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Culebreros

Marzo 24, 2017 - 11:55 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Por generaciones el Sueño Americano consistió en que una persona común y corriente podía alcanzar grandes logros materiales si trabajaba en un ambiente de igualdad de oportunidades. Esa igualdad estaba dada por el sistema económico que garantizaba la libre competencia en un mercado gigantesco y por el sistema político que garantizaba la democracia. Era una ilusión, pues en la realidad ha sido un sueño agobiante, cruel, implacable y exitoso.

La gente que construyó Estados Unidos de América lo hizo de un modo u otro huyendo de lugares donde no había ni libre competencia ni democracia real; donde el sistema económico estaba en manos de unos pocos dueños de los medios de producción quienes con su codicia perpetuaban la pobreza y un sistema político donde las decisiones políticas estaban concentradas en esas mismas personas. Libros enteros se han escrito para describir como toda sociedad construida sobre la libre empresa y la democracia prospera y enriquece a sus ciudadanos, y el modelo a seguir ha sido siempre el Sueño Americano. Sólo que ese sueño no hizo en el fondo sino reproducir las condiciones de las que sus fundadores huían pues ha terminado por concentrar la riqueza dejando cada vez a más ciudadanos al margen de sus beneficios, y dejar las decisiones políticas en manos de los grandes intereses económicos.

El triunfo de Donald Trump refleja esa situación de una manera muy contradictoria. Es elegido por la nostalgia de aquellos a quienes se les ha arrebatado su sueño y ven en él, que es la encarnación misma de ese sueño, a una persona que puede restaurarlo. Sólo que Trump quiere volver a América grande otra vez ratificando los orígenes de esa grandeza: el capitalismo salvaje, el proteccionismo industrial, el imperialismo comercial, la segregación cultural, el aislacionismo político. Desconoce que lo que tiene de exitosa la sociedad norteamericana de hoy, es el control a los monopolios, la supremacía del consumidor, la apertura económica, los derechos civiles de las minorías, la libertad de expresión, de cultos, la inmigración. Demasiado tarde para cerrar a puerta.

La oferta política que lo llevó a la presidencia es un imposible histórico. Hoy la sociedad norteamericana es demasiado pluralista, étnicamente diversa, interracial, pluricultural, consciente de sus derechos civiles, para que una teoría de capitalismo salvaje, aislacionismo internacional y nacionalismo a ultranza tenga arraigo nacional. Una sociedad todavía rica y opulenta, atrapada en sus aspiraciones materiales, que cree poder volver al pasado de la primera revolución industrial, que tuvo en esa tierra un gran florecimiento, cuyas mayorías políticas no se han percatado de que hoy ya vamos por la tercera revolución industrial, global, tecnológica, en un mundo interconectado, de capitales transfronterizos, de cambios radicales en los procesos educativos, que exigen que la primera potencia mundial si quiere seguir siéndolo, se mantenga en la frontera de esas innovaciones.

Construir muros físicos, mentales e ideológicos, como lo está haciendo con habilidad evidente Donald Trump, es el más sorprendente acto de anacronismo de nuestro tiempo. Lo peor de ese exitoso ‘reality show’ es que interpreta a muchos ciudadanos el mundo quienes en sus respectivos países creen y quieren lo mismo. Los políticos convertidos en vendedores de un pasado ilusorio. En culebreros.

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