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El arte no existe

Agosto 11, 2017 - 11:35 p.m. Por: Óscar López Pulecio

A quienes hicieron los leones alados del palacio de Darío en Persépolis, hoy en Londres, o la máscara funeraria de Tutankamon en Egipto, o el altar griego de Pérgamo, hoy en Berlín, o los iconos de las iglesias bizantinas, todas obras de extraordinaria belleza, jamás se les ocurrió que estaban haciendo obras de arte. Lo que hacían era rendirle culto a sus dioses o a los poderosos, con el manejo maestro de las técnicas de construcción y representación disponibles en cada época. Así que, la llamada Historia del Arte, es un invento reciente. Ha sido producto de esfuerzos académicos por sistematizar los productos culturales excepcionales que han sobrevivido al tiempo.

Fue el mundo moderno, en la búsqueda de sus raíces, el que descubrió que algunos de esos trabajos eran la quintaesencia de la cultura que los había producido y que por tener ese carácter único, desbordaban los límites de la Historia de las civilizaciones para encarnar una categoría nueva que era la Historia del Arte. Y como cada civilización era más compleja tecnológicamente que la anterior, las técnicas de elaboración de los productos culturales siguieron esa misma ruta y registraron cada vez con más fidelidad las intenciones de los creadores.

Tan tarde como el Siglo XVII, el Barroco, cuyos ejecutores ya habían adquirido el carácter de artistas con estilos identificables, no era otra cosa que un instrumento de propaganda católica para conmover a los fieles, lo cual explica su exuberancia y sentimentalismo.

La obra más conocida sobre Historia del Arte, entre las muchas escritas, es por su carácter didáctico, su lenguaje no especializado y su candor, la de Ernest Gombrich, nacido en Viena en 1909, profesor de la Universidad de Londres. Publicada en 1950, sus ediciones se han multiplicado en todos los idiomas desde entonces.

Lo que hace Gombrich, con elegancia y disimulada erudición, es desvelar el mecanismo académico utilizado para construir la Historia del Arte: estudiar el desarrollo y evolución de las técnicas de construcción y representación, y destacar lo que considera más valioso de ellas, que haya sobrevivido. Desde una cabeza en piedra hallada en una tumba en Giza hasta Rembrandt.

Como existen casi 500 definiciones de cultura, pero que se resumen en que abarca toda expresión humana, se podría concluir de esa lectura voluminosa y seductora, que el arte es lo que queda de una cultura cuando esta desaparece. Y en sentido contrario, que es prematuro y arrogante calificar como arte toda expresión humana que hagan personas por el solo hecho de creerse artistas. Duchamp, para no ir más lejos. O para decirlo de una manera perversa: la Historia del Arte, como invención académica, perdió su rigor en el momento en que a quienes elaboraban los productos culturales les dio por creerse artistas. Calificativo que la prudencia indica debería dejarse más bien al lento trascurrir de los siglos.

Después de leer las casi setecientas páginas de la edición número 16 de La Historia del Arte de Gombrich, publicada en español en 2010 por Pahidon, que termina con la pura manipulación de la pintura alejada de cualquier motivo con Uno de Jackson Pollock, hecho en 1950, no sobra preguntase, qué de lo producido en los último 67 años y que se dice arte, tendría esos méritos de inmortalidad para ser incluido en un capítulo póstumo. Poco, sin duda, como el tiempo lo dirá.

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