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El MÍO ya no da orgullo

Marzo 10, 2017 - 12:00 a.m. Por: Ossiel Villada

Según la más reciente encuesta de Gallup, la popularidad del alcalde Maurice Armitage se ‘despiporró’ al comenzar este año. En diciembre el 65% de los caleños aprobaba su gestión, pero en febrero esa cifra bajó al 44%.

A mí esa caída me parece, en realidad, un poco injusta. Ni creo que el alcalde sea perverso como pregonan algunos, ni pienso que las cosas vayan tan mal en Cali como muchos creen, ni tengo la ingenuidad de pensar que una sola persona es capaz de resolver en 12 meses el caos que creamos durante décadas.

Pero tampoco soy ciego. Admito que Cali tiene serios problemas por resolver. Y espero – es más, exijo – que el alcalde ‘Figura’ empiece a probar ‘finura’ de aquí en adelante.

Una de las mayores expectativas que tengo es si podrá resolver, en lo que le queda de Gobierno, ese embrollo pavoroso en que se ha convertido el MÍO. Un sistema de transporte que en solo 8 años transitó de la esperanza a la decepción.

Todavía recuerdo los primeros meses de operación del MÍO. Cuando empezó a rodar, era todo un paseo viajar en él. Los buses eran relucientes y andaban sin sobrecupo. Las estaciones se veían todo el tiempo ‘titinas’. Las puertas y el aire acondicionado funcionaban siempre. No había acoso de ventas ambulantes. Casi siempre el bus llegaba a la hora prevista. Y los conductores andaban sonrientes y amables.

Y nosotros los caleños, amorosos por naturaleza, nos enamoramos de él. Todo el mundo lo cuidaba. Nadie rayaba los asientos ni la carrocería de los buses. A nadie se le ocurría agarrar una estación a piedra. Nos tomábamos fotos con un articulado azul pasando atrás. Y colarse era motivo de desaprobación general.

Pero de todo eso no queda casi nada. Si hoy hiciéramos una encuesta sobre las mayores decepciones de los caleños, estoy seguro que junto a los nombres de Mauricio Guzmán, Apolinar Salcedo, Juan Carlos Abadía y Daniel García Arizabaleta, aparecería el MÍO.

El sistema enfrenta una crisis que nadie fue capaz de prever. El caleño promedio lo odia. Son cada vez más los que dejan de usarlo regularmente para andar en ‘pirata’.

Ese es el centro de un círculo vicioso que nadie hasta ahora ha sido capaz de romper, y que sigue creciendo: el MÍO no funciona bien porque no tiene suficientes pasajeros. Y no tiene suficientes pasajeros porque no funciona bien.

Por esa causa los operadores del sistema arrastran un déficit que puede llegar a la ‘bicoca’ de $780.000 millones de aquí al 2040, año en el que termina el contrato de la concesión que les entregaron.

Y como a los banqueros la palabra MÍO les da alergia, al Alcalde le va a tocar salir con una totuma a rebuscarse ese billete. Ya tiene cuatro ideas para conseguirlo: sacar plata de las fotomultas, ponerle publicidad exterior a los buses y crear dos impuestos. Uno a la instalación de antenas para celulares, y otro al parqueo de carros particulares. Y además piensa comprar y poner a rodar 400 buses nuevos.

La tarea de convertir todo eso en realidad acaba de recaer sobre los hombros de un ejecutivo joven, buena vibra y más caleño que el pandebono. Nicolás Orejuela tiene el desafío de hacer que el MÍO vuelva a ser un motivo de felicidad, tranquilidad y orgullo para Cali. Una misión compleja que le va a costar muchas horas de desvelo y toneladas de acetaminofén.

No dudo de sus capacidades para asumir el reto. Y espero que lo haga con lujo de detalles porque si le va bien a él, le irá bien a Cali. Pero me atrevo a hacerle una recomendación simple: así como en Metrocali se corre para resolver el lío financiero de los operadores, se debería correr para atender las molestias de los usuarios.

La verdad es que, desde cuando empezaron los problemas, todas las administraciones de Cali han sido indolentes frente a los problemas de la gente por causa del caos del MÍO. Ni una disculpa han ofrecido.

Se necesita un plan de choque que el ciudadano de a pie vea y sienta ya. De lo contrario, la cultura del ‘pirata’ se afianzará y Cali terminará cantándole al MÍO esa melodía de Cheo Feliciano que dice: “...No vuelvo más, son cosas muertas”.

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