melba escobar

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El país despidió el 2017 con la entrega de armas y el fin de una guerrilla de 53 años. Algo que bien pudo haber sido un momento pletórico, no lo fue. Es cierto que Colombia está dividida entre izquierda y derecha casi en mitades iguales, pero lo cierto es que el pueblo en general permaneció más bien apático ante lo que es, objetivamente hablando, un hecho histórico.

Tal vez la sensación de que al final todo sigue igual (peor, incluso) está demasiado a flor de piel. El asesinato de 104 líderes sociales en los meses que siguieron a la firma la paz deja poco espacio para la esperanza. La respuesta del gobierno al respecto, señalando las muertas como “hechos aislados”, solo dejan la sensación de que lo que son “hechos aislados” para la clase dirigente son las vidas de cientos de colombianos.

Leo el libro No hubo fiesta de Alonso Salazar. Quiero entender cómo era este país antes de Uribe, de Pastrana, de Belisario, de Turbay. Quiero entender cómo se originó el M-19, esa guerrilla compuesta en parte por “guerrilleros del Chicó” en la que Jaime Bateman plantó su carisma caribeño con audacia, generosidad e imaginación, como lo define Antonio Caballero. Para Laura Restrepo, Bateman le dejó a Colombia unas palabras que llegan a los niños y le dan razón de ser a los pueblos: alegría, patria, democracia, paz. Y cuanta falta nos haría al día de hoy un espíritu iluminado con un discurso honesto, apasionado, fuera de la retórica del miedo, tan gastada por derecha y por izquierda y, sin embargo, tan útil y efectiva en épocas electorales. Veo los candidatos que tenemos y pienso que todos tienen un homónimo hace 10, 20, 30, 40, 50 años y más. Un juego de mesa para estos días de festividades podría ser encontrar el Vargas Lleras de los 60, o bien el Petro de los 70, el De la Calle de los años 80, y así. La teoría del eterno retorno le cae a la realidad de la política colombiana como anillo al dedo. Todo lo que ha pasado en el país no solo ya ocurrió, volverá a ocurrir indefinidas veces.

Lo cierto es que aquí todos los actores armados (incluidos el Ejército y la guerrilla) cargan sus muertos. La izquierda ha cometido cientos de barbaries, así como la derecha las cometió en los 80 con la Unión Patriótica o después del M-19 o con la CRS, muertes como la de Pardo Leal, Bernardo Jaramillo o Carlos Pizarro hacen parte de ese juego binario que ha sido la política colombiana, sumida en una espiral a la que no se le ve final ni salida posible. Estamos y no estamos como siempre. Los asesinatos y vendettas son pan de cada día en un país que ha asociado el orden y la autoridad con los abusos y la violencia, que no ha sabido construir un Estado presente.

Para el 2018 espero que la paz encuentre su camino. No el camino de los sindicalistas muertos, no el de la radicalización de izquierda y de derecha, no el de los atentados como el del centro comercial Andino, ni el de los nuevos desplazamientos en masa. No el del castrochavismo ni el uribismo ni el marxismo leninismo, ni el laureanismo. Eso ya lo vimos, ya pasó, ya lo conocemos y ya lo repetimos, presos de un ciclo eterno, tomando siempre las mismas decisiones una y otra vez. Para este año espero, de todo corazón, que la parábola Nietzscheana del eterno retorno no se siga cumpliendo, que encontremos la vuelta de tuerca para un verdadero cambio y rompamos el maleficio de vivir por siempre en un juego binario de buenos y malos.

Sigue en Twitter @melbaes

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