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‘Langostín Escandón’

Marzo 13, 2017 - 11:30 p.m. Por: Mario Fernando Prado

Hace cuarenta y tantos años, fungía yo de pianista de planta del recién inaugurado Hotel Intercontinental, gracias a la intervención de mi compañera de clases María Victoria García Lloreda, quien me contactó con su esposo Fernando Cruz Losada -presidente de Prohoteles, entidad promotora y dueña del Inter-.

Cursaba tercer año de derecho en la Universidad Santiago de Cali con un cómodo horario de 7 a 12 del día y esa chanfaina me cayó de perlas. ¡Imagínense, me pagaban 15 mil pesos mensuales! Debía tocar a la hora del almuerzo en el salón Farallones y por la noche, de 6 a 9, en el Bar Cristales.

Sin embargo, tenía dos problemas: el primero, que todo esto lo hacía a escondidas de mi casa y el segundo, que estaba estudiando además, administración de empresas en la EAE, la escuela de José y Gloria Engel.

Pasados seis meses, fui descubierto in-fraganti por mi padre y tildado de “pianista de bares y cantinas” lo que me obligó a retirarme de tan prodigiosa actividad hasta que pocos días después apareció don Hernando Maya Solorzano, gerente de un nuevo hotel: el Petecuy, de la familia Peláez y allí conocí a don Agustín Escandón Peña, a la sazón director de relaciones públicas de ese establecimiento, quien me nombró a hurtadillas pianista del bar El Hidalgo con un horario de 6 a 10 de la noche, dejando la administración para después.

Nació entonces una gran amistad. Agustín se codeaba con Raimundo y todo el mundo y desplegó una actividad tal que logró poner de moda al Petecuy. Allí debutó, por ejemplo, Isadora acompañada por estas manitas, y algo de popularidad logré alcanzar siempre a la sombra de Agustín que me presentaba como una “revelación musical”, cosa que nunca fui.

Terminado mi ciclo de pergeñador de teclas públicas y luego de un breve paso por La Madriguera del Club Colombia, en honroso reemplazo del inolvidable Juan Carruba, me dediqué a la publicidad y a las comunicaciones y de nuevo me encontré con Agustín, quien luego de muchas vueltas y revueltas se fue a vivir a Buenaventura como gerente de la camaronera de exportación Arpecol, a quien le hicimos los diseños de sus empaques y la folletería necesaria para impactar el mercado internacional.

Agustín se convirtió en un defensor del puerto y en consejero obligado de sus actividades cívicas y gremiales. De allí el remoquete -que creo que fue de la autoría de Álvaro Bejarano- de ‘Langostín’, al que le hizo honor hábida cuenta los gigantescos U6 con que se despachaba pródigamente de manera constante.

En los últimos años y ya viviendo en Cali, se dedicó nuevamente a los quehaceres cívicos y a una muy leída columna en Occidente en donde trataba con acierto temas relacionados con la región.

Ayer supe de su fallecimiento y me ha invadido una especie de saudade al evocar a este gran soñador que me recomendó que me aprendiera -cuatro décadas atrás- una canción brasileña que iba a pegar mucho: ‘La chica de Ipanema’ y por ello la estoy interpretando en el viejo Steck en honor de mi querido ‘Langostín’...

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