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Pena de Muerte

Marzo 01, 2017 - 12:45 a.m. Por: Melba Escobar

El lunes fue ejecutado en China el caleño Ismael Arciniegas. Siete años estuvo en la cárcel de Guanzhong atado a las patas de una cama por 16 eslabones. Los primeros años no tuvo ningún contacto con su familia. En los últimos dos, podía tener conversaciones de tres minutos al mes. Vivió en condiciones infrahumanas. Tal vez por eso en su mensaje de despedida se le oye plácido, casi eufórico de ponerle final a la que ha debido ser una atroz pesadilla.

Es la primera vez que un colombiano muere por una condena de narcotráfico en la nación más populosa del mundo. Por desgracia, no parece que vaya a ser la última. De 120 presos colombianos en el gigante del este, 14 están condenados a muerte. Las reacciones en redes sociales no se han hecho esperar. No falta quienes consideran que “mientras en China los ejecutan, aquí les hacemos series, telenovelas y películas”.

Lo cierto es que parece difícil pensar un caso más opuesto al chino que el colombiano. Aclaro que estoy en contra de la pena de muerte. Para empezar, no entiendo cómo se puede aleccionar a quienes matan o dañan a otras personas precisamente matándolas. El contra sentido es tan explícito que se cae de su propio peso. La base de la justicia es el respeto a la dignidad humana.

Sin embargo, en redes sociales el apoyo a las ejecuciones es popular, e incluso entre los mismos políticos en ejercicio hay quienes respaldan esta condena. El punto es que según Néstor Humberto Martínez tenemos 99% de impunidad en Colombia. Es decir, aquí no pasa nada tras cometer un acto criminal, excepto en el 1% de los casos. Y me refiero a nada de nada. No hay proceso, ni condena, ni prisión, tampoco censura social, ni consecuencias laborales.

Tal vez por eso nos lanzamos a apoyar con arrojo una normatividad que aunque fascista parece efectiva. Hoy recordé cuando en 1992 pasé una larga temporada en Cuba: “tu ve tranquila, niña, que aquí nadie roba”. Claro, nadie robaba entonces porque hacerlo podía llevar al fusilamiento, tal como ocurrió por esos días con unos ladrones de bicicletas. Pero en lugar de tranquilizarme, la certeza de estar bajo un gobierno opresivo hasta quitarle la vida a sus ciudadanos, me producía pavor. Seguramente en China también “anda uno muy tranquilo”, como en Singapur, Irán, Corea del Norte, Arabia Saudita o Malasia, pero esa “tranquilidad” no es otra cosa que el temor de un Estado totalitario, abusivo y castrante, capaz de llevar el castigo hasta el punto de arrancarles la vida a sus ciudadanos.

El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, llegó al poder con la promesa de darle muerte a los narcotraficantes. Hasta ahora las ejecuciones sumarias se han disparado e incluso hay denuncias de que esta política ha servido como cacería de brujas de quienes por una u otra razón, la ciudadanía decide perseguir, castigar y poner en la mira.
Pero no todo está perdido. En los últimos 10 años, 30 países han abolido la pena de muerte. Una razón para celebrar el respeto a la vida, más aún cuando a menudo estas ejecuciones desembocan en errores alrededor del mundo. La pena de muerte suele usarse de forma discriminatoria, en procesos muchas veces sesgados donde la política tiene una incidencia clara. Y como si fuera poco, no hay evidencia de que esta práctica sirva para disuadir del crimen. Aun así, ojalá sean cada vez menos los colombianos que se jueguen la vida por el narcotráfico. Que el caso de Arciniegas nos sirva por lo menos para reflexionar sobre el valor de la vida.

Sigue en Twitter @melbaes

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