medardo arias satizabal

Una mosca en el café

Se ha muerto Elmo, de muerte natural, como deben morir los poetas, casi centenario y sin deberle un peso a nadie.

Se me ocurre que nació, como el general David Peña, en El Bayano, donde nacían los caleños de estirpe popular dotados con el talento de lo príncipes. Caleño como el que más, se aproximaba con sus zapatos sieteleguas y una risa estentórea de gnomo travieso, a dejarnos en el espíritu algo de su desparpajo; él, que como Cortázar, nunca envejeció.

Antes que poeta, lo conocí como comentarista deportivo. Lo que decía en sus crónicas tenía la gracia de esos escritores que alguna vez dejaron textos memorables en El Gráfico argentino. Podía imaginar que los balones, de pronto, encontraban una tronera de sombras que los elevaba en la tarde y los llevaba “al fondo del grito”, donde un guardameta soñaba mariposas. Sin remedio.

Ambos habíamos emprendido el exilio en la América del Norte, y teníamos mucho de qué hablar, menos de un tema que decía haber aprendido en Berkeley: la Física Cuántica. Asumí que todos sus relatos eran verídicos, y nunca puse en duda que conoció a Ginsberg, el poeta del aullido, en los campus de California, cuando la liturgia del amor se expandió como un viento canábico por los jardines de Sunset Boulevard.

Marucha Vallejo me dice por Whatsapp que Elmo se ha ido y entonces no sé si escribirle una serranilla, como el Conde de Santillana, una pastorela, o un romance viejo, como los que dejó en su libro, flores disecadas, don Ramón Menéndez Pidal.

El primer romance de la castellanía transcurre en un huerto; mucho antes del que trajo el buen amor en los florilegios del Arcipreste de Hita. No, un romance no iría bien con el espíritu juvenil de Valencia; quizá una jarcha árabe, o una copla picaresca, unos versos sencillos con ánimo goliardo.

Porque Elmo era esencialmente un desobediente, el que ponía la mosca en el café. Cada año esperábamos su onomástico en alguna taberna ciudadana; yo había perdido la cuenta, y a veces sospechaba que le hacía trampas a la muerte para continuar vivo. Creo que en unas tres ocasiones cumplió 97 años, lo que nos dice que tal vez se fue con la edad de los árboles. Ahora no sé si esas celebraciones iluminadas que traían a la mesa botellas como luciérnagas, fueron en la noche de San Juan, en la de Santiago, o en el Día de San Nicolás, a inicios de diciembre, cuando también cumplía años Germán Arciniegas.

Lo cierto es que siempre me traía libros, nuevas ediciones de los poetas nadaístas de los últimos días, versos del capitán, de Gonzalo Arango, primeros poemas de Jotamario, del nadaísta de Cartago, y en una ocasión, quién lo creyera, canciones de su propio cuño, como una que cantamos a voz en cuello en la Navidad de 2009: ‘Una mosca en el café’.
Sabía, como Don Antonio Machado, que a esas chiquiticas, revoltosas, nadie les canta. Por zumbonas, arrítmicas: “Vosotras, las familiares, inevitables, golosas/ vosotras moscas vulgares, me evocáis todas las cosas… que de puro familiares no tendréis digno cantor… yo sé que os habéis posado sobre el juguete encantado, sobre el librote cerrado, sobre la carta de amor/ sobre los párpados yertos de los muertos…”.

Seguramente prosaicas moscas fueron a visitarte ahora que estás frío y en silencio para siempre, querido Elmo, y has sonreído compasivamente al verlas cerca de tu rostro; pero ya sabes: con un ojo cerrado y otro abierto.

Ni serranilla, ni jarcha, ni pícara copla goliarda. Mejor, quizá, una elegía como la de Miguel Hernández a Ramón Sijé, pero con aires caleños. En vez de lluvias, caracolas, y desalentadas amapolas, motetes de amor irreverente, esos decálogos juveniles en los que consignabas tu catecismo zurdo; por las aladas almas de las rosas, guayacanes lilas, y al final el compromiso de salvar un solo verso: “No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada…”. Adiós poeta.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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