, se están adelantando ya unos operativos con la colaboración de las autoridades de Cali y Dagua y el apoyo de entidades como las Secretarías de Gobierno de estos dos municipios, el Dagma, la CVC y Bienestar Familiar entre otras, porque los vendedores del vicio suelen hacerse acompañar por menores de edad como parrilleras y como no es permitido requisarlas sin la presencia de la autoridad competente, pues hacen su agosto, su septiembre y su diciembre.

Ojalá que se le ponga coto a esta vagabundería, se organice el tráfico y el 18 retome su norte, porque al paso que van las cosas se convertirá en otra vergüenza más de las muchas que se han creado ante las narices de las administraciones y cuando ya el problema se haya agravado, será demasiado tarde.

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