mario fernando prado

Una Rosa con espinas

Su vida no fue, paradójicamente, color de rosa. Le tocó trabajar, sudar la gota, luchar, combatir y batirse con el machismo que no quería que una mujer por sí sola saliera adelante, fuera empresaria, moviera la silla a los poderosos y se enfrentara con esa hegemonía masculina que consideraba que las faldas eran para otra cosa.

Levantó una familia a punta de esfuerzo casi que solita. La recuerdo repartiendo kibes en un Renaut 6 del que decían tenía aire acondicionado y que va: eran los congelados que exultaban un aroma que hasta frío producían.

Ante todo fue una mujer de carácter y de contrastes. No se dejaba de nadie y hasta belicosa y caza peleas se volvió en alguna época. No tenía el menor empacho en decir palabras de grueso calibre que aterraban a la mojigatería que nos caracteriza.

Se volvió empresaria del calzado y creó un imperio que aún subsiste pese a las chanclas que entran de contrabando de la China y que están vendiendo a un dólar el par.

Generó trabajo y harto, porque además de comerciante fue una industrial lanzada e incluso atrevida que se le midió a unos retos que no siempre le resultaron victoriosos. Pero nunca desfalleció y honró siempre su palabra ante la voracidad bancaria que no logró arrinconarla ni hacerle perder el ahínco que le caracterizó. No se le arrugó a nada ni a nadie.

Su segundo matrimonio con Poncho Castro la catapultó a nuevos desafíos. Entro a codazos -porque si no habría sido imposible- a juntas que estaban reservadas solamente para los hombres que inicialmente no veían con buenos ojos que esa turca zapatera les desplazara de sus cómodas poltronas.

Ocupó presidencias gremiales nacionales que la volvieron figura pública. Jamás aceptó cargos estatales aunque varias veces le quiso picar el bicho de la política.

Fue dura con su gente pero sus exigencias laborales sirvieron para crear una escuela de exactitud, lealtad y cumplimiento.

A tiempo con lo anterior, su fogón fue siempre exquisito, abundante y generoso. No recuerda Cali una anfitriona igual en ese remanso de San Marino, epicentro social inolvidable.

Y ni qué decir de su vida personal. Fue poetiza clandestina, compositora y hasta declamadora. Amó a su familia con una devoción ejemplar y a sus hijas y a su hijo les puso siempre un punto muy alto en la vida al cual han sabido responder.

Esposa amantísima, hasta toleró los gallos de pelea de su Poncho del alma y de su corazón. Abuela ridícula -como todas- consideraba que sus nietos eran los más lindos e inteligentes del Planeta.

En sus últimos años se fue retirando lenta e imperceptiblemente y tuvo la muerte de los justos: un infarto fulminante acabó con su vida terrenal en unos cuarteles de invierno en que estuvo rodeada del cariño de toda su familia.

Fue una rosa que tuvo muchas espinas, espinas que le sirvieron para protegerse de las infaltables mal querencias e injusticias sobre las cuales tendió un solidario y ejemplar perdón.

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