medardo arias satizabal

Barcelona, no te vayas

Con Vargas Llosa, apruebo la idea que los nacionalismos han manchado de sangre y violencia los dos últimos siglos, y la secesión de Cataluña sólo traerá incertidumbre a sus gentes.

Para Carles Puigdemont el asunto es sencillo: el voto mayoritario en el pasado plebiscito, lo autoriza para declarar la independencia, más este romántico deseo se ve hecho astillas por la realidad: grandes empresas ahí se han declarado en fuga y abren nuevas sedes en Alicante y Madrid. Al momento de escribir esta columna, el Banco Sabadell consideraba el traslado de su sede principal a otro lugar de la península, así como importantes compañías dedicadas a la industria química y farmacéutica, uno de los fuertes de la economía catalana. El grupo editorial Planeta, uno de los más sólidos de las letras castellanas, anunció su traslado a Madrid.

A lo anterior se suma la incertidumbre de miles de personas que se apresuran a retirar sus ahorros de los bancos para situarlos en Aragón, en la frontera, o en la banca francesa.

El compás de espera que ha dado Puigdemont al Gobierno español, para realizar “un diálogo”, fue tomado por Mariano Rajoy y otros gobernantes del mundo como un “arrepentimiento de última hora”. Si se rajó o no, España ha enviado un ultimátum a Cataluña, para certificar si el último acto frente al Parlamento fue una declaración de independencia, y de esta manera aplicar el artículo 155 de la Constitución que da facultades al Gobierno para el manejo de una situación de este tenor.

Lo que más se teme hoy en Cataluña es una respuesta violenta y represiva de Madrid, como ocurrió en el día de la consulta, sólo que esta vez con caballería mozárabe, como prefería el generalísimo Francisco Franco Bahamonde, “caudillo por la gracia de Dios”, fuerza aérea y mozos de escuadra reforzados. Sería una fuerza excesiva, hay que decirlo, para un pueblo desarmado y sin ejército propio como el catalán.

El drama de este deseo de independencia, está centrado en la ruptura de la estabilidad financiera de una de las regiones más bellas y prósperas del mundo. El vocero de la comunidad europea negó su apoyo, lo que dejaría a la nueva república fuera de la zona euro. Barcelona emularía a la antigua Alejandría que se fue al fondo del mar con el peso de sus palacios y con la dignidad intacta.

Alguna vez me preguntaron cuál es la ciudad del mundo que está en mis afectos, y sin pensarlo dos veces elegí Barcelona. Me ha parecido siempre una ciudad perfecta; vieja, culta, y al lado del Mediterráneo. Si tengo que elegir vivir nuevamente en otro lugar de la tierra, iré ahí, en busca de su barrio Gótico, de su Rambla, del muelle de Port Vell, donde antes estuvo La Barceloneta, tan evocada por Goytisolo en sus cuentos; iré a buscar sus calles que tienen aroma de perfumes silvestres, su parque Güell, donde Gaudí, poeta y arquitecto, hacía volar las piedras y soñaba con templos de varias cúpulas.

Iré a Barcelona en pos del rapé a la brasa, del ‘pan tomaca’, del sol ebrio de Joan Miró, de la sopa de pez, del lenguado y la crema catalana, del mercado de La Boquería al amanecer, donde se exhiben pulpos como joyas sobre toneles de hielo; la Barcelona de las librerías de viejo donde se mustian los poemas de Ramón Picó y Campamar, la ciudad de Carlos Barral y Carmen Balcells, el mundo de Tapiès, Cuixart y Antonio Amat, del comedor del Ritz donde tomaba el té Salvador Dalí.

No imagino que en un tiempo breve debamos solicitar visa para ingresar a Poble Sec, a Lloret de Mar, a Sitges, Blanes, Mataró, Port Lligat o cualquier otro lugar de esa costa dorada que mira da los pirineos.

Tengo el sueño de bailar una ‘sardana’ a plaza abierta en Barcelona, como en los viejos tiempos, o pujar debajo de una pirámide de acróbatas que cantan en esa lengua antigua, tan bella y tan amada por quienes veneramos este lugar bendito que ahora quiere irse de España.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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