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¡Que viva la música!

Marzo 01, 2017 - 11:55 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Si alguien busca los motivos para que el joven escritor caleño titulara así su magnífica novela, encontrará al inicio de la melodía ‘Que viva la música’, el ritmo puro del guaguancó, una conversación percutiva entre las congas de Ray Barreto y la trompeta de Roberto Rodríguez. Era, en cierta forma, un anuncio, la epifanía de las letras vallecaucanas en clave cubana, 110 años después de la publicación de ‘María’, la primera novela romántica del continente.

Roberto Rodríguez, compositor de ‘Que viva la música’, firmó esta creación para el álbum de Barreto que apareció en 1972. Haría parte, posteriormente, de la Fania All Stars. Cinco años después, en 1977, apareció en Colombia la novela de Andrés Caicedo, quien bautizó su ópera prima con ese título, instalado ya en el sonido de la música latina de Nueva York, la que empezaba a llamarse genéricamente ‘salsa’.

Si nos remitimos a la historia, veremos cómo la conexión colombiana, o mejor la ‘Pasto connection’, hizo posible que el título de la novela de Caicedo se abriera al mundo con ritmo Caribe. Fue el pianista nariñense Edy Martínez, entonces toda una figura en Nueva York, quien como miembro de la orquesta de Barreto le aconsejó llevar al grupo a Roberto Rodríguez. Arreglista de quilates, Martínez tiene el respeto de toda la comunidad musical de Nueva York. Con Barreto presentó el álbum histórico ‘Rareza guajira’.

Rodríguez, originario de Cienfuegos (1936), como compositor aportó también ‘Invitación al son’, ‘Yo soy la candela’ y ‘Se traba’. Su aparición en la película ‘Our latin thing’ (‘Nuestra cosa latina’), estuvo presidida por el saludo de Pacheco que lo anunciaba como “¡El Señor Roberto Rodríguez!” Con Lewis Khan, Barry Rogers y Reinaldo Jorge, entre otros, conformó una poderosa sinfonía de vientos en la Fania.

Quiero decir que para quienes estábamos al tanto de esa revolución musical que llegó a Cali con Ricardo ‘Richie’ Ray y al mundo con La Fania, la novela de Caicedo fue toda una revelación, una sorpresa. Lo sabía todo. En conversación con su padre, Carlos Alberto Caicedo, muchos años después, pude ver parte de lo que fue la discoteca personal del escritor; vinilos que hoy son de culto, como el de la Alegre All Stars, conformada por Charlie Palmieri, Chombo, Dioris Valladares y Al Santiago, entre otros. Parte de estos discos eran enviados desde Estados Unidos por su hermana Rosario, así como nosotros los recibíamos en Buenaventura, directamente desde Nueva York, en los barcos de la Flota Grancolombiana.

Rosario también lo acompañó en la idea de traducir el guión de una película para presentarla luego a Hollywood. Ella estará este sábado en la Biblioteca Departamental, y en La Tertulia, a las seis de la tarde, para rememorar la vida y obra de su hermano, a quien nada le fue ajeno; ni el cine, ni la literatura, ni la música, ni el amor.

Caicedo marcó una ruptura en la literatura colombiana, con su prosa coloquial, juvenil, con sus dolorosas metáforas. Abandonó la vida cómoda y se echó a las calles con una postura contestataria. Cruzó el puente del río, se escapó del ‘nortecito’ y bajó al sur donde las galladas se liaban con guayas en los parques, la otra ciudad donde Babalú caminaba por las calles con su capa de oro.

Sus primeros cuentos hablaban del desencanto de la adolescencia, de veraneos en fincas, del retorno a la ciudad. Acaso de ese tiempo, cuando todavía la banda sonora de Cali estaba permeada por los Panchos, salió su historia ‘Noche sin fortuna’, título extraído de un bolero: “Tú diste luz al sendero/ de mi noche sin fortuna/ iluminando mi cielo/ como un rayito claro de luna”.

Lo que vino después, con su despedida, fue una descarga de piano, trombones, saxos, tumbadoras, deidades africanas, entre el tejido juvenil de una novela de amor… ‘!Que viva la música!’.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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