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Un terreno agreste

Marzo 10, 2017 - 11:50 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Como países, religiones, etnias, viven agarrados entre sí, y se han hecho tantos esfuerzos por terminar esos conflictos, existe toda una metodología para identificar las condiciones en las cuales esos esfuerzos llegan a alguna parte. Tienen el encanto de lo obvio. Lo primero, que debe haber un equilibrio entre seguridad y desarrollo. Es decir, los acuerdos que tienen un mayor componente social frente al militar (60% frente a 40%) tienen más posibilidades de éxito. Cuando ha primado el factor militar, el 80% ha retornado a la violencia. Lo segundo, entre más corto es el acuerdo y menos nivel de detalle tenga, más tienden las partes a volver a la guerra. Lo tercero, entre más tiempo han tardado en llega a un acuerdo, más posibilidades hay de que sus decisiones se cumplan. Lo cuarto, entre más garantías de acompañamiento, hay menos posibilidades de retorno a la violencia. Finalmente, si hay mecanismos de verificación y ajuste, es más duradera la paz. Nada de eso se hace a las carreras. Se estima que el promedio de aplicación de un acuerdo exitoso no es menor de diez años.

El acuerdo de paz colombiano tiene un fuerte componente social, es extenso y detallado, su negociación ha durado años, está rodeado de garantías políticas y jurídicas, y contempla mecanismos nacionales e internacionales de verificación y ajuste. Es decir tiene todas las características para ser exitoso. Pero tiene también el defecto de sus virtudes: es demasiado largo y complejo, requiere una activa presencia del Estado en las antiguas zonas de conflicto, y su complejidad exige un mayor tiempo para su desarrollo. Sus enemigos, que no son pocos, van a encontrar mil razones para sostener que está fracasando, entre otras cosas porque ese fracaso produce réditos políticos y la política es el arte de la inmediatez, un ‘happening’, dirían los artistas, donde lo que importa es el momento antes de la votación.

El profesor Jean Paul Lederach del Instituto de Paz de la Universidad de Notre Dame, en Indiana, dirige un grupo de investigadores que ha analizado por años conflictos alrededor del mundo, para construir una matriz que permita ser aplicada con utilidad en nuevos conflictos. Entre 1989 y 2015, le ha hecho seguimiento a 35 conflictos militares para lograr la metodología atrás descrita, la cual fue un valioso elemento de consulta en las negociaciones de La Habana, su conflicto número 36. Myamar, Sudán y Colombia, los únicos entre esos conflictos con más de 50 años de duración.

En una conferencia en la Universidad de Cartagena, al pie de las cenizas de García Márquez, que reposan en el claustro de la Merced, habló de las duras realidades de llevar a la práctica el acuerdo de paz colombiano, en el cual se han identificado 51 categorías diferentes, como dejación de armas, participación de la mujer, programas de desarrollo, de integración, y 570 compromisos de acción, a los que habría que hacerle seguimiento durante una docena de años, año por año.

El acuerdo de paz en Colombia, es un texto escrito por especialistas que casi nadie ha leído, que el ciudadano común y corriente no conoce ni siquiera en sus términos generales, que ha sido fuente de desinformación acudiendo a los temores de la gente. Pero allí está la semilla del árbol de una nueva sociedad, que requiere tiempo y cuidados para crecer, sembrada en un terreno agreste donde soplan vientos huracanados.

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